miércoles, 13 de julio de 2016

EL LABERINTO MÁGICO

Sala: Teatro Valle-Inclán Autor: José Ramón Fernández (dramatización de las novelas de Max Aub)  DirectorErmesto Caballero Intérpretes: Chema Adeva, Javier Carramiñana, Paco Celdrán, Bruno Ciordia, Paco Déniz, Ione Irazabal, Borja Luna, Paco Ochoa, Paloma de Pablo, Marisol Rolandi, Macarena Sanz, Alfonso Torregrosa, Mikele Urroz, María José del Valle y Pepa Zaragoza (músicos: Paco Casas y Javier Coble)  Duración: 1.50'

(la función ya no está en cartel)


Quería ponerles el nombre de todos, pero con tanto fusil y tanta gorra
no hay manera
No es éste el tipo de teatro que más me gusta. Lo digo sólo para que mis avispados/as lectores/as sumen por su cuenta un par de grados de entusiasmo al tono general de esta crítica. Y para resaltar, precisamente, que no entusiasmándome de entrada el planteamiento -no por nada que nadie haya hecho bien, mal o peor, sino por este a priori de mis gustos- tengo que reconocer que la función está bien llevada.

Y ahora llega el difícil momento -al que llevo dando vueltas desde esta mañana- de decir a qué me refiero con "este tipo de teatro". No sé: mucha gente, muchas carreras, banderas, disparos... Mal vamos, porque me acabo de cargar cosas tan dispares como Los miserables o Madre coraje, que me flipan. No es eso. Es esa especie de realismo energético... ¿De qué hablo? Mucha energía, contenida unas veces (en las manos de Macarena Sanz que se retuerce el vestido), desparramada otras (en la sokatira). Tampoco es que me disgusten siempre esos derroches: lo que hace La Joven Compañía, por ejemplo, suele ir por ahí, y casi siempre me encaja, pero -creo, avanzo a tientas por el pantano de mi confusión- que ligado a contextos menos realistas en los que ese plus de energía es, por así decir, un elemento antirrealista. Por eso acabo de parir lo de "realismo energético", para entenderme a mí mismo. 

Dicho esto, comprenderán -o no, porque me ha quedado bastante oscuro- que me quede con las escenas que se alejan de la épica de grupo hacia un teatro más pausado, más -para entendernos- de cámara: Torregrosa y Adeva charlando tras un fusilamiento injusto; Adeva y la frivola y letal cabaretera de la que está enamorado y que es responsable del fusilamiento, María José del Valle, en la frontera francesa (y antes también); el camerino de una actriz profacciosa, Irazabal, con Ciordia de correveidile amariconado (permítanme usar un término que está en época respecto a la escena), Zaragoza como fantástica asistenta casi muda de la actriz y, otra vez, Adeva; Torregrosa, juez republicano, e Irazabal, la misma actriz, discutiendo en el despacho del primero; monólogo de Zaragoza, la esposa a la que Paco Ochoa desatiende por otra mujer y por las pinturas que tiene que salvar en El Prado... 

En esa lista están mencionados todos los que van a destacar en mi recuerdo. A Torregrosa lo tienen en este blog en Montenegro (con Pepa Zaragoza) y en Dorian. Con Ione Irazabal y Chema Adeva en Vida de Galileo, donde era un fantástico cardenal Barberini. También estaba Déniz allí, y me gustó bastante más que ahora. Y mi adorada Macarena Sanz que, en este Laberinto, pasa un poco desapercibida. En Los Mácbez encuentran a Adeva. Todos revueltos por aquí y por allá en los montajes de Caballero. Ione Irazabal, que va a salir siempre airosa tenga que interpretar a una empleada de correos a una trucha o a un perchero, tiene dos papeles que parecen cortados adrede para lucirse: la gran actriz a favor del alzamiento militar ya mencionada (rollo gran dama, gran pose, carácter altivo, la cara levantada y por delante) y la judía comunista de existencia apaleada (tapadita con la gorra y las gafas, todo el carácter por dentro, la rigidez de la ideología, pequeña pero temible).

Aunque el gran descubrimiento (para mí, que llego tarde a muchísimos trenes) es María José del Valle. Una pena que, en el número del cabaré, se le haga cantar algo tan trillado como el himno de Riego. En los años treinta, en un local de Barcelona (una ciudad perfectamente integrada en las redes culturales europeas) se podía oír cualquier cosa. Un poco más de sofisticación le hubiera dado más juego (¿Saldrá el himno en Aub? Es posible). No obstante, está perfecta envuelta en su aura de perfidia voluble, y muy bien descrita la relación ambivalente con el personaje de Adeva (Lola-Lola y el profesor Rath). Voy a ir corriendo a ver lo próximo que haga. No encuentro ninguna referencia en la red que pueda proporcionarles.
* * *
Quizá alguno se haya fijado en que la ficha de arriba del todo dice autor: José Ramón Fernández (dramatización de las novelas de Max Aub). Los créditos del programa de mano atribuyen la autoría a Aub y la versión a Fernández pero, qué quieren que les diga, yo no creo que esta operación pueda equipararse a lo que habitualmente llamamos "versión". El material de partida son novelas. Pedir a alguien que convierta eso en ciento diez minutos de diálogo escénico es como coger un armario y decirle al ebanista que lo convierta en mesa. El estilo general (si era un armario Biedermeier, Biedermeier se quedarán color, barniz y estilo de molduras o relieves) estará determinado por el artesano original. Pero, ¿ustedes quién dirían que ha hecho la mesa? Tema, estilo, atmósfera general de El laberinto mágico (y probablemente un alto porcentaje de los dialogos) serán de Aub, pero el autor de la obra dramática es José Ramón Fernández, que ha conseguido resolver con gran talento un encargo que, a priori, yo (y supongo que muchos) hubiera juzgado imposible.
P.J.L. Domínguez
          
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lunes, 11 de julio de 2016

TRABAJOS DE AMOR PERDIDOS

Sala: Teatro Alcázar Autor: William Shakespeare (versión de José Padilla) Directores: Tim Hoare y Rodrigo Arribas Intérpretes: Javier Collado, Montse Díez, Jesús Fuente, Alicia Garau, Julio Hidalgo, José Ramón Iglesias, Alejandra Mayo, Sergio Moral, Raquel Nogueira, Lucía Quintana, José Luis Patiño y Pablo Vázquez Duración: 2.00'

Información práctica (el enlace no operativo puede significar que no está en cartel)

José Ramón Iglesias, Sergio Moral, Javier Collado y Julio Hidalgo

A veces sé, o creo saber, por qué no funcionan las cosas. Otras veces lo intuyo o puedo formular alguna hipótesis. Pero en algunos casos no tengo ni idea. Estos Trabajos de amor perdidos son un latazo de cuidado, dos horas que se hacen cuatro, pero sin nada especialmente discordante. Un momento: la escenografía es horrorosa, sí, y no ayuda absolutamente nada en ningún momento de la función, pero tampoco determina el naufragio. La versión no tiene más pecado grave que el añadido de un final perfectamente prescindible. Y, dicho sea como simple constatación, que practica una operación inversa a la que suele ser habitual. El final de Shakespeare es abierto, algo que nuestros tiempos adoran. Vemos de vez en cuando alterar los finales cerrados del teatro clásico para abrirlos, pero aquí se ha hecho lo contrario: nada de "ya veremos qué pasa terminado este año de prueba". No, no: pasa el año y todo se arregla a maravilla. Ni quita ni pone, pero tampoco es responsable del sopor que acompaña al montaje desde su mismo arranque.

Tampoco los intérpretes parecen tener la culpa. Están bien, con Montse Díez y Lucía Quintana sobresalientes. Me parece que ellos -con la excepción de Javier Collado y José Luis Patiño, que están más frescos- se resienten más de los esterotipos del gracioso que los directores han aplicado. Toda la escena del sucesivo descubrimiento de las faltas de cada uno, por ejemplo, es descorazonadoramente plana y previsible. 

* * *
Esas tres estrellitas están ahí porque ha pasado algo. Me he parado a pensar otra vez qué es lo que no va y he llamado en mi auxilio al numen de Kenneth Brannagh mediante el procedimiento simplón de ver algunos cortes de Love's labour's lost y, fíjense, lo que me ha iluminado es una de esas frases que los de marketing y promoción van podando de aquí y de allá: "Sexy and glamorous! (CNN)". Digamos de paso que suelen citarse como si la CNN (o El País o La Hoja Diocesana de Albacete) fueran instituciones que se entregan a sesudos cónclaves en los que reparten, colegiadamente, adjetivos a las obras teatrales. Claro, queda mucho más interesante "Gran interpretación (Chicago Times)" que "Gran interpretación (John Smith)", porque John Smith puede ser un idiota, pero Chicago Times (o cualquier otro nombre resonante) viste muchísimo. Por no decir que vaya usted a saber de dónde se cortan estos fragmentos, tendría para contarles algunas finas jugadas que se han practicado con mis propias críticas. Este último ejemplo podría provenir perfectamente de "gran interpretación desperciada en un texto infame". No se rían, porque esas cosas se hacen. Esta misma función que estamos comentando tiene unas piezas promocionales que cantan "Magníficos actores (El Mundo)" y "Perfecta en el juego cómico de la vida (The Huffington Post)", sin que sepamos si firma un catedrático de universidad o el becario que hace los aliños con la información que proveen las compañías. Es un poco como aquella edición de los Max en la que nadie sabía quién formaba el jurado que le había premiado. Permítanme que les amplíe eso de "la información que proveen las compañías". Si nunca se han percatado de esto que les voy a contar, les va gustar.

En el periodismo en general, y en el periodismo cultural en particular, se vive una crisis muy anterior a la de 2008. Allá por los ochenta, dominados por una virginidad candorosa madre de todos los entusiasmos, cuando alguien tenía algo que contar convocaba una rueda de prensa. Tanto en Madrid como en la más remota capital de provincia. Los medios acudían en masa. Si es usted un lector de menos de treinta años y trabaja en esto le costará creerme, pero lo he visto con mis ojos. Yo he visto cosas que vosotros no creeríais: atacar naves en llamas más allá de Orión... Huy, perdón. Lo que tengo que contar es aún más asombroso: he visto ruedas de prensa sobre conciertos de música contemporánea o jornadas de historia eclesiástica a la que acudían todos (he dicho todos) los medios de una capital de provincias: periódicos y radios. Allí se contaba el rollo, los periodistas hacían preguntas (lo juro) se iban a su redacción y redactaban, que para eso eran redactores. Ahora ya no redacta ni el Tato. Convoque usted una rueda de prensa sin Beyoncé y ya verá quién acude. Se ha estandarizado un procedimiento industrial por el que el dossier de prensa elaborado por quien genera la noticia (en este caso, una compañía o un productor) se trasvasa directamente a la página publicada. Sucede así, constantemente, que uno se encuentra las mismas frases en distintos medios. Lo que podría ser tolerable para referirse a hechos objetivos ("éste es el cuarto montaje que Fulanito dirige") es grave cuando se extiende con total comodidad a juicios de valor ("montaje que se caracteriza por un ritmo vibrante"). Por si no me he expresado con claridad: muchas, si no la mayoría, de las frases de este tipo que leen en prensa (en papel o digital) provienen directamente de lo que ha escrito el autor sobre su propia obra, pero las firma otra persona que, la mayor parte de las veces, no ha visto el objeto de los elogios. Conste que no digo todo esto por Trabajos de amor perdidos, sino porque pasaba el Pisuerga por aquí. Volvamos. 


* * *
Nos hemos quedado en "Sexy and glamorous!".  Esto es exactamente lo que le falta a esta puesta en escena. Trabajos de amor perdidos debe ser una efervescencia de juventud, picardía, erotismo... Debe ser, en una palabra, sexy; y no sólo en sentido erótico, que también, sino en el más general que a veces se le da en inglés. Lo de Hoare y Arribas es trillado, convencional, previsible, es... teatro clásico en la peor acepción del término, ésa que el público general entiende, ay, con razón la mayoría de las veces, pariente de la expresión música de iglesia para cualquier cosa que suene a música culta. La Fundación Siglo de Oro / Rakatá no se llega a la altura de su propia suela si comparamos esto con el Enrique VIII, del que guardo excelente recuerdo. Aunque, para mi pasmo, consultado el estupendo archivo de prensa que la compañía mantiene, resulta que los comentarios críticos son mucho mejores ahora que entonces. Como tanta veces, me siento un extraterrestre. Les copio, para atenuar un poco lo que llevo dicho, lo de García Garzón en ABC:

La puesta en escena de Tim Hoare y Rodrigo Arribas, muy dinámica, propicia esa concepción juguetona de toma y daca de picardías, atolondramientos e incertidumbre explicitada en un espectáculo muy divertido, lleno de sugerencias, como las que contiene el bosque de postes de madera planteado por Andrew D. Edwards, que puede evocar tanto un bosque propiamente dicho como los salones palaciegos. Los intérpretes completan un trabajo colectivo muy afinado, desbordante de comicidad y puntería, del caballero Berowne de Javier Collado al rústico Costra de Pablo Vázquez, pasando por el embajador francés Boyet, que compone con autoridad José Luis Patiño, la coqueta Rosalina de Lucía Quintana, el seguro Armado de Jesús Fuente o la Rosalina de Montse Díez, por citar a unos cuantos del amplio reparto, merecedor todo él de aplauso. 

Uno piensa en primer lugar que vimos dos espectáculos distintos (elogia exactamente lo que yo echo en falta: picardía y comicidad). Pero vimos el mismo. Tendría yo un mal día.
P.J.L. Domínguez
          
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viernes, 8 de julio de 2016

EQUUS

Sala: Arte & Desmayo Autor: Peter Shaffer (versión de C. Martínez-Abarca) Director: Carlos Martínez-Abarca Intérpretes: Juanma Gómez, Natalia Fisac, Sergio Ramos, Pablo Méndez, Magdalena Broto, Roberto González, Íñigo Elorriaga, María Heredia y Cristina Arranz (en vídeo)  Duración: 1.55'
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que no está en cartel)

No encuentro ninguna foto que dé idea del aspecto escenográfico.

Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

El fallecimiento de Peter Shaffer encuentra a Madrid con la que es su pieza más famosa, junto a Amadeus, en cartel. La relevancia mundial de Equus, un clásico contemporáneo, permite pensar que su escasa presencia en nuestro país se deba a la larga sombra del estreno dirigido por Manuel Collado en 1975 y al eco de aquella convulsión social en los últimos estertores de la dictadura.  

    La pieza mantiene intacta una enorme capacidad turbadora. Partiendo de un suceso real –un muchacho que ciega intencionadamente a varios caballos en un inexplicable acto de crueldad- Shaffer armó un relato que contrapone el orden apolíneo de las vidas civilizadas a las fuerzas dionisíacas de la sexualidad y la comunión con la naturaleza. El siquiatra que trata al joven se encuentra obligado a comparar la extrema intensidad de las experiencias de su paciente –fuente de sufrimiento pero también de goce- con la insatisfactoria mediocridad en la que vive.


    Carlos Martínez Abarca supera el viento en contra de un elenco muy desigual apoyado en una escenografía que él mismo firma y en el espléndido trabajo de Juanma Gómez en el papel central del siquiatra. El montaje vence en este pulso por imponer al espectador –sentado a tres metros- una historia que, sin dirección firme, puede descarrilar con facilidad en lo estrafalario. 

Y alguna cosilla que no cabía allí:

1.- A los más jóvenes les costará entender el revuelo que Equus produjo en 1975... ¡porque se desnudaban! A mí mismo me cuesta entender mi propia reacción de perplejidad ante alguna foto que creo recordar haber visto vaya usted a saber en qué revista de la época. ¿Se imaginan la que tuvo que armarse para que se enterara perfectamente un niño que vivía a quinientos kilómetros de Madrid? Los seres humanos tenemos la memoria emocional frágil, y ahora es muy difícil hacerse idea del tabú que suponía el cuerpo desnudo hace solo cuarenta años. Es algo que conviene rumiar cuando los tabúes de otras sociedades nos parecen extraterrestres. Como ven, esas limitaciones pueden saltar en pedazos en sólo una generación.

[Nota histórica: el elenco de la versión del 75 es im-pre-sio-nan-te. Margot Cottens, José Luis López Vázquez, María José Goyanes, Juan Ribó, Ana Diosdado...]

Goyanes y Ribó en el estreno en España.

Desaparecido el tabú del desnudo (no totalmente, desde luego, el Supremo acaba de establecer que las administraciones pueden prohibirlo en las playas), lo que queda de la pieza es muchísimo más turbador. Nada menos que un cara a cara con nuestra naturaleza salvaje. No voy a extenderme sobre esto, uno de mis asuntos favoritos, porque nos da Pascua florida del 2017. Uno de los legados de nuestra historia cultural que más nos va a costar quitarnos de la espalda es el que niega nuestra naturaleza animal. Cuando decimos "los animales..." siento lo mismo que los ciudadanos de fina sensibilidad españolista cuando oyen decir "los españoles..." a un catalán. Somos tan animales como un pato o una vaca, y todas (TODAS) las diferencias que tenemos con ellos son de grado, no de esencia. Hemos ido aferrándonos desesperadamente a esto o a aquello para distinguirnos: no hablan (me troncho, hasta las abejas se comunican, por no explayarnos sobre los primates), no conocen la risa (díganselo a cualquiera que tenga perro), no son capaces de entender el lenguaje simbólico (busquen un poquito en red sobre experimentos de este tipo)... En fin. Lo más bonito de estos esfuerzos es el inventazo del concepto de INSTINTO, jocosamente análogo al éter que todo lo arreglaba. Durante milenios, los seres humanos no hemos soportado ser más inteligentes que el resto de los animales, pretendíamos ser los únicos que poseyeran esa cualidad. Y, como es una realidad palmaria que ellos también analizan la realidad y toman decisiones, nos inventamos una especie de mecanismo automático que se lo permitía. Creando, paradójicamente, la peligrosísima idea (peligrosa para quienes siguen ahí instalados) de que son posibles conductas complejas sin libre albedrío. De ahí a negar el nuestro había un paso, franqueado hace tiempo. El famoso tiro por la culata.

Estas cosas tienen lo que tienen. Miren las dos primeras acepciones del término INSTINTO en la RAE:
1. m. Conjunto de pautas de reacción que, en los animales, contribuyen a la conservación de la vida del individuo y de la especie. Instinto reproductor.
2. m. Móvil atribuido a un acto, sentimiento, etc., que obedece a una razón profunda, sin que se percate de ello quien lo realiza o siente.
Dos acepciones radicalmente opuestas: "pautas de reacción" y "razón profunda". Es lo que tiene ponerse a fabular, que termina uno en la contradicción. Los telediarios mostraron anteayer unas imágenes de unos hinchas rusos que acudían a la carrera para patear la cabeza de un inglés tendido en el suelo y otras de un grupo de burros que lloraban desconsolados por un congénere muerto. ¿Alguien en su sano juicio cree que un observador externo (el famoso marciano obejtivo) nos colocaría en categorías separadas?

[Nota importante: dicho todo esto, no soy de los que creen que los derechos de los animales sean equiparables a los nuestros. Claro que las diferencias son sólo de grado, pero son enormes. Quienes crean que no somos animales, pueden dormir tranquilos en lo que a mí respecta. No pienso otorgarles el voto]

La versión de Compañía Ferroviaria, por Paco Macià. Quizá la única de carácter profesional que se había visto en España desde 1975. He dicho quizá.

2.- Volviendo a Shaffer, es cierto que la oposición planteada en Equus es bastante primaria. No hay mucho matiz entre el civilizadísimo y autocontroladísimo siquiatra y el muchacho que ha dado rienda suelta a las pulsiones reprimidas por una madre hiperreligiosa entregándose a rituales de desenfreno (que recuerdan poderosamente a las bacantes desencadenadas; que la afición preferida del siquiatra sea la cultura griega no es intrascendente) con vertientes religiosa, sexual y -paroxismo final- violenta. Si el texto se hubiera quedado en la reproducción realista de lo que ha ocurrido después de los hechos (o sea, las conversaciones del médico con el paciente, su familia y la juez) no sería ni la mitad de lo que es. Lo hacen crecer las escenas que recrean esas turbadoras noches del chico con los caballos. Punto fuerte -y arriesgado- de cualquier montaje, Martínez-Abarca las ha resuelto muy bien. 

3.- No sólo ha resuelto bien eso. Les confieso que al entrar en la sala me temí lo peor. El escenario es un rectángulo reducido con gradas en los lados mayores. O sea: los intérpretes están casi pegados a las narices del espectador. La distancia metafórica (la distancia que hay de la realidad cotidiana a estos delirios equinos del chico, con unos señores que llevan mallas y máscaras de caballo) es mucho más fácil de controlar cuando ayuda la distancia física. Si me tengo que creer que estoy viendo Andrómeda, me engañan mucho mejor desde el escenario del María Guerrero que a dos metros. Pero aquí termina funcionando todo: la reducida pero acertada y aprovechadísima escenografía del propio director, la iluminación de Álvaro Gómez y la convicción con la que todo el mundo se mueve ahí dentro. Funcionan hasta los vídeos, que, como idea, podían parecer una marcianada: la enfermera se comunica con el siquiatra a través de una pantalla. Pero la enfermera es Cristina Arranz, que pone una cara de piedra tan convicente que todos nos lo tragamos. También ayudan los efectos de sonido y música.

4.- Como les decía en la crítica en papel, el elenco es muy desigual. No me voy a meter en pantanos, porque yo diría que algunos son semiprofesionales o alumnos, y no procede aplicar un rasero que no viene al caso. Natalia Fisac es la única que le mantiene el pulso en cierta medida a Juanma Gómez (cuyo trabajo es realmente admirable en esas condiciones). Lo tienen en la foto. Esta versión de Equus (y pasa lo mismo en la de Tom en la granja que ha dirigido Enio Mejía en la Cuarta Pared) viene a demostrar que un texto potente y una dirección que sabe a dónde va pasan por encima, incluso, de una interpretación justita.
P.J.L. Domínguez
          

domingo, 26 de junio de 2016

HISTORIAS DE USERA

Sala: Lazona Kubik Autores: Alfredo Sanzol, Miguel del Arco, Denise Despeyroux, José Padilla, Alberto Sánchez-Cabezudo, Alberto Olmos, Pilar Franco, Yolanda Menéndez y Flor Cabrera Director: Fernando Sánchez-Cabezudo Intérpretes: Inma Cuevas, Jesús Barranco, Ana Cerdeiriña, José Troncoso, Huichi Chiu, Iván Jiménez, Juan Ramón Saco, Juan Antonio Rodríguez, María Teresa Prado, Juan Antonio Montes y Luis Sureña Duración: 1.55' (entreacto de 10')
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que no está en cartel)



Me llegan voces de varios sitios insistiendo en que no me la pierda. La crítica de Vallejo en El País hace unos días dice nada menos que "la factura de la producción [...] nada tiene que envidiar a las mejores que puedan verse en el teatro parisino independiente o en los teatros públicos berlineses". En fin. No nos pasemos. Historias de Usera es exactamente lo que uno piensa que va a ser si fija su atención en todo el paisaje, por así decir, sentimental de la pieza: la participación de vecinos en el montaje, la evocación melancólica del pasado, la ubicación de los textos en un entorno costumbrista y de barrio. O sea, que SÍ resulta una cosa simpática. Y no es nada de lo que piensa que va a ser si, en cambio, se concentra en la otra vertiente del montaje: la escritura de un buen número de autores muy bien considerados y la dirección de Sánchez-Cabezudo, nombre en boga. O sea, que NO resulta una puesta en escena de calidad relevante ni, sobre todo, homogénea. Se me ocurre un término de comparación: El manual de la buena esposa (donde también estaban Sanzol y Miguel del Arco). El resultado está muy lejos de la redondez de aquel invento.

Heterogéneo es, quizá, el adjetivo que mejor cuadra a esta sucesión de piezas breves. Una heterogeneidad que depende en cada caso de la mayor o menor calidad del texto y del mayor o menor acierto en la dirección. Así que vamos por partes:

Auge y caída de un amor en Usera (Denise Despeyroux). Un breve juguete cómico bien dialogado -Despeyroux es una experta dialoguista- con una puesta en escena discreta y muy bien defendido por Ana Cerdeiriña (inolvidable Letizia en Trágala, trágala). Simpático.
El vampiro chino (Alberto Olmos). Excelente monólogo, lleno de sugerencias pedestre-poéticas, imaginativo, rico de posibilidades. Estupendamente planteado en su arranque en el interior de la tienda china de comestibles que vemos a través del vidrio del escaparate y en la que evolucionan los vecinos del barrio (literalmente, son vecinos que colaboran en el montaje) con coreografías hilarantes. El monólogo se despieza y sus otros dos fragmentos no alcanzan la brillantez escénica de este arranque -en uno la actriz se sube la azotea de la maqueta que ven en la foto y en el otro al poste de la luz que también ven ahí- pero Huichi Chiu, que es mucha actriz, consigue que el relato chisporrotee. Creo que es un error no hacerlo todo seguido.
El 37 (José Padilla). Un sainete en formato miniatura, bien escrito, no excesivamente bien dirigido: el desenlace, que debería provocar carcajadas, pasa desapercibido y, zas, se acabó la cosa.
Copacabana (Alfredo Sanzol). Aquí el resultado está a la altura de todos los implicados, autor, director y los dos magníficos intérpretes: Inma Cuevas y Jesús Barranco. Escrita al nivel del mejor Sanzol, dirigida con delicadeza e interpretada con virtuosismo. Es, con diferencia, la pieza más lograda.
La Narcisa (Flor Cabrera, Pilar Franco, Yolanda Menéndez). El texto no tiene remisión. Troncoso y Cuevas se emplean a fondo, pero no hay por dónde coger la cosa. Me temo que en una duración tan breve se puede plantear lo cómico, un drama -digamos- suave, el minisainete o mil matices más, pero es extremadamente difícil conseguir la aceleración de cero a cien necesaria para sumergir al respetable en un dramón de tal calibre. Error inicial de enfoque no sé si superable y que el desarrollo del relato -que no se aparta de lo lacrimoso- no supera.
El sereno (Alberto Sánchez-Cabezudo). El texto, previsible y trillado, se ha vestido muy bien a base de atmósfera y del bordado del personaje que se marca Barranco, pero no hay manera. Aburrido.
El lado salvaje (Miguel del Arco). La idea era buena -recrear el pollo armado en Usera durante el abortado concierto de Lou Reed- pero el resultado es penosamente tedioso. El reiterativo texto no va a ninguna parte y puede hasta con la Cuevas (cosa que nunca creí poder decir). No sé si, dirigido de otra manera se hubiera salvado algo, pero lo dudo. 

Todo lo que se refiere al valor social de la función (y de la labor de la sala durante estos años), al interés de la participación de los vecinos, a la intención de expandir el teatro más allá del escenario... todo eso loable y estupendo. Pero una cosa es una cosa y otra, otra. Respecto al resultado teatral, el minidrama cómico de Despeyroux, el melodrama de Sanzol y el monólogo de Olmos (sobre todo, la parte ubicada en la tienda) son piezas acertadas. El resto, flojo o muy flojo.

Terminemos con lo más sobresaliente, que en este caso es lo que llamamos a veces "envoltorio" en este blog. Realmente magníficas la escenografía de Alessio Meloni (que acaba de firmar la también estupenda de Tom en la granja) y la iluminación de David Picazo, y muy eficaz la música de Sandra Vicente y Mariano García.
P.J.L. Domínguez
          
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viernes, 24 de junio de 2016

LA TEMPESTAD

Sala: La Puerta Estrecha Autor: William Shakespeare (no encuentro al autor de la versión) Director: César Barló Intérpretes: Sayo Almeida, Míriam Cano, Roberto González, Pablo Huetos, Emilio Lorente, Rafa Núñez, José Gonzalo Pais, Javi Ródenas y Eva Varela Lasheras Duración: 2.00''
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que no está en cartel)

José Gonçalo Pais, vestido por Karmen Abarca. No lo juzguen exagerado, es
Ariel. ¿Quién sabe cómo se visten los genios? 


Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

Vi una de las primerísimas representaciones de esta Tempestad, y me dio la sensación de que algo estaba por terminar, de que en alguna escena faltaba el nervio que recorre el resto. Pero la intensa vibración subterránea que hace palpitar la puesta en escena me convenció de que se iría redondeando en cada función.

    
El rasgo más peculiar de la propuesta es, quizá, el uso de todos los espacios de La Puerta Estrecha, algo que Cortizo hizo ya en la memorable Este sol de la infancia. Pero aunque el aprovechamiento escenográfico de cada rincón (Sánchez y Fou) es, desde luego, una baza importante, el mayor atractivo de la excursión a la isla mágica reside en la dirección de actores y la interpretación. 

No puedo mencionarlos en detalle, pero ver a Eva Varela Lasheras (Próspero) y José Gonçalo Pais (estrepitoso Ariel vestido con brillantez por Karmen Abarca) trabajar juntos justifica sobradamente el viaje. En este Madrid, repleto de talentos escondidos, son dos gemas escondidas en estuches de modestia. Quien se perdiera a la primera en Cenizas a las cenizas o A puerta cerrada y al segundo en De noche justo antes de los bosques tiene ahora posibilidad de resarcirse. 

Y lo que no cabía allí:
Hace unos años, mi Shakespeare favorito era Romeo y Julieta. Luego pasé por Hamlet y -aunque tras lo de Donnellan, creo que he conseguido asimilar la grandeza de Medida por medida- ahora me quedo con La tempestad. Ya sé que estas frases parecen salidas del cuestionario de un concurso de misses, pero ¿qué quieren? Ya que nadie me admira por mi inteligencia que lo hagan al menos por mi físico. 

Mientras escribía esa bobada he recordado que mi predilección por La tempestad empezó, probablemente, en una representación al aire libre vista en Nápoles en 2008. Viaggio, naufragio e nozze di Ferdinando, principe di Napoli, la tituló Carlo Presotto. Se suele abusar del adjetivo "mágico", pero no se ocurre nada más certero para describir aquel anochecer en el centro del mundo (Nápoles es el centro del mundo, por si no lo sabían) en medio de esa historia de (precisamente) magos, genios listos o torpes, doncellas ingenuas y príncipes honestos o traidores.

 Carlo Presotto. Algo hay que parece indicar que estamos ante un tipo
interesante... Ah, sí. Las orejas. Es el encabezamiento de su página.

Precioso cartel de José
Gonçalo Pais.
¿Aprecia uno más una pieza después de un determinado montaje? Sin duda. Pero seguro que la edad tiene también bastante que ver. Fíjense en que Romeo y Julieta y Hamlet podrían ser descritas como un catálogo de los sentimientos de la adolescencia (el deslumbramiento amoroso) y la juventud (la rebelión contra la corrupta realidad). Tanto Medida por medida como La tempestad exigen una mirada más experimentada, unas entendederas que hayan tenido tiempo de asumir la incómoda verdad: que entre esos grandes y trágicamente antitéticos términos de las primeras (tengo su amor o me muero, me someto o me los llevo a todos por delante) cabe una enorme gama de matices, componendas y medias tintas. Tintas con las que nos las tenemos que ver los seres humanos durante toda la vida. En fin, terminemos este párrafo lleno de lugares comunes con uno bien gordo: La tempestad es una maravilla. Viva Perogrullo.

La gente que la ha montado ahora se llama Almaviva Teatro. Tengo la mala costumbre de no mencionar el nombre de las compañías, quizá porque son entes gaseosos en constante metamorfosis, algo que descoloca a espíritus clasificadores como el mío. No obstante, es una información relevante: de manera más o menos fluida -la estabilidad de lo que llamamos compañía es muy distinta de unas a otras- a menudo es evidente una cierta continuidad ético-estética. De Almaviva he visto sólo La noche justo antes de los bosques, en una versión notable que interpretaba José Gonçalo Pais. Se me quedó en eterno borrador.
* * *
Esto del público itinerante tiene siempre sus pros y sus contras. O, mejor dicho, un pro y una contra que son dos caras de la misma moneda. Introduce un elemento más de amenidad que contribuye al pulso esencial de toda función, que es distraer (RAE 2: Divertir / Entretener), pero representa, a la vez, una amenaza de dispersión, un estímulo que puede distraer (RAE 2: Apartar la atención de alguien del objeto a que la aplicaba o a que debía aplicarla) la atención del espectador. Esta itinerancia por los espacios de La Puerta Estrecha compite, impepinablemente, con el recuerdo de la deslumbrante Este sol de la infancia, y aguanta bien la comparación, porque es radicalmente distinta. Aquella era polvorienta y feísta, de un polvo y una fealdad cercanas a La Zaranda. Ésta es luminosa y festiva, como corresponde a este texto que tanto se acerca a las fábulas tradicionales en su exaltación de lo bueno. Se aprovecha algún rincón insospechable, (como el arranque de una escalera, con Ariel empotrado en el hueco tapizado convenientemente. Ver foto:


(Sí, la parte que toca a Ariel del vestuario de Karmen Abarca es espectacular). O el pequeño patio de vecindad que, con algún añadido escenográfico, permite colocar al aire libre la escena del encuentro de la pareja joven. Es una de las que más flojas estaban en mi función (a pesar de una lluvia fina que aportaba verosimilitud), pero seguro que se ha ido centrando. 



Sin embargo, el mejor aprovechamiento escenográfico es el del último de los espacios, una sala rectangular en uno de cuyos extremos se ha dispuesto un plano inclinado (con micrófonos, esta temporada no hay funciones sin micrófonos, la última semana los he visto en Perplejo y Lorenzaccio) y que tiene en el opuesto una trampilla por la que entran varios personajes. Próspero espera oculto en las alturas, desde donde desciende por una escala adosada a la pared. Arriba, abajo, delante, detrás. Todo esto lo han urdido Rosa María Sánchez y Jacobo Fou. 
* * *
Eva Varela Lasheras, gran actriz. Y gran foto de Bruno Rascao. 
Mencionaba en la crítica en papel a Eva Varela y José Gonçálo Pais, que son dos pesos pesados. Pero quiero añadir a Javi Ródenas (Calibán), Sayo Almeida (Sebastián / Trínculo) y Rafa Núñez (Antonio / Estéfano). La tempestad es un interesantísimo trabajo de grupo que, como decía en la Guía, seguramente ha ido creciendo.

Mañana veo otro Shakespeare, los Trabajos de amor perdidos de Rodrigo Arribas. Ya les contaré.
P.J.L. Domínguez
          
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sábado, 18 de junio de 2016

TOM EN LA GRANJA

Sala: Cuarta Pared Autor: Michel Marc Bouchard (versión de Line Connilliere y Gonzalo De Santiago) Director: Enio Mejía Intérpretes: Yolanda Ulloa, Alejandro Casaseca, Gonzalo de Santiago y Alexandra Fierro Duración: 1.45'
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que no está en cartel)

La foto es de @imateoss y refleja bastante bien la óptima escenografía de Alessio Meloni.
La cuestión del tema es siempre un asunto bien complicado. ¿De qué va La caída del Imperio Romano? ¿De la susodicha caída o de los amores entre Sofía Loren y Stephen Boyd? Imaginen que son ustedes los encargados de redactar la frase publicitaria, ese puñado de palabrejas que deben vender el producto: Una mujer atrapada entre el amor y los bárbaros. Creo que no cuela. Quien se encontró de verdad en el brete optó por la épica en vez de la lírica (en el cuadradito rojo). 


A la más mínima complejidad que presente un texto (o que un montaje complejo preste a un texto simple), la pregunta "¿de qué va?" pone en serios aprietos al interpelado. Olvidemos La caída del Imperio Romano (perdonen, la ESO y sus carencias pedagógicas me obligan a buscar materiales históricos alternativos) y echemos un vistazo a algunas entradas recientes del blog. ¿Cuál es el tema de Los temporales? Si nos ponen una pistola en la cabeza, tendremos que admitir a regañadientes que es la fagocitación de las personas por el trabajo. ¿Pero eso no da una idea completamente distorsionada de lo que la función es en realidad? ¿El tema de Animales nocturnos es la discriminación hacia el inmigrante? ¿Es El trompo metálico, como oí a alguien el otro día, una reflexión sobre la educación? ¿Va Los dramáticos orígenes de las galaxias espirales de las relaciones familiares? El problema de todas esas afirmaciones no es que sean falsas, es que son medias verdades y nos dejan peor que cuando no sabíamos nada. Me parece que una foto dice muchísimo más de cualquiera de ellas que las sinopsis que no hay más remedio que incluir en publicaciones y conversaciones.

¿A qué viene todo esto? A que Tom en la granja NO es un texto sobre la homofobia en el medio rural. Buf, me da pereza hasta la frase que he escrito. Cuidado, no es que me parezca un problema menor o aburrido. Es que, como les digo siempre, trasladar un análisis o reivindicación social a la escena sin el suficiente talento dramatúrgico produce pestiños antológicos, panfletos en forma escénica aburridos como anuarios del colegio de odontólogos y de los que -además- es peligroso renegar, porque siempre llega el de los silogismos incorrectos: si no le gusta esta pieza sobre el maltrato animal es que le gusta el maltrato animal. Poco Bárbara-Celarent en la ESO.

Retomemos. Tom en la granja es también un texto sobre la homofobia en el medio rural, pero cualquier cosa menos un panfleto de recorrido unidireccional. Se trata, bien al contrario, de un texto densísimo de significados y connotaciones que -me pareció- otorga un amplísimo margen a la interpretación que de él quieran hacer director y actores. Con una gran capacidad de sugerir desviaciones hacia géneros de todo tipo, desde el melodrama hasta el terror de campos de maíz, pasando por la telemovie de comunidad rural americana. Esto no es la historia de un pobre gay que llega a un lugar anclado en la homofobia troglodita, sino mucho más. El papel de Tom y el del hermano de su difunto novio tienen unas fabulosas posibilidades, son personalidades con muchas capas que desvelar y que pueden enfocarse desde muchos puntos de vista distintos. La historia -con sus derivaciones hacia los lobos, la zanja en la que se pudren las vacas muertas y otras zonas quizá más oscuras- guarda un cierto parentesco (en esto del abismo primigenio de las pulsiones a un paso de la vida "normal") con Equus. Tengo unas enormes ganas de ver la película para compararla con lo que Mejía ha hecho, que no está nada mal.

Estrenó hace poco otra cosa, La ciudad borracha, perfectamente fallida, así que me acerqué a la Cuarta Pared temiendo lo peor. Por si hiciera falta, vuelve a demostrarse otra vez que los directores de escena pueden equivocarse en una y dar en el clavo en la siguiente.  Para Tom en la granja, Mejía ha contado, además del texto, con dos bazas formidables:

    * Una escenografía acertadísima de Alessio Meloni. El director la ha usado bien (uno puede contar con la mejor del mundo y pifiarla perfectamente) y le saca partido, con algún momento brillante, la iluminación de Jesús Almendro. Tienen una foto bastante ilustrativa arriba del todo.

    * Una actriz superlativa que se llama Yolanda Ulloa y que tiene mucha menor presencia en los escenarios de la que merecería. La vi hace unos años en una función fallida, salvando todo lo que tocaba. Espléndida en Montenegro. Aquí tiene más espacio y lo aprovecha a fondo. Hace uno de esos personajes a los que se les debe notar que se guardan más de lo que sueltan y lo clava. 

    Del resto, se salva Alexandra Fierro, en un papel breve. Los intérpretes masculinos están muy por debajo de lo que demandan sus personajes (Casaseca, mucho más centrado en Inmunidad diplomática). Y aun así, como les decía el otro día sobre Equus, la potencia del texto y la claridad de ideas de la dirección salvan un montaje que no sólo se deja ver, sino que atrapa. Espero que se reprograme.

* * *
Para terminar, una de crítico picajoso. No es, como el material promocional dice, la primera versión de la pieza en castellano (a no ser que hablemos del castellano de Castilla). En México se ha montado al menos dos veces, por Boris Schoemann y Alejandro León.
P.J.L. Domínguez
          
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lunes, 13 de junio de 2016

LOS TEMPORALES

Sala: Teatro María Guerrero Autora: Lucía Carballal Director: Víctor Sánchez Rodríguez Intérpretes: David Boceta, Mamen García, Carlos Heredia, Lorena López, y Nacho Sánchez Duración: 1.10'
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que no está en cartel)

De izquierda a derecha: Lorena López, David Boceta, Carlos Heredia, Mamen García y Nacho Sánchez.

Ya se han dado cuenta los habituales de que, como siempre por estas fechas, no son precisamente prisas lo que aplico últimamente a mi dedicación al blog. El estrés del año se me va a acumulando, y mi eficiencia baja a menos de la mitad. He perdido la cuenta de las cosas que llevo vistas y sin reseñar. Y, sin embargo, salía ayer del María Guerrero pensando, "tengo que avisar de inmediato, porque no puede quedar una butaca libre".

No puede quedar una butaca libre de aquí al domingo, que es cuando termina la cosa. Once funciones -del 8 al 19 de junio- no le hacen justicia a este diamante, pequeño pero de exquisita talla. A ver si se reprograma, en el María Guerrero o donde sea, más adelante, aunque entre tanto mejor darse prisa y sacar entradas.

Los Escritos en escena son unos talleres del CDN (ahora se llaman laboratorios, hemos sustituido el símil industrial por el científico: ya no se construye, se investiga) en los que se encierra a un director, un dramaturgo y unos intérpretes y... a ver qué sale. Es una caricatura, pero no crean que está muy alejada de la verdad. Como suelo decirles, los talleres son formatos peligrosísimos en los que todo el mundo opina y que presentan siempre el riesgo de que los ataques de enajenación / inspiración colectiva terminen en alguna galaxia alejadísima de la realidad, en la que todo es coherencia y significado para la comunidad creadora y arcano impenetrable para el resto de los seres humanos. Podría empezar a poner ejemplos de desastres de este tipo, pero voy a evitarlo. No se acostumbren.
* * *
No llego a todo. No llego ni a la cuarta parte, si nos ponemos así. Me resultan nuevos en escena tanto Carballal (la autora: Mejor historia que la nuestra, A España no la va a conocer ni la madre que la parió) como Sánchez Rodríguez (el director: Nosotros no nos mataremos con pistolas, A España no la va a conocer ni la madre que la parió, esta última la escribieron juntos). Semana tras semana hago marcas al lado de los títulos en la cartelera de la Guía del Ocio y semana tras semana veo cómo desaparecen docenas de cosas que no he podido ver. Ahora mismo, me voy a quedar sin Big boy, por ejemplo. This is my life, what can I do?, como decía la gran Eartha Kitt (hoy estaría llorando a los cincuenta de Orlando, háganles un homenaje poniéndose la canción de fondo mientras leen).
Sí, claro que me afectan las cosas que ocurren fuera de los escenarios. Tengo que hacer verdaderos esfuerzos para concentrar el blog en la crítica -llamémosla así- estética de teatro, sin meterme en pantanos, por ejemplo, de política cultural (que lo mío me cuesta, con la cantidad de memo suelto haciendo de las suyas) o de actualidad. Pero cincuenta muertos afectan a cualquiera, ¿no? Bueno, ya han salido aquí, volvamos a Carballal y Sánchez Rodríguez.

Sería difícil repartir méritos en un laboratorio de este tipo, donde estoy seguro de que las aportaciones han llovido de todas partes, pero el resultado es, para empezar, de una admirable coherencia. Y ojito: de una coherencia lograda con elementos heterogéneos, no vayan a pensar que es una función de dos más dos o piñón fijo. Tiene unos excelentes diálogos que saltan del drama a la comedia, pasando por la comedia de costumbres salpicada de sainete, y hay que ver cómo encaja un final que podría quedarse en simple boutade y que, sin embargo, remata perfectamente. Si yo les digo que la cosa termina [ATENCIÓN: SPOILER] con un correo electrónico proyectado en la pared y Mamen García cantando Chandelier de Sia (con Carlos Heredia y Nacho Sánchez haciendo de boys desprovistos -adrede- de toda gracia) ustedes pensarán que suena catastrófico. Efectivamente, cualquiera lo pensaría, pero no vean qué final espléndido, qué subidón emotivo después de todas las burradas -aliñadas con fino humor- que uno ha oído durante setenta minutos. 

¿He mencionado a Mamen García, verdad? No sé a qué esperan para ponerle una plaza. Qué dominio, qué control, qué uso milimetrado del gesto y la voz. ¿Se la perdieron en Éramos tres hermanas? ¿Se la perdieron en Yernos que aman? Aprendan de sus errores y no se la pierdan esta vez. Esta mujer no sólo tiene ese talento de ponerlo todo en su sitio, sino también la capacidad -¿congénita? ¿aprendida?- de producir una empatía instantánea. Fíjense en cómo escucha a los demás, exactamente como si oyera por primera vez lo que están diciendo. Hay un momento antológico en la función, en el que está sentada a la derecha del espectador junto a Nacho Sánchez. No hacen más que escuchar, pero dan un recital de interpretación, con los pequeños movimientos de cabeza y microcambios de expresión facial. Alguien debería ponerlos a trabajar juntos en algo gordo. Sánchez me dejó atónito en La piedra oscura (no sólo se me reveló a mí, se llevó el premio de la Unión de Actores al actor revelación) y confirmo ahora aquella sensación. Creo que tiene veinticinco años y tiempo para hacer lo que le dé la gana a nada que la suerte lo acompañe.

A Boceta lo vimos crecer desde muy joven con la Compañía Nacional de Teatro Clásico y -hecho, derecho y cuajado- en El público de Rigola, uno de los mejores espectáculos de la temporada pasada. Aquí borda a este tipo insufrible y despreciable, cuidándose mucho de dibujar el villano villanísimo que todo lo haría inverosímil, y deja tanto peligro bien escondido bajo la pulcra apariencia del carismático estafador intelectual. Conozco unos cuantos. Lorena López estaba estupenda como Nerissa en El mercader de Venecia de Vasco y aquí camina muy segura por la cuerda floja de los cambios de humor extremos de un personaje comido por la ansiedad. Vis cómica y capacidad de conmover.  Carlos Heredia también perfectamente en su sitio en el papel que podría parecer, a priori, más ingrato: es el que defiende el viejo orden sindical-laboral. Sí, ése que ya hemos empezado a echar de menos. Los cinco brillan. Es lo que suele llamarse, en expresión manida, un elenco en estado de gracia. Algo tendrá que ver Víctor Sánchez.
* * *
Aún no les he dicho de qué va. Son los trabajadores de una ETT, sometidos a una sesión de coaching (se me revuelven las tripas con estos términos de importación mema). Ahí tienen, en hora y diez y en un tono de exquisita ligereza, la catástrofe de la pérdida de derechos laborales de los últimos años. No hace falta ningún panfleto, no hace falta que nadie nos largue un ensayo (cosa, ay, excesivamente frecuente en los escenarios). Basta poner a hablar a estos entrañables personajes para que todo quede meridianamente claro. Los temporales es una pieza tristísima en el fondo, pero está tan bien escrita y montada que uno casi ni se da cuenta mientras lo pasa en grande en su butaca. ¡Gracias Almería!
P.J.L. Domínguez
          
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