jueves, 8 de diciembre de 2016

ALARDE DE TONADILLA

Sala: Tribueñe Autor y director: Hugo Pérez de la Pica Intérpretes: Candela Pérez, Raquel Valencia, Helena Amado, Badia Albayati, Alberto Arcos, Ana Peiró, José Luis Sanz (pianista: Tetyana Studyonova, se turna con Mikhail Studyonov) Duración: 2.20' (entreacto de 20 minutos) 
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no esté en cartel)



Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

Estupefacción. Es el sentimiento que invade a quien ve por primera vez una creación de Hugo Pérez de la Pica. Alarde de tonadilla, como sus obras anteriores (Donde mira el ruiseñor cuando cruje una rama, Por los ojos de Raquel Méller, Paseíllo) bucea en los cimientos de nuestra cultura (iba a escribir 'popular', pero sobra), rebusca, reconstruye, arma y exhibe un resultado… lo dicho: estupefaciente. No se parece a ninguna otra cosa que veamos en los escenarios.
La estructura de números sueltos dibuja un relato cronológico y una dramaturgia que es… ¿Homenaje? Sin duda: el amor por la copla se expresa en cada gesto, en cada pliegue de las docenas de trajes diseñados ad hoc, en el vídeo que recuerda a las grandes intérpretes. ¿Arqueología? Ya sería mucho si fuera sólo eso, pero la recuperación del pasado desemboca en otra cosa, en algo de radical originalidad. Véanse como prueba las poesías declamadas entre los números, que nos dejan perplejos en su equilibrio entre el ripio y la exquisitez, el lugar común y la lírica abstrusa, lo popular y las fintas conceptuales de un espíritu complejo. El remate es quizá la impecable construcción de los números de copla estilizada extraídos de la zarzuela (De Madrid a París) y la revista (¡Por si las moscas!). Qué no haría este hombre con los medios de un gran teatro. ¿A qué esperan?

A Paseíllo tuve que volver por segunda vez para enterarme más o menos de la mitad. Sí, soy corto de entendederas y mi memoria es cada vez peor, pero digamos en mi descargo que estos monumentos son inabarcables. Me permitiría sugerir que -como se ha hecho tan a menudo con las estructuras tradicionales de números- se entregara al público una lista con los títulos, o se colgara en la página de Tribueñe. Antes de seguir, voy a plantar aquí otra foto, para que se enteren.


Ops, tengo que dejarlo. A ver si sigo luego.
P.J.L. Domínguez
          

PREMIOS Y CASTIGOS

Sala: Teatro de la Abadía Autor y director: Ciro Zorzoli Intérpretes: Mamen Duch, Carolina Morro, Jordi Oriol, Marta Pérez, Carme Pla, Albert Ribalta, Jordi Rico, Ágata Roca y Marc Rodríguez Duración: 1.20' 
(la función ya no está en cartel)


La foto de David Ruano no es del escenario de La Abadía, pero nos sirve. Son Mamen Duch, Carme Pla, Jordi Rico, Ágata Roca, Jordi Oriol (detrás), Albert Ribalta (delante), Marc Rodríguez y Marta Pérez. Falta Carolina Morro.
Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

 T de Teatre no es una compañía que se quede parada mucho tiempo en el mismo sitio. Por mencionar lo más reciente, después de Jet-lag, una sit-com televisiva que duró seis temporadas, atravesaron las regiones de Sanzol (Delicadas, Aventura) y Pau Miró (Dones com jo). El salto al planeta Zorzoli da la medida de sus ganas de aventura.

    Zorzoli cosechó un éxito estrepitoso en 2011 con Estado de ira, desternillante retrato de una compañía que debe adiestrar a la sustituta de la primera actriz en un montaje de Hedda Gabler. Premios y castigos es otro ejercicio metateatral que bucea en las relaciones entre la verdad y la verosimilitud, la realidad y la ficción, mostrando los ejercicios de interpretación de un grupo de actores. No hay un relato completo que preste una estructura de soporte, como era el caso del Ibsen mencionado. Sólo hacia el final, en el momento oportuno para ofrecer al espectador un hilo narrativo al que agarrarse, aparece un dramón rural uruguayo (Barranca abajo) cuyo texto se larga entre innumerables trompicones. Quizá por eso el aspecto general es más conceptual y menos amable. Pero la formidable pericia de los intérpretes y la sutilísima trama de interrelaciones entre los personajes consiguen armar un espectáculo excelente partiendo de una idea que haría temblar a cualquiera.  

Y lo que no cabía allí:

Como sucede a menudo, mi recuerdo de Premios y castigos ha ido variando a medida que pasaba el tiempo. A mejor. Lo decía en la crítica reproducida más arriba, pero no sé si la idea central quedaba suficientemente resaltada. La repito. El procedimiento es, en lo esencial, el mismo que en Estado de ira. Pero sin armadura narrativa. Allí, a trompicones y entre carcajadas, se reproducia la peripecia de Hedda Gabler. Aquí no hay tal apoyo. Se trata de un grupo de actores que salta de uno a otro ejercicio de interpretación, y esa ausencia de dramaturgia macro acaba pesando un poco. Así que, aunque mi consideración global por la pieza era buena y ahora es mejor, me parece -es sólo es una conjetura- que habrá gustado más a todo el que tenga que ver con el teatro que al público en general. Yo, que soy un cobarde, habría metido Barranca abajo antes.

¿Por qué habrá gustado más a "la profesión"? Primero, porque va precisamente de eso, y a todos nos engancha más lo que nos toca. Segundo -y en esto es posible que esté yo minusvalorando al público general- porque el aprecio de la dramarturgia micro apuntalando una función sin narración exige un metagusto de cierta sofisticación. Tercero, sobre todo, porque toda la pieza es un merodear constante alrededor de lo que la interpretación es o no es, con todos los personajes buscando -y reclamándose unos a otros- más verdad en las actuaciones. Nada más y nada menos que la cuestión central del teatro.

Pocas cosas más difíciles para un actor que encarnar a un actor que está actuando. Casi siempre, el remedo de actuación es la caricatura de una mala actuación. ¿Cómo hacer una buena interpretación de un actor haciendo una buena interpretación? ¿Cómo distinguirá el espectador el trabajo real del actor real del trabajo fingido del actor representado? Es una paradoja sin fin, un juego de espejos. Lo pensaba ayer viendo a Manuela Paso en La noche de las tríbadas, sin sospechar que hoy me pondría - por fin- a escribir sobre Premios y castigos, que, de principio a fin, no es otra cosa. Sólo se podía sostener sobre nueve estupendos intérpretes. Mencionaré primero a Carolina Morro para hacer un poco de justicia poética: tiene un papel mudo y lo borda. Es el último mono, entre regidora y asistente, y ya coloca la función en atmósfera antes de que comience, con su presencia fastidiada y rebotada en el escenario. Andújar ha acertado con la escenografía y el vestuario, pero me quedo con lo que le ha puesto a Muleta (así llaman todos al personaje): una cosilla vaporosa con mucha pierna vista que contrasta con la rigidez del resto del vestuario y subraya que a esta pobre la tienen con rancho aparte y sugiere una sensualidad espontánea frente a la gestualidad actuada y compuesta del resto. Me he vuelto loco buscándola en red, y nada hasta dar con Karolina Morro (con ka). Me temo que este curriculum está obsoleto, pero algo es algo. Es también la asistente de dirección. A ver si la vemos hacer otras cosas.

Ordóñez ha glosado mejor de lo que yo lo haría por dónde van los demás. A Ágata Roca la vi estupenda en Barcelona en Els veïns de dalt , en el papel que luego hizo en Madrid Candela Peña en Los vecinos de arriba. Allá donde Peña apenas pudo contra una dirección morosa, ella quedaba bastante más airosa. Con esas caras de mirada transparente que pone se cree uno cualquier cosa que diga. No sabría con quién quedarme del resto, todos están para comérselos en más de un momento. Citaré sólo a Jordi Oriol (otro del que apenas encuentro rastro en internet), que no estaba en la versión comentada por Ordóñez. También para comérselo.
P.J.L. Domínguez
          

domingo, 20 de noviembre de 2016

INTERRUPTED

Sala: Teatro Lara Autoras: Fiona Clift, Andrea Jiménez, Noemi Rodríguez y Blanca Solé Directoras: Andrea Jiménez y Noemi Rodríguez Intérpretes: Ariana Cárdenas, Andrea Jiménez, Esther Ramos y Noemi Rodríguez Duración: 1.10' 
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no esté en cartel)

Encuentro la foto en rinconfriki.es. Son Noemi Rodriguez, Ariana Cárdenas, Andrea Jiménez y Esther Ramos. Son Teatro Envilo.
Interrupted está cargada de avales de todo tipo: candidaturas, premios, recomendaciones... Algún vídeo que encontré por ahí prometía. En suma, lo tiene todo. Y ahora les cuento.

Me dicen en la puerta que dura hora y media. Obediente, apago el móvil. Termina la función, y pienso: "La hora y media se hace larguísima, a esto le sobran por lo menos veinte minutos". Enciendo el móvil: hora y diez. Les comunico que tengo una percepción del tiempo bastante precisa, no sé si por vía genética (mi señor padre ha sabido siempre la hora sin mirar al reloj) o adquirida (muchos años de entrenamiento musical). ¿Por qué esta comunicación? Para subrayar que una pieza que consigue hacerme creer que han transcurrido noventa minutos, en vez de los setenta reales, me ha aburrido mucho. Pero mucho.

Excelente idea (dramatúrgica, escenográfica y de estilo), estupendas actrices. ¿Problema? Uno muy habitual en las creaciones colectivas. Falta poda. Falta un criterio unificador que tome las dolorosas decisiones de acortar, quitar lo que -visto aisladamente- puede ser gracioso, ocurrente, ingenioso... pero que resta coherencia y velocidad al conjunto. En mi modesta opinión, los materiales que conforman Interrupted dan para un espectáculo resultón de unos cincuenta minutos. Abonando el aspecto dramático -que lo hay- quizá para una horita.

Como no hay mal que por bien no venga (qué dulces mentiras consoladoras nos hemos inventado los humanos durante siglos) el esfuerzo -vaya diíta tuve yo antes de entrar al Lara- mereció la pena por conocer a Noemi Rodríguez. Un pedazo de payasa. Nota: "payasa" es un elogio en este blog. Espero verla más.
P.J.L. Domínguez
          

LA COCINA

Sala: Teatros Valle Inclán Autor: Arnold Wesker (versión de Sergio Peris-Mencheta) Director: Sergio Peris-Mencheta Intérpretes: Silvia Abascal, Roberto Álvarez, Fátima Baeza, Aitor Beltrán, Almudena Cid, Víctor Duplá, Patxi Freytez, Javivi Gil Valle, José Emilio Gimeno, Ricardo Gómez, Pepe Lorente, Óscar Martínez, Natalia Mateo, Xabier Murua, Diana Palazón, Paloma Porcel, Ignacio Rengel Lucena, Xenia Reguant, Nacho Rubio, Alejo Sauras, Marta Solaz, Romans Suárez-Pazos, Mario Tardón, Javier Tolosa, Carmen del Valle y Luis Zahera Duración: 2.20' 
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no esté en cartel)

Foto: MarcosGpunto
Espero que tengan aquí en breve el enlace a mi crítica en la Guía del Ocio. Entre tanto, el acostumbrado avance:

He mirado en el diccionario de sinónimos el término PROEZA. Me salen varios aplicables: HAZAÑA, GESTA, EPOPEYA, HEROICIDAD. Si me dan a leer el texto, juro que no se puede llevar a escena. Si me cuentan el resultado de la osadía, no me hago ni una lejana idea. La cocina no va a dejar ni un solo premio disponible para otros montajes.

SAQUEN ENTRADAS EN CUANTO LEAN ESTO. VAN A VOLAR, Y ME PARECE IMPROBABLE QUE SE PUEDA REPROGRAMAR UNA FUNCIÓN CON 26 PERSONAS EN ESCENA.

Hasta quien no aprecie la dramaturgia (desde luego, no es mi caso) saldrá atónito ante la impecable resolución técnica (de dirección, interpretativa, coreográfica, ¡de utilería!) de un problema que parece irresoluble. A mí me parecía irresoluble incluso cuando la resolución se estaba desarrollando ante mis ojos. No me lo podía creer. Nadie va a olvidar esta función.
P.J.L. Domínguez
          

lunes, 14 de noviembre de 2016

INVENCIBLE

Sala: Teatros del Canal Autor: Torben Betts (versión de Jordi Galcerán) Director: Daniel Veronese Intérpretes: Maribel Verdú, Jorge Bosch, Pilar Castro y Jorge Calvo Duración: 1.30' 
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no esté en cartel)



Qué decepción. Esperaba -como supongo que todo el mundo- mucho de Veronese y de este elenco. 

Suele ser complicado juzgar un texto habiéndolo oído una sola vez, pero tengo muy pocas dudas con Invencible: es excelente. Excelente, pero endemoniado. Y, además, excelente y endemoniado por la misma razón: porque va saltando de género a género, a veces de una línea a la siguiente. Esto exige mucho trabajo a todo el mundo: al director, a los intérpretes y al espectador. Me recuerda, en este aspecto, a la genial El filósofo declara de Juan Villoro, estrenada hace poco en el Romea y que aún no sabemos si llegará a Madrid. Son piezas cuyo reto fundamental es encontrar el tono. Si tiene uno un tipo básico y charlatán que sólo habla de fútbol y de lo buena que está su mujer; una pija obsesionada por la corrección político / social / ecológica de todo lo que hace y dice, y 


ATENCIÓN, SPOILER

un gato del primero que la segunda no puede soportar, porque acosa a los hámsters en el jardín, puede tirar por la comedia de trazo gordo, por el sainete... hasta por las matrimoniadas del Moreno. Pero si, de pronto

ATENCIÓN, SPOILER MÁS GORDO

y como por casualidad, nos enteramos de que este carácter tirando a rigido de la pija oculta un hijo muerto mientras sus padres se emborrachaban... ¿qué hacemos con la comedia gruesa de hace un momento? Y, lo que es peor, si ambos registros -el choque costumbrista del proletariado y la pequeña élite intelectualizada y el drama de la insatisfacción profunda en la que al menos tres de los cuatro personajes están o terminan ubicados- se van turnando... ¿en qué tono me quedo? Hay incluso uno de esos largos equívocos en los que unos personajes hablan de una cosa y otros de otra, mientras el espectador se regodea en la carcajada que le espera ahí al fondo, en algún momento. Sólo que aquí eso ocurre sobre un trasfondo dramático. Ahí está la gigantesca dificultad. Hay que encontrar un lugar, una forma de estar, moverse y decir que tanto valga para provocar una carcajada como para hacer creíble la amargura. Y, lamentablemente, este montaje no la ha encontrado. Poco más se puede decir, es un experimento fallido. Se deja ver, no es que nadie se aburriera, pero no va más allá, y de Veronese cabía esperar otra cosa.


Y, sin embargo, de algo me ha servido Invencible. He descubierto a Pilar Castro (ahí la tienen, en la foto). Me gustó en Babel, era la que mejor estaba; me gustó, y mucho, en Buena gente, maravillosa en un doblete peliagudo. En Invencible, simplemente se come la pieza. Miren si son buenos Verdú, Bosch y Calvo (un tipo que consiguió la proeza de quedar bien en un desastre del tamaño de La chunga). Pues bien, no hay quien se crea lo que hacen. Ninguno de los tres personajes alcanza la verosimilitud, en esa montaña rusa, ese ir y venir del gato al drama del que les hablaba. Calvo grita tanto desde el primer segundo para hacer reír, que cuando tiene que encogernos el corazón ya sobra cualquier inflexión de volumen. Verdú no se entiende de dónde viene, parece solo una histérica, no hay manera de sentir compasión por lo que sea que le pase por dentro para hacerle ser así por fuera. Bosch está casi reducido a comparsa. La única que todo lo pone en su sitio -cada vez que abre la boca- es Castro. ¿Por qué? Yo diría que porque, cuando tiene que ser una señora tirando a barriobajera, se guarda mucho de exagerar; no le hace falta hacerlo para que el humor rezume solito del texto, de la construcción del personaje y de su gesticulación vulgar, pero con el estereotipo sin descontrolar. Cuando tiene que cambiar de registro le basta con seguir siendo el mismo personaje real. Es una humilde hipótesis. Los dos únicos grandes momentos de la función son suyos: la explicación con su marido y el final. Viva Castro.
P.J.L. Domínguez
          

viernes, 4 de noviembre de 2016

PERPLEJO

Sala: Teatro Galileo Autor: Marius von Mayenburg Director: Tito Asorey Intérpretes: Melania Cruz, Fernando González, Fran Lareu y Laura Míguez Duración: 1.25' 
La función ya no está en cartel


Esto es Perplejo, vayan calculando. Les pongo otra más abajo para que tengan un poco de perspectiva. Son Cruz, Mínguez, González y Lareu.
Séptima entrega de las funciones perdidas de la temporada pasada (empecé con ésta que les enlazo). Me daba MUCHA pena dejar a Perplejo sin ninguna mención. Creía que había pasado por el Galileo sin pena ni gloria, pero veo que hubo hasta critica de Vallejo en El País. Un texto del alemán Marius von Mayenburg con un título perfectamente puesto. Así se queda uno, perplejo, cuando empiezan a pasar cosas. Un texto que demuestra que aún se puede hacer mucho jugando con el concepto de género. Esto está entre el Mihura de Tres sombreros de copa y una sit-com, pero por más que les explique, creo que se van a enterar mejor si miran las dos fotos que les he puesto. Muchos de los comentadores, la propia compañía -y, a lo mejor, el mismo autor- han subrayado que el desparrame del argumento (cambia todo de una escena a otra, este era tal ahora es cual, eran los propietarios ya no lo son...) hace referencia a la situación actual de Europa. Hay basura que huele (digo en la función, en Europa ya se sabe). Pero ya saben mis habituales que esto del tema me pone nervioso. Claro que las ficciones tienen tema. Otelo haba de los celos. Pero la frase "Otelo habla de los celos" es de una cortedad insufrible. Un artículo científico que se titule Celopatías asociadas a demencias seniles habla de los celos. Otelo es mucho más. Esta semana decía Pere Gimferrer en una entrevista que el tema de la poesía es siempre la poesía. 

El tema del teatro es siempre "a ver si consigo un artefacto que se tenga en pie durante una hora y veinticinco (en este caso) con estos mimbres". Los mimbres de Perplejo son tan peculiares que les ruego consideren eso de la podredumbre de Europa como algo completamente secundario. 


Tito Asorey había dirigido a la compañía gallega iLMaquinario (se escribe así, ya saben cómo son los artistas) en El hombre almohada, que estuvo en Madrid, pero que me perdí. Lo siento ahora, porque esto está muy, pero que muy bien llevado, y el reto de una cosa que cambia de aspecto cada pocos minuto sin dar tregua era considerable. Los intérpretes están estupendos (aquí tienen un dossier donde los encuentran a los cuatro). Me gustó mucho Fran Lareu, uno de esos tipos que tienen muchísimo más carisma en vivo que en las fotos. Y también Laura Míguez, graciosísima, a veces con un aire interpretativo a la gran Macarena Sanz. Escenográficamente sencilla -no le hacía falta más- e impecable (Luis Iglesias, "Luchi") y con un vestuario chisporroteante (el texto ayuda) de Yaiza Pinillos (La venus de las pielesen 2014). Una de las piezas de la temporada: el disfraz de volcán que lleva Míguez, entre campesina mallorquina y una imagen de la Virgen. Inenarrable verla recorrer el escenario con ese invento bamboleándole encima. La tienen en la foto de arriba del todo.

No sé si la función seguirá viva, pero si les pasa cerca no se la pierdan. (Acabo de comprobar que estuvo en Valencia el pasado día 29, así que ¡sigue viva!)
P.J.L. Domínguez

          

jueves, 3 de noviembre de 2016

LAS PRINCESAS DEL PACÍFICO

Sala: Teatros Luchana Autores: José Troncoso, Alicia Rodríguez y Sara Romero Director: José Troncoso Intérpretes: Alicia Rodríguez y Belén Ponce de León Duración: 1.05' (es lo que dice el programa de mano, pero me falta mi tradicional apunte)
La función ya no está en cartel


Belén Ponce de León y Alicia Rodríguez. Encuentro la foto en elteatrero.com.

Sexta entrega de las funciones perdidas de la temporada pasada (empecé con ésta que les enlazo). ¿No estaré dedicando a esto un esfuerzo digno de mejor causa? ¿Qué pasaría si dedicara todo esto tiempo a... no sé... estudiar chino? En fin, cerremos el frasco de las dudas, que luego apesta el ambiente.

Con Las princesas del Pacífico, como diría mi madre, no tengo perdón de Dios. Estuvo la tira de tiempo en cartel, creo que en más de una sala, y mira que era (o es, no sé si no va a volver) una propuesta interesante, pero se me pasó el tiempo para la crítica. 

Iba a enlazar ahora el título directamente a la voz sobre el Pacific Princess en la wikipedia, pero me he dado cuenta de que los más jóvenes van a necesitar información.  Había una vez una serie de televisión que se titulaba Vacaciones en el mar (The love boat en el original). Si son de quintas más recientes les recomiendo vivamente que sigan este enlace para ver los títulos de crédito. No sólo porque accederán a una pieza fundamental de la educación sentimental de sus mayores (que pone nostálgico a medio planeta, a mí me parte el alma), sino también porque es una pieza que retrata como pocas el Zeitgeist de la época y porque la canción de Jack Jones es estupenda, con esos uaca-uaca de fondo típicos del sonido Filadelfia.

¿De qué habla este tipo?, se estarán preguntando. Verán. A las protagonistas les toca un viaje en un crucero. Y el título remite directamente al nombre del barco de la serie. La serie era toda color de rosa: en cada episodio se subían al barco unos cuantos pasajeros cada uno con su problema vital al hombro, y todos se bajaban con la vida resuelta. El contraste que el título establece entre esta farsa tragicómica y lumpen y ese mundo en el que sólo faltaban los unicornios de colores (que creo que aún no estaban inventados) es muy sugestivo. O sea, que empezamos bien.

Y seguimos bien. No me suelo fiar yo mucho de las dramaturgias colectivas, pero este texto es redondo. Construye muy bien la historia, tiene toda la retranca imaginable, dibuja unos personajes nítidos, hace alarde de costumbrismo pero el costumbrismo no se come al resto. Ya les he dicho: farsa, tragicomedia, lumpen, esperpento... Una cosa que se aproxima, sobre todo cuando la pena honda pasa rozando las miradas de las protagonistas, a La Zaranda. Para quien no lo sepa, esto es un formidable elogio.

Dos espectaculares actrices. Dan risa, dan pena, dan miedo. Las dos a gran altura, Ponce de León, estratosférica. La he visto en alguna otra cosa, pero no me había llamado la atención. Se ha topado con un papel que es como su propia piel y encaja con Alicia Rodríguez como un engranaje de precisión. En conjunto, la función es más que interesante, aunque en algún momento la dirección se queda un pelín corta, un poco instalada en el dos más dos. Ni qué decir tiene que la dirección de actrices está fetén. A Troncoso lo vi bien en un texto imposible en Historias de Usera. Nota final: una pena que no haya créditos de caracterización. ¿Han sido ellas mismas?

Tras escribir todo eso me he puesto a buscar, y resulta que vuelven. Este mismo mes, al Galileo. Recomendada queda.
P.J.L. Domínguez

          

miércoles, 2 de noviembre de 2016

EL PADRE

Sala: Teatro Bellas Artes Autor: Florian Zeller (versión de J.C. Plaza) Director: José Carlos Plaza Intérpretes: Héctor Alterio, Ana Labordeta, Luis Rallo, Miguel Hermoso, Zaira Montes y María González Duración: 1.40'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no esté en cartel)



Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

A primera vista, resulta difícil encontrar el parentesco entre las comedias de Zeller –como La mentira, en cartel en el Maravillas- y este drama de éxito internacional. Yo diría que también a segunda vista. Todo lo que es chispa y movimiento en sus otras piezas es, en ésta, reflexión y sosiego, con el tono justo que permite al respetable deglutir y metabolizar una historia centrada en asunto tan serio como el Alzheimer. Quién no se espeluzna ante este futuro posible y no se acongoja frente a la responsabilidad con sus mayores.


    La pieza cuenta con dos bazas. Una feliz idea de partida. Las “felices ideas” acaban a menudo consumiendo todo el oxígeno disponible y asfixiando el montaje, pero Zeller ha desarrollado la suya con gran pericia. La historia de los mil giros -¿qué ha dicho en realidad la hija? ¿quién es la hija? ¿quién es el yerno? ¿qué le ocurre a la escenografía?- reduce al espectador a la misma perplejidad que sufre el protagonista por la degeneración de su tejido nervioso. Es un texto que sólo puede defender un grandísimo actor: Alterio, la segunda gran baza de la función. Con sus ochenta y siete años –los mismos de Robert Hirsch en el estreno francés- carga con todo, y puede con todo, de principio a fin. Muy bien secundado por Labordeta y por el resto. Me gustaron los signos de puntuación que marca la música de Mariano Díaz.

Sí, es triste, ¿y qué? La música de Chopin es triste, la vida es triste, y ambas cosas tienen una prensa excelente. Alterio está espectacuar, él es toda la función. Y la grandeza del final todo lo redime, la tristeza e incluso el mecanismo dramatúrgico de la pieza (no lo revelaré ahora) que funciona, pero que mondo y sin este remate se quedaría corto. A ver si tengo un ratillo para escribir un poco más.
P.J.L. Domínguez

          

martes, 1 de noviembre de 2016

BEYOND

Sala: Teatro Circo Price Autor y director: Yaron Lifschitz Intérpretes: Jessica Connell, Tim Fyffe, Rowan Heydon-White, Conor Neall, Kathryn O'Keeffe, Seppe Van Looveren y Billie Wilson-Coffey Duración: 1.15'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no esté en cartel)
La foto no es del Price. En Madrid son tres elementos, cada uno con su tarima y su telon rojo, no como aquí, que es un elemento corrido.
Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

En algún momento del siglo XX, disciplinas milenarias como las del equilibrio, la contorsión o los volatines, incluso las habilidades del forzudo de feria, que parecían condenadas a inevitable desaparición, se toparon con la danza, cuyo eterno coqueteo con el teatro llevaba ya un tiempo de fogoso encuentro. Todas esas líneas se cruzan estos días en la pista del Price, en un espectáculo de la compañía australiana Circa que no es fácil de etiquetar: nuevo circo, circo-danza…


    ¿Puede uno enamorarse de golpe de siete personas de ambos sexos? Es lo que me pasó a mí, mientras sonaba Nat King Cole, y no soy precisamente enamoradizo. Pero el encanto, la gracia, el estilo y la elegancia que estos siete intérpretes derrochan bien merecen una excepción. Hay un cerebro detrás de todo esto, el de Yaron Lifschitz. Un cerebro capaz de comenzar con Frank Sinatra y terminar con los Sex Pistols en (no podía ser otra cosa más que este reverso exacto) My way. O de reventar la delicadeza del Bach de Glenn Gould o las atmósferas de René Aubry con la descacharrante Lena Horne, en un evidente eco del mambo que solía acompañar a los tradicionales malabares en el circo de siempre. Hay que sumar la delicada escenografía, la minuciosa iluminación, el coqueto vestuario y la gracia de unos intérpretes que todo –hasta lo más violento- lo hacen con mimo. Un espectáculo exquisito.

Y lo que no cabía allí:

Lo de elegir en la cartelera cuando anda uno desbordado no es un proceso fácil de racionalizar. Una de esas cosas de las que no se sospecha la dificultad hasta que toca hacerlas. Al final, el sendero se elige a veces por el detalle más nimio. Si les digo la verdad, lo que me hizo optar por Beyond -después de todos esos autosermones de "no puedes perderte Circa", que es como se llama la compañía- fueron esas cabezas de conejo de la foto, calcadas, un poco menos siniestras, de las de Rigola en El público y que me producen siempre el mismo desasosiego: da igual que las vea mil veces. Bien es verdad que fui sabiendo que no eran unos desconocidos y que la apuesta estaba respaldada por la unanimidad de la crítica universal. Bingo. De vez en cuando, la unanimidad de la crítica universal acierta. Ya han visto en la crítica publicada que me encantó, siento ahora no haber visto en su día ni Circa -espectáculo de igual nombre que la compañía- ni Wunderkammer, que pasaron por Madrid.

Los conejos de El público. Qué miedo.

A alguien ha podido sorprender que la mayor parte de la crítica en papel esté dedicada a la música. No es casual. Se suceden contorsionionismo, equilibrismo, trapecio, mástil, portes sorprendentes de tipos que se echan al hombro varias personas, una doble altura en puntas (puntas de bailarina clásica, quiero decir). Soy muy reacio a ponerles enlaces a fragmentos de vídeo, porque el teatro es casi imposible de reflejar con veracidad por medios audiovisuales. Pero aquí el relieve de la técnica circense es crucial, así que  creo que merece la pena que echen un vistazo a éste, para que se hagan a la idea. 

Hay quien me ha preguntado si esas cosas pueden ser la base de una dramaturgia. Claro que pueden. Los números propiamente circenses se alternan con pequeños episodios entre el clown y lo que me atrevería a llamar pantomima. Pero, sobre todo, al circo se le suman, por un lado, la expresión facial y corporal de los intérpretes (no es lo mismo retorcer un brazo a alguien, que retorcérselo mirando al público de determinada manera). Y por otro -como decía en la crítica en papel- un delicado envoltorio de vestuario, escenografía, iluminación y música. Todas esas artes son significantes, dicen cosas en voz bastante alta, pero la más narrativa es la música, y no sabríamos exagerar su importancia en la construcción de este espectáculo. Incluidos esos guiños conceptuales de Sinatra versus Sex Pistols o la explosión del mambo de Lena Horne, que se lo lleva a uno volando a aquellos circos de carpa de la infancia (¿Les he dicho alguna vez que yo vi a Pinito del Oro? Me llevó mi abuela). Otros títulos de la exquisita banda sonora: Amsterdam de Micheline, la versión de Brel del Impossible dream de El hombre de la Mancha, René Aubry, CocoRosie, Sigur Rós, Camille O'Sullivan... coqueteos con el kitsch pero rendimiento escenográfico cierto. Si quieren saber un poquillo sobre el autor / director / cerebro, aqui tienen el enlace al artículo de la wikipedia sobre Yaron Lifschitz.

Estoy publicando esto el martes y están hasta el sábado. "Para todos los públicos" se entiende a veces como sinónimo de "para niños". No. Para TODOS los públicos.
P.J.L. Domínguez

          

lunes, 31 de octubre de 2016

EL PERRO DEL HORTELANO

Sala: Teatro de la Comedia Autor: Lope de Vega (versión de Álvaro Tato) Directora: Helena Pimenta Intérpretes: Rafa Castejón, Joaquín Notario, Marta Poveda, Álvaro de Juan, Óscar Zafra, Nuria Gallardo, Alba Enríquez, Natalia Huarte, Paco Rojas, Egoitz Sánchez, Pedro Almagro, Alfredo Noval, Alberto Ferrero y Fernando Conde (piano: Olesya Tutova)  Duración: 1.50'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no esté en cartel)


Tiene narices que, de todas las que encuentro por ahí, la foto que más idea da de la
 escenografía sea precisamente la de los árboles horrendos y el peor vestido de la función. En fin.

No está mal. Mejor dicho: está bastante bien. Pero no a la altura esperable. Un montaje de El perro del hortelano dirigido por Helena Pimenta tiene dos términos de comparación insoslayables: la película de Pilar Miró y La vida es sueño de la propia Pimenta. Ya estará alguien pensando que las comparaciones son odiosas. Es un lugar común casi siempre malinterpretado. Son odiosas para el comparado. Si alguien me compara a mí con -pongamos por caso- García Garzón y dice que él es mucho más ponderado, a mí la cosa me puede resultar odiosa. Pero al resto de la humanidad le parece un juicio por comparación, que es como lo conocemos todo. Los seres humanos conocemos por comparación desde un bocadillo de calamares hasta el amor verdadero. La Pimenta jugaba aquí, en primer lugar, contra sí misma: es muy duro haber dirigido una Vida es sueño que, probablemente, se convertirá en la referencia canónica para una generación. La vida es así, como diría un filósofo de trece años que conozco. Si yo voy mañana a un karaoke y lo hago bien, oiré a mis amigos decir toda la vida lo bien que canto. Si va Frank Sinatra redivivo y hace lo mismo que he hecho yo, le tiran tomates. Nadie juzga con el mismo metro al Real Madrid y al Deportivo Villaconejos. Este Perro del hortelano no hace honor a Pimenta, y creo que decir esto la deja mejor que cantar sus alabanzas.

Además, está la también inevitable comparación con la peli. Una película en la que Miró dejó dejó patente que la indiferencia de nuestro cine por los textos clásicos es inexplicable, y no me hagan explayarme sobre Kenneth Branagh. Tampoco sale bien parada esta versión escénica con esa comparación.

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Hay aciertos, claro está. Yo también oí el marivaudage
puesto de relieve por la ambientación dieciochesca y agradezco que Garzón lo haya mencionado, porque lo atribuí a mi tendencia excesiva a encontrar relaciones de todo con todo. Es uno de los destellos interesantes de la propuesta, como el brillo de un cristal que gira y que refleja, en un instante, una luz inesperada. Como a él, a mí también se me antojó la escenografía de Sánchez Cuerda un eco luminoso de otra caja, aquella dramática: la de La vida es sueño; otro reflejo interesante. Marta Poveda (Donde no hay agravios no hay celos, La verdad sospechosa) está magnífica (la tienen en la foto). Siempre me lo parece, tengo debilidad por ella. "Llena la escena, la ilumina con una fuerte y hermosa energía", ha dicho Villán, y estoy de acuerdo. Pero ha dicho también que "habrá de redondear una voz que no la favorece demasiado". Por Dios, que no se le ocurra redondear nada. Esa voz, a veces deliciosamente quebrada, es una de sus grandes bazas. Poveda no gusta a todo el mundo, yo creo que por algo que el mismo Villán parece rozar cuando menciona su "tendencia involuntaria a la anulación del contrario". Creo que no eso. Creo que Poveda es una de esas grandes intérpretes que se llevan siempre el agua de cualquier función al molino de su propio estilo. Y hace bien, porque lo hace bien. Castejón, sin tacha. Hay que tener mucho cuajo para estar en tu sitio al lado del volcán Poveda. Para terminar esta lista de aciertos, el que más me gustó: la escena de Tristán engañando como a un chino al Conde Ludovico. Claro, el conde es Fernando Conde (no es un juego de palabras), y eso ayuda mucho. Está muy bien planteada, muy bien encajada, muy bien dirigida, y es de lo más difícil de la pieza. Donde mejor se integra Notario, me pareció.
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Pero la función tiene demasiados peros para poder decir que es una gran función. Aquí tienen una lista de lo que, a mi modesto entender, no se sostiene:

* La sobreactuación. Esto es lo peor, con diferencia. Menciona Villán "los primeros minutos un poco crispados" y yo creo que se queda muy corto. Los primeros minutos son insufribles, con todo el mundo fuera de quicio, como si comenzara una farsa. La cosa se apacigua en cuanto se quedan solos Poveda y Castejón, pero el tic reaparece por aquí y por allá. En este mismo apartado incluiría los repetidos mohínes de desaprobación de Anarda. Nuria Gallardo clava el estilo, pero -lamentablemente- es el estilo de un género distinto al que la puesta en escena parece pretender.

* Notario. Actor indiscutible (aquí tienen lo que dije respecto a El alcalde de Zalamea), pero error de casting, no le cuadra el papel. ¿No hay papeles pequeños? Es posible que esa frase se aproxime bastante a la verdad. Pero, ¿y si el actor es demasiado grande? Permítanme la boutade: ¿y si es hasta físicamente demasiado grande para el papel? ¿Puede un intérprete dar el tipo para Don Lope y también para Tristán? Pues tengo mis dudas. Dudas, y no certezas, porque llega a veces alguien que se ha pasado la vida en una cosa y de pronto hace otra en las antípodas y nos noquea, pero me parece que son pocas excepciones a la regla general de que o das el tipo o no lo das. Que se lo digan a los directores de casting, que viven exactamente de esto. Como decía el otro dia hablando de La mentira, nada de esto va con Notario, que no es responsable de que lo coloquen donde no le corresponde.

* El amor. No, no tengo nada contra el amor (bueno, según, todos tenemos días malos), pero deben saber que en esta función hay un personaje mudo que se pasea por el escenario en medio de la acción y que -como lleva los ojos vendados- todos identificamos con la personificación del sentimiento. Uno de los pocos símbolos que seguimos pillando al vuelo como si fuéramos público barroco. No vean lo que estorba. Además, es uno de esos añadidos que, tan frecuentemente, minusvaloran al espectador. Ya nos damos cuenta de cuándo está el amor en el aire, no hace falta verlo. He hablado de esta función con bastante gente. Les diré, en honor a la verdad, que la mayoría tiene una opinión general mejor que la mía, pero en esto del personaje mudo he cosechado un general rechazo. 

* Los árboles. Esos árboles que ven en la imagen de arriba son una foto digna de la pared de uno de esos establecimientos franquiciados que venden helado o café. Horrorosos. No entiendo cómo se han podido quedar ahí sin que nadie haya advertido el espantoso efecto plastiqué. 

* Los pétalos. No tengo nada en contra de la reutilización de un recurso visto miles de veces, las buenas ideas funcionarán en el escenario hasta el fin de los tiempos. Me refiero a la lluvia de pétalos. Pero es que está metido con calzador y subrayando lo que menos se espera uno que se subraye: un momento sin demasiado relieve de la trama secundaria. Pasmo general, me pareció.

* Último apartado para algunos elementos que no llevan mal camino pero se salen en una curva. El vestuario funciona, pero no falta alguna pieza simplemente fea (como el vestido ese ya mencionado en el pie de foto más arriba o el curioso atavío de Amor). La aparición de las máscaras, mejor olvidarla. Otro disparo en la línea de flotación de la dignidad del montaje. Resulta que salen enmascarados a la veneciana y se ponen a bailar a... ¡Piazzola! Hasta ese momento, la música (un piano en off) ayudaba, pero ahí alguien parece haber perdido el oremus.  
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En fin, vuelvo al comienzo: es una bonita versión, el espectáculo se deja ver, pero yo no encuentro por ninguna parte la gran función que se podía esperar.
P.J.L. Domínguez