domingo, 26 de marzo de 2017

USHUAIA

Sala: Teatro Español Autor: Alberto Conejero Director: Julián Fuentes Reta Intérpretes: José Coronado, Ángela Villar, Daniel Jumillas y Olivia Delcán  Duración: 1.30'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no esté en cartel)





Y alguna cosilla que no cabia allí:

En la crítica en papel quedaba un poco críptico lo de la "revelación central". Son pocas líneas, y no dan para avisar al lector de que está uno a punto de contarle la madre del cordero del relato. Aquí sí puedo, quedan formalmente avisados de que el siguiente párrafo DESTRIPA la trama a conciencia. Así que ya lo saben, quien no quiera

SPOILER

que se salte el párrafo que viene ahora.

Y alguno se dirá, "¿y por qué esto de destriparnos la historia?". Pues porque no puedo escribir "la revelación central no está a la altura del resto" y después no decir ni Pamplona sobre el motivo de esa afirmación. Verán, durante toda la función uno es llevado a creer que el protagonista es un nazi que se ha ido a esconder al fin del mundo. La antagonista viaja hasta allí y se ofrece como empleada de hogar para desenmascararlo. Pero, en el último momento, nos enteramos de que no es el malvado nazi que enviaba los trenes de la muerte de Grecia hasta las cámaras de gas, sino su amigo del alma. El malo estaba enamorado de una griega judía, cantante, prostituta y resistente (el personaje más atractivo) y resulta -y aquí viene lo menos verosímil- que su amigo terminó también enamorándose de ella a base de oír cantar sus alabanzas. Cuando se encontró al carnicero encañonando a la chica y a punto de matarla, eligió matarlo a él y facilitar la huida de ella. Lleva una vida añorándola a ella y purgando el dolor de haberlo matado a él.

Repito, poco verosímil. Usted se enamora de alguien porque su superamigo le cuenta constantemente sus maravillas. Y cuando tiene que optar, mata a su amigo y no a la fantasmal amada con quien nunca ha cruzado media palabra. Existían opciones. Hasta una confusión (oscuridad, peligro extremo, nervios) colaría mejor. Pero había otra al alcance de la mano, que me rozó las neuronas cuando Coronado miraba con amor al fantasma de su amigo muerto y me provocó un timbrazo mental pensando en la Gata de la Ochandiano y el trío de Brick, Maggie y Skipper. Coronado podía estar enamorado del malvado nazi y matarlo, en medio de un caos mental de piedad por la muchacha inocente y despecho acumulado contra el amado, a lo que se sumaría la constatación, en ese mismo instante, de que el tipo era el sospechado asesino repulsivo y no el amigo idealizado. Esta opción aún añade más culpa que arrastrar durante el resto de una vida, más motivos para purgar el alma en el confín austral: peor matar al hombre que amas que al amigo al que quieres.

En fin. Dirán, con razón, que esto lo ha escrito Conejero, y que si tan buenas ideas tengo por qué no me pongo yo a escribir. Es muy simple, yo digo todo esto sólo para ilustrar que había alternativas. Él tiene el talento de desplegar una historia con interés dramático (que lo hay, y mucho, en Ushuaia), y yo no. Ya lo saben, el crítico ve los toros desde la barrera.
* * *
Sí, como decía en la Guía, muy buena Olivia Delcán. Proclamé en la crítica de Hard Candy que no había que perderla de vista y, después, en un alarde de coherencia, la perdí de vista. Hizo Amor de Don Perlimplín con Melisa en su jardín y El sueño de una noche de verano, ambas con Darío Facal. No tengo duda de que estaría estupenda. Muy bien tambien Daniel Jumillas (en la foto), al que no conocía. Un tipo con aplomo. Otro motivo para lamentar haberme perdido Yogur / Piano. Jesús, cuánta lamentación en un solo párrafo, ni Jeremías. Coronado, mortecino, ya estaba en la crítica en papel. Villar, monocorde.


* * *
¿Se han fijado en que la frecuencia con la que los nazis transitan por nuestros escenarios haría pensar que somos un país que nunca ha tenido fascismo propio? Se nos da de perlas purgar el pasado ajeno, es el nuestro el que se nos atraganta. Por supuesto, esto no va por Conejero, que viene de analizar las consecuencias del fascismo patrio en La piedra oscura, ni por ningún otro autor concreto, que pueden escribir sobre lo que les venga en gana, estaría bueno. Es el fenómeno sociológico / cultural (huy, se me ha pegado este estilo horroroso de Aramburu en Patria) el que sorprende en su conjunto.
P.J.L. Domínguez
          

sábado, 25 de marzo de 2017

UNA GATA SOBRE UN TEJADO DE ZINC CALIENTE

Sala: Teatro Reina Victoria Autor: Tennessee Williams (no consta el autor de la versión) Directora: Amelia Ochandiano Intérpretes: Eloy Azorín, Juan Diego, Begoña Maestre, José Luis Patiño, Ana Marzoa y Marta Molina Carolina Duración: 1.50'
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Diego, Marzoa, Molina, Patiño, Azorín y Maestre.
Para el resumen bastan dos palabras: menudo desastre. Voy a intentar reflejar la gradación del horror.

MALO MALISÍSIMO DE TODA SOLEMNIDAD: Los efectos de sonido, Madre del Amor Hermoso. Los niños gritando parecen una manada de chihuahuas. Hay un primer relámpago con efecto "Dios mío, ha estallado una bomba en el hombro derecho". Los silbidos de los fuegos artificiales en bucle, horrorosos. Sucesión de relámpagos acompañados de efecto de luz que preludian la salida de Drácula (en momentos así, me acordaré de Langa mientras viva). Largo (larguísimo) aullido Hammer, como si Drácula fuera a ser sustituido por el hombre lobo. Tremendo, de verdad. ¿No hay librerías gratuitas con efectos de todo tipo?

MALO MALISÍSIMO:  ¿Qué le ha pasado a Felipe Ramos? Si les digo que iluminó Incendios o El señor Ye ama los dragones no me hacen falta adjetivos. Por un momento, me ha pasado por la cabeza si será un homónimo. No, a ver si vamos a tener dos Felipe Ramos iluminadores. Pues debe de ser que un mal día lo tiene cualquiera, porque esto está horroroso. Más de media función con una luz blanca y uniforme que casi parece de ensayo. Así se tiene que cascar la pobre Maggie el primer acto. Me recordó a la misma orfandad bajo la luz cegadora de Aitana Sánchez-Gijón en otro fiasco: La rosa tatuadaMala suerte últimamente la de Tennessee en Madrid. La escenografía (de Sánchez Cuerda, que también ha hecho cosas estupendas como Lúcido o El lenguaje de tus ojos) también guarda un cierto parentesco con aquélla: el mismo desparrame arbitrario de muebles, como en el almacén trasero de una tienda del Rastro. Sin orden ni concierto.

MALO MALÍSIMO: La interpretación. No creo que Begoña Maestre sea una mala actriz, me pareció más bien una actriz huérfana de toda indicación. Como si le hubieran dicho "estás enfadada porque tu marido pasa de ti", y punto. Durante todo ese primer acto, Maggie debe oscilar entre la frivolidad fingida, el miedo a cruzar la línea definitiva de la ruptura, la osadía, el enfado... Es una maravilla de papel completa y perfectamente desaprovechado. 

La escena cumbre de la función -la larga conversación entre Brick y su padre- se va arrastrando amorfa de frase en frase de manera que parece que, en cualquier momento, Juan Diego va a decir "paramos un momento para un bocadillo". No dan una. Patiño (que tampoco es mal actor) parece llegar siempre de otra función. Una de clowns, para ser exactos (el vestuario le ayuda bastante en esto, vean en la foto de más abajo cómo no es preciso disfrazar de tonto al hermano tonto; que de tonto, nada, tampoco está en una situación fácil).

MALO: La versión, que no sé de quién es. Llena de calcos del inglés, que pueden ser gramaticalmente correctos en castellano, pero cuyo signifcado resbala y que, sobre todo, no se usan con frecuencia. Como las frases que comienzan con “a man”. “Un hombre no puede comprar vida” (la cita no es exacta) da en castellano “uno no puede comprar vida” o “nadie puede comprar vida”. “A man” puede tener en inglés la connotación de género (“un hombre no debe maltratar a una mujer”) pero otras muchas veces, como en el ejemplo de la compra, es una simple forma impersonal. “Comida campestre” es en castellano –como en el cuadro de Manet- una comida que se hace en el campo. He mirado el diccionario, por si era una apreciación subjetiva, y así lo dice exactamente: “Dicho de una fiesta, de una reunión, de una comida, etc.: Que se celebra en el campo”. Y la comida casera que la abuela ha cocinado -"country dinner"- se la han zampado en casa. Ya que hablamos de la abuela: en el original todo el mundo se refiere a la pareja mayor como Big Daddy y Big Mammy. Traducirlo al castellano como abuelo y abuela produce una extrañísima impresión cuando son sus hijos quienes los llaman así. Es una práctica frecuente si los nietos están delante (“abuelo, dale su regalo al niño”), pero en mi vida he oído a nadie llamar así a sus padres en otra situación. Rarísimo.

Todo esto son errores de traducción, pero aún hay cosas peores. Por ejemplo, de la famosa conversación con el padre se ha eliminado la referencia a la pareja gay que -hace mil años- lo acogió y le dio trabajo en su plantación. Una cosa muy tierna en la que cuenta que cuando murió el primero, el otro se dejó morir. La mención tiene un valor dramatúrgico de primer orden, primero porque es un paso importante en un momento en el que el padre está tratando por todos los medios que su hijo le confiese lo que él cree que ocurre en el fondo: que es homosexual. Pero, sobre todo, porque es el modo que tiene de decirle que la homosexualidad puede ser una cosa noble, que a él le va a importar un rábano que le confiese (si es que tiene que hacerlo) que tuvo un romance con Skipper. No sé a los demás, pero a mí me resulta difícil entender el giro de la historia hacia un final más bien esperanzador sin que la catarsis que produce en Brick la confesión de su dramática falta de comprensión hacia su amigo justo antes de su muerte se complete con este descubrimiento de que su padre lo hubiera aceptado incluso (y es un incluso muy gordo en ese momento histórico y en ese lugar) si hubiera sido gay. Puestos a cortar, hay docenas de réplicas de muchísima menor trascendencia.


Jack Carson y Madeleine Sherwood en la película de Brooks.
Marta Molina, en el mismo papel
DECENTE: Marta Molina, la cuñadita. De su papel, y del de su marido, dice Villán en la crítica que salió el jueves "son esos personajes diseñados para hundir a una actriz y un actor". En general, uno diría que Villán y yo hemos visto funciones distintas, porque a él le ha parecido estupendo incluso ese remedo de Juan Diego que se mueve por el escenario diciendo cosas inconexas. (Casi) todo es opinable, pero esto de los papeles lo llevo rumiando dos días y no consigo entender lo que ha querido decir (algo habrá que no pillo, porque Villán no tiene un pelo de tonto). Y es que a mí me parece que ambos tienen grandes posibilidades de lucimiento y que concretamente el de ella es simplemente maravilloso. Una mezcla del peor sentido común (por eso tiene algo de razón en sus mezquindades), resentimiento, pequeñez... de profunda verosimilitud y que hay sacar adelante sin que sea una caricatura, de forma que el espectador entienda también su corazoncito. Basta recordar a Madeleine Sherwood en la peli. Es un poco el reverso de Birdie, contrapunto bondadoso de la pérfida protagonista en La loba. Aquí la gata nos cae bien (cuánta zoología) y la cuñada (concuñada, para ser precisos) canta la contraparte. Marta Molina la hace bastante, pero bastante bien, cosa que tiene su mérito en este desbarajuste. 

BUENO: Sólo hay una cosa bien en esta función: Ana Marzoa. Exactamente igual que la Conesa sale sin un rasguño de Festen, exactamente igual que la Conesa pone de pronto Festen en pie cuando abre la boca, cada vez que Marzoa habla se produce el mágico efecto de que todo el mundo le da al on de sus mecanismos receptores. Vaya oficio, qué cantidad de tablas hay que tener para lograr esto. 

En mi función pasó una cosa horrorosa: al público le dio la risa en dos momentos profundamente dramáticos. La cosa no precisa de más comentarios.
P.J.L. Domínguez
          

jueves, 9 de marzo de 2017

FESTEN

Sala: Teatro Valle-Inclán Autores: Thomas Vinterberg y Mogens Rukov (adaptación teatral de Bo Hr. Hansen, versión de Magüi Mira) Directora: Magüi Mira Intérpretes: RCarolina África, Roberto Álvarez, Carmen Conesa, Manu Cuevas, Karina Garantivá, Gabriel Garbisu, David Lorente, Jesús Noguero, Clara Sanchis e Isabelle Stoffel Duración: 1.35'
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Estaba yo pensando mientras aplaudía que la crítica podría titularse OÍR PANDURES Y NO SABER DÓNDE, cuando JM me dijo al oído "podríamos escribir algo así como las diez reglas para parecerse a Pandur". Jesús, Jesús, cuánto daño indirecto e imprevisible ha hecho ese hombre. A poco que me hayan leído sabrán de la enorme admiración que le tenía. Pues bien: cuando uno ve algo como Festen, que cumple muchas de esas diez reglas, se da cuenta de lo dificilísimo que es hacer un teatro de este tipo y que no se caiga el fragilísimo castillo de naipes del interés dramatúrgico. Digámoslo ya: Festen es un desastre.

En primer lugar, y sobre todo, por el motivo más habitual de los desastres teatrales. Tan habitual, que me parece siempre mentira que alguien con la menor experiencia pueda caer en una trampa tan archinoconocida. Aurorita hija, que todavía no ha pasado nada. O, en este caso: Michel, hijo, que lo único que ha pasado es que has olvidado en casa los zapatos de gala y si gritas desde ahora con ese registro de brote sicótico nos va a dar exactamente igual lo que grites cuando te enteres de que


ATENCIÓN, SPOILER 

tu padre se follaba a tus hermanos. He dicho Michel, que es Manu Cuevas, pero podría haber dicho perfectamente Clara Sanchis, que entra en escena como si se hubiera caído de pequeña en el caldero donde se condensaba la coca base. 

Ése es el problema básico de un montaje que a los veinte minutos ya tiene a todo el mundo saturado de gritos y de gente subiéndose a las sillas. Qué manía con las sillas. Dado que es extremadamente infrecuente que alguien haga eso, y menos con los zapatos puestos, debería ser considerado un recurso extraordinario, antirrealista y, como tal, usado con prudencia para que conserve su efecto. A la tercera vez que ocurre, aquello parece una fiesta de niños de diez años sin vigilancia adulta. En fin, que ante una trama que pide a gritos una sutil gradación de la intensidad, que exige que la familia burguesa más o menos tronada pero estándar del comienzo se vaya descacharrando sutilmente a medida que se desvela el horror, la puesta en escena ha preferido iniciar el griterío y el desparrame desde el primer momento. Imposible. Ante este patinazo, las demás tonterías (la música insufrible interpretada por los propios actores, el peinado del mayordomo, el despelote general que me sigo preguntando a qué viene, el atavío tirando a Monster del pater familias, el paseíllo de la foto de más arriba...) se quedan en anécdota.

Se salvan de la quema, y no me pregunten cómo lo consiguen, Carmen Conesa y Carolina África. La primera ofrece ella solita el mejor momento de la función: el monólogo de la sobremesa. Yo diría que es la única que consigue componer un personaje coherente y verosímil todo el tiempo. La segunda coloca en su lugar hasta el acento alemán, a pesar de los alaridos a los que se enfrenta. A dos de los finalistas del concurso de sobreactuación ya los he mencionado más arriba, pero falta el ganador absoluto: la composición de italiano con rastas que se marca David Lorente es cargante a más no poder. Garbisu, un actor que me encanta, hace esfuerzos encomiables por darle alguna dignidad a la cosa, pero no hay manera de llegar a ninguna parte. El mayordomo y la criada (el primero en unos registros tan imposibles que no encuentro comparaciones aplicables, con ese peinado... ¿danés? y unas miradas fijas a lo Lugosi que que me han dejado el falso recuerdo de unos ojos intensamente maquillados) vienen de otra función, de una función extraña, vagamente simbolista o cosa parecida. Qué horror. Ni siquiera Roberto Álvarez, un estupendo actor, alcanza nada parecido a un personaje verosímil, no le han dejado.

Me quería explayar un poco sobre los errores dramatúrgicos del pastel revelado demasiado pronto o de la carta leida dos veces, pero voy a intentar ir publicando las cosas un poco antes aunque me suponga sacrificar el detalle. Seguro que me lo agradecen (y me refiero a la brevedad).
P.J.L. Domínguez
          

domingo, 5 de marzo de 2017

SALA DE JUEGOS

Sala: Nave 73 Autor: Javier Moreno Director: Pablo Esguevillas Intérpretes: Rocío Megías, Enrique Asenjo, Roberto Drago y Geraldine Leloutre Duración: 1.00
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Ni una foto de la puesta en escena. Rocío Mejías, Enrique Asenjo, Roberto Drago y Geraldine Leloutre.
Nave 73 está haciendo una de las programaciones más interesantes de las salas pequeñas en Madrid. ¿Que cómo lo sé? La verdad es que no me las pateo todas, más que de vez en cuando. Pero estudio la cartelera con lupa todas las semanas, y termina uno por desarrollar un sistema de escaneo de la información resumida (título, autor, director, intérpretes, sinopsis) que dispara una alarma cada vez que algo destaca en el paisaje. Vale, no es infalible, no es objetivo, no es cuantificable, pero creo que funciona con los grandes números. Así como puedo decirles que la programación más atractiva de los grandes teatros de todo el país es quizá la del Lliure, diría que Nave 73 empieza a destacar en el espacio off de Madrid.

¿Quiere esto decir que los montajes son todos buenos? ¿O buenos en su mayoría? No exactamente. Veo a menudo que la labor del director / programador de un teatro se juzga por la calidad final de los títulos que ha programado. Me parece que es un error. Quienes deben ser juzgados según esa variable son los directores de escena de cada pieza. El programador termina su tarea cuando planta su propuesta en un folleto o en una página web: ahí podemos juzgar su imaginación, su capacidad de tomar el pulso a la actualidad escénica y sociocultural. Si el que recibe el encargo de desarrollar una parte de esa propuesta, la pifia, el interés que el encargo tenía a priori sigue intactoLa calidad del resultado tiene también un cierto peso relativo, pero es muy variable según el ámbito de programación. No se puede pedir el mismo porcentaje de aciertos (llamemos acierto a programar un espectáculo de planteamiento interesante y que no resulte una birria una vez puesto en escena) a un gran teatro institucional que a una pequeña sala alternativa. Cuanto más experimental es el arte, más interés tienen los procesos y menos los resultados. Pero vamos al grano de Sala de juegos, que es para lo que ustedes me leen.

Estaba retrasando publicar la entrada para que fuera una cosa un poco presentable, pero tal y como voy me temo que me arriesgo a no hacerlo hasta que la función desaparezca de la cartelera, y quería advertirles antes de que merece la pena verla. El texto tiene algo que me gusta siempre: está en equilibrio entre lo comercial y lo otro (digo lo otro, porque como les repito siempre no tenemos vocabulario decente: ¿alternativo?, ¿intelectual?, ¿teatro de creación?...). Un poco a la manera de Invencible o de El filósofo declara. Diríjanla por acá, y tendrán una pieza para representar en el Bellas Artes con público de parejas de mediana edad de las que van al teatro el sábado. Pónganla un poco más para allá, y les queda perfecta para la sala pequeña del Valle-Inclán. Sigan un poco más lejos en esa dirección, y se la compran hasta en la Beckett de Barcelona. 

Lo que ha hecho Esguevillas tiene su gracia, porque no se va ni para un lado ni para el otro, mantiene un complicado equilibrio entre ambos mundos. Estupendo para paladares refinados, pero más difícil de vender/programar/comunicar. El mercado prefiere productos con etiquetado claro. Sólo le veo una pega seria a esta puesta en escena: un final estrepitosamente abrupto. No haría falta casi nada para arreglarlo, ni siquiera prolongar el texto (aunque más texto no le vendría mal a una función que podría durar perfectamente veinte o treinta minutos más, y miren que digo esto pocas veces). Bastaría algún arreglillo escénico: pausas, iluminación, movimiento...
* * *
Muy bien los cuatro intérpretes. Enrique Asenjo -al que creo que no había visto nunca- me pareció un tipo de ésos que llenan todo un escenario con solo hacer un par de gestos. Una capacidad notable para pasar de la facundia jocosa al desamparo con el menor gasto de recursos. Y Rocío Megías... Pues verán. Entró en escena, y tuve un sobresalto: ¡la Ponte! El mismo brío, la misma pisada de "aquí estoy yo y este lugar al que llaman ustedes escenario es mi puñetera casa". Y, encima, guapa. ¿Dónde estaba? Si es usted director de escena, le aconsejo que vaya a verla.
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No he dicho ni media sobre el asunto. Son dos parejas que han quedado para intercambiarse. Así, con premeditación. Pero no se esperen una piruetilla narrativa de nada con morbos por aquí y lugares comunes por allá. Resulta que todo está bien fundamentado, cada uno tiene sus motivos para meterse en ese ajo y su manera -ya se enterarán si más o menos airosa- de salir de él. 

Una de esas casualidades que la cartelera nos regala a veces: está muy bien verse esto y Demonios en el Galileo. Dos formas de explicar que la vida desgasta y que cada uno tira para donde puede.
P.J.L. Domínguez
          

domingo, 26 de febrero de 2017

DEMONIOS

Sala: Teatro Galileo Autor: Lars Norén (versión de Francisco J. Uriz) Director: Julián Fuentes Reta Intérpretes: Alberto Berzal, Paola Matienzo, Ruth Díaz y David Boceta Duración: 1.25'
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De pie, Díaz y Berzal. En el suelo, Boceta y Matienzo.
Enlace a mi crítica en la Guía del Ocio

Y algunas cosillas que no cabían allí:

1.- Siempre he visto bien a Boceta, desde que era un muchacho en la Compañía Nacional de Teatro Clásico (o era en la Joven?). Estaba estupendo en El público, que no sé si será lo último que ha hecho. Aquí exhibe un notable aplomo para pasar de un tipo normalito a otro que empieza a revelar todas las burradas que lleva dentro. [Mientras lo oía, y también ahora que me pongo a recordar, me preguntaba si habrá alguien que no las lleve. Me lo pregunto sinceramente, no de forma retórica] Me parece que es un actor esperando que le caiga un gran protagonista para dejarnos con la boca abierta.

Decía en la crítica en papel que Alberto Berzal alcanzaba la altura exigida en los momentos críticos, queriendo decir que es precisamente en los pasajes más complicados -cuando la cosa se va por el lado salvaje y hay un cambio de parejas- donde se crece. Le ocurría algo parecido en True west, creo recordar. Quizá se crezca en los extremos.

A ellas las vi más flojas. Matienzo monocorde, instalada en el desdén distante casi sin moverse de sitio de principio a fin (y mira que pasan cosas), y Díaz un poco corta de expresión, más entregada hacia el final, con el estímulo de Berzal a unos centímetros.

2.- Fuentes Reta es un tipo al que no hay que perder de vista. Viene, nada menos, que de Hard Candy, Cuando deje de llover y Los iluminados (que yo haya visto). Menuda colección de textos. En ese ojo que tiene se parece a David Serrano. Cada vez que veo una cosa horrible puesta en escena me pregunto si será tan difícil apreciar el la lectura las posibilidades escénicas de un texto, y termino respondiéndome invariablemente que sí. Si no, no habría tantísima gente (mucha de ella considerablemente  lista) montando estupideces. Además de esa vista para la selección de lo que monta, es un buen director de actores y me parece que tiene -dando por supuesta en alguien de su talla la capacidad de controlar los tiempos, talento central de un director-, un considerable dominio del espacio escénico. No tienen más que recordar los tres montajes mencionados más arriba para darse cuenta del peso que los aspectos escenográficos suelen tener en su trabajo.

También en este caso se dan las dos características: un texto formidable (en impecable versión de Úriz) y una escenografía (Sanz Ballesteros y Coso Marín) que no vocifera para ser notada, pero que se presta a ser usada con buen resultado. Está especialmente bien resuelto -dirección de actores, movimiento, uso del espacio- el complicado momento en el que se solapan las conversaciones de las dos parejas.

3.- Hay peli: Demoner, del 86. El que la encuentre, que levante la mano.

4.- Está muy bien verse ésta y Sala de juegos. Dos formas complementarias de estudiar lo de la situación de dos parejas.

Ah, bueno, lo más importante: yo iría a verla.
P.J.L. Domínguez
          

jueves, 23 de febrero de 2017

LAS BODAS DE FÍGARO

Sala: Teatro de la Comedia Autor: Caron de Beaumarchais (versión de Pau Miró) Director: Fabià Puigserver (montaje original) y Lluís Homar (reposición) Intérpretes: Manel Barceló, Marcel Borrás, Oreig Canela, Joan Carreras, Oriol Genís, Mónica López, Eduard Muntada, Victoria Pagès, Albert Pérez, Diana Torné, Aina Sánches, Óscar Valsecchi y Pau Vinayals Duración: 2.50' (entreacto de 10 minutos)
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no esté en cartel)

P.J.L. Domínguez
          

MOTEL OH!

Sala: Nave 73 Autor y director: Félix Estaire Intérpretes: Joseba Priego, Marta Morujo, Álvaro Moreno y Maribel Per Duración: 1.30'
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Resulta que este motel no es un hotelito, sino un Otelito. Una versión de Otelo, vamos. Una versión que ni va ni viene y que justito si por el camino entretiene. [Lo que sigue es un spoiler, advertidos quedan] Poquito queda del original: el moro no la mata, ya me dirán ustedes lo que puede sobrevivir de la esencia de la obra. Resulta que la mujer de Yago (que aquí no se llama Emilia, sino Lía) se arrepiente y destapa el pastel. Por cierto, un arrepentimiento sin la menor gradación/explicación, ni en el texto ni en la interpretación (se parece en esto a El test, que vi hace meses y de la que no les he hablado de la pereza que me daba). Hay un intento de combinar la retórica shakespeariana con un lirismo de cosecha propia donde a veces hay un aroma casi lorquiano y asoma la patita hasta Valle (hay una cara de plata, creo recordar), y algunos tímidos destellos de canallismo motero. Una extraña insistencia en la arena en los bolsillos. En fin, una cosa a la que yo no le encontré ni pies ni cabeza, mucha heteregoneidad que no acaba de cuajar.

Muy justita de dirección e interpretación. Unas canciones en directo que parecen estar ahí para ambientar el moterismo y el motelismo, pero que poco pintan. Me dicen que Estaire ha dirigido muy bien el remontaje de Miguel de Molina al desnudo, pero este Shakespeare pasado por la trituradora y aderezado a las varias hierbas es perfectamente prescindible.
P.J.L. Domínguez
          

martes, 21 de febrero de 2017

EL CARTÓGRAFO

Sala: Matadero (Naves del Español) Autor y director: Juan Mayorga Intérpretes: Blanca Portillo y José Luis García-Pérez Duración: 2.05'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no esté en cartel)


Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

PARADOJAS

El teatro es el territorio de las paradojas entre la verdad y la ficción, campo de batalla de lo real, lo posible y lo verosímil. Diderot habló del actor que es capaz de desatar con más intensidad las emociones del espectador cuanto más domina las propias y lo llamó así: paradoja. Juan Mayorga, José Luis García-Pérez y Blanca Portillo protagonizan otra: precisamente cuando –ante la inmensidad del horror que un personaje de doce años debe describir- interrumpen la representación, llega el momento más intensamente teatral y hermoso de toda la función. Merecería la pena verla sólo por eso.

    Como en Reikiavik, el pasado se revisita obsesivamente. Como en Reikiavik, dos intérpretes van saltando de uno a otro personaje. Sin alcanzar esa cumbre, El cartógrafo es un interesante ejercicio que suma una trama hábilmente estructurada –tanto en el troceado de la peripecia como en el reparto de papeles- y una puesta en escena reducida a lo esencial. No hubiera sido posible contar tanto con tan poco sin la iluminación de Gómez Cornejo. Que Portillo hace lo que quiere dando esa maravillosa –y errónea- sensación de que lo hace sin el menor esfuerzo, ya lo sabe todo el mundo. Me pareció que García-Pérez está quizá demasiado intenso durante demasiado tiempo, pero esto va en gustos.

Y lo que no cabía allí:

Ya saben que hay dos formas de calificar, algo que enfrentará a profesores, alumnos y padres hasta el fin de los tiempos. Los alumnos pueden recibir sus notas en estricta referencia a un ideal objetivo o de acuerdo con las capacidades de cada uno y al punto en que se halla en el proceso de mejora de su rendimiento. "¿Por qué no me has puesto un sobresaliente si estaba todo bien?" "Porque puedes hacerlo mejor". "¿Por qué lo apruebas con un cuatro y medio?" "Porque hace tres meses sacaba ceros y hay que estimularlo". El cartógrafo tiene la mala suerte de llegar después de Reikiavik, y es imposible sustraerse a la comparación. No es Reikiavik. Como dije en la crítica en papel, me ha parecido una función interesante. Cuando dos horas sentado en un teatro se pasan con facilidad, hay muchas cosas que tienen que estar bien. Pero creo que lo bueno ha sido ya resaltado por todo el mundo y voy a dedicar estas líneas a explicar por qué me parece que no llega a la altura de Reikiavik.

1.- El reto de Reikiavik era mucho mayor, porque el pasado que resucitaba es de una banalidad casi despreciable frente al horror que El cartógrafo rememora. La habilidad necesaria para conmover con la tragedia de Varsovia es evidentemente menor que la que se precisa para que el enfrentamiento entre dos ajedrecistas del pasado nos diga algo, por muy dramáticas que las partidas fueran en su género. Esto marca un abismo entre ambas piezas.

2.- A Reikiavik no se le ve ni una sola de las costuras. Me explico. A veces, el espectador se da cuenta de manera consciente de cuál es la función narrativa de lo que el dramaturgo le está colando en ese momento. Por ejemplo: un personaje le cuenta a otro los antecedentes de la situación, pero el espectador se percata de que es el destinatario real de toda esa información. Este ejemplo concreto se da hasta en las mejores familias, incluidos Lope o Shakespeare. Puede hacerse bien o mal, la atención puede verse desviada con mayor o menor intensidad de lo narrado a la forma de narrar, pero –en la mayoría de los casos- este desdoblamiento del perceptor en alguien que disfruta de lo que ocurre y en otro alguien que analiza el procedimiento narrativo no es deseable. El riesgo es cargarse la verosimilitud, porque se ve la tramoya, como cuando Langa hacía de Drácula y se escondía tras el sofá para desaparecer, pero se le veía un poquito (en mi vida me he reído más a gusto). A esto me refiero con lo de que se vean las costuras. He dicho más arriba “en la mayoría de los casos”, primero porque la edad me va enseñando que es más prudente no enunciar leyes generales. Pero, además, porque a veces –con formas no convencionales- se dan grandes festivales de la forma y el fondo cantando a dúo, objetos narrativos que producen placer estético por ambos lados en un grandioso efecto estereofónico. Me vienen a la cabeza Pandur, La cocina o Danzad malditos, tres ejemplos en los que ese goce duplicado -el primario que la narración produce más el secundario de apreciar simultáneamente los artificios formales que pedalean para que la bici no se caiga- no se debe al texto, sino a otros elementos. Hay también, aunque sean menos frecuentes, ejemplos en los que la complejidad del texto ya es capaz  por sí sola de producir tal efecto. Me vienen a la memoria los grandes textos surrealistas de Lorca o las estructuras formales que Ionesco, Beckett y Pinter construyen con livianos ecos y resonancias. Pero volvamos al grano, que me voy por los atajos. 

A El cartógrafo se le ve una costura. La protagonista se entrega al estudio de una anécdota del pasado con tal ahínco que había que justificar su desapego respecto al presente y, en particular, respecto a su marido. Modestamente, yo creo que se ha exagerado el tiro.


ATENCIÓN, SPOILER

El recurso es el más devastador de los planteables: la muerte de una hija. Es de tal envergadura que, al menos por un momento, hace sombra a la línea principal y parece demandar un desarrollo para el que no hay sitio. Me viene bien la comparación con Invencible. También allí salta el niño muerto alejado de la trama presente, pero cumpliendo una función fundamental en el carácter del texto: la de sembrar la confusión respecto a su género (hasta ese momento el espectador puede estar pensando que se trata de una comedieta ligera). Esto es un dramón tremendo, la súbita revelación de esa muerte parece querer competir con la tragedia histórica, y me parece, aunque esto es pura subjetividad, que se hubiera notado menos el procedimiento (la costura) con cualquier otro recurso.

3.- Portillo y Sarachu, tanto monta. Pero García-Pérez no esta aquí a la altura de Albaladejo. Y que conste que cualquiera que lo viera en Viejos tiempos Diario de un loco sabe que es un formidable actor. Portillo no lo dirigió bien en el Don Juan Tenorio y, me temo, tampoco Mayorga ha encontrado la tecla adecuada. En una función de dos horas hay que relajarse un poco en algún momento.

No olviden lo principal: El cartógrafo merece la pena.

P.J.L. Domínguez
          

miércoles, 15 de febrero de 2017

CONSTELACIONES FAMILIARES

Sala: Teatro del Arte Autor y director: Iván Bilbao Intérpretes: Chos, Klaus, Olivia Baglivi, Alba Celma y Fede Rey Duración: 1.15'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no esté en cartel)


Fede Rey y Klaus. La foto no corresponde al montaje en el Teatro del Arte.
Me gustó bastante Brotada, otra de las piezas que forman trilogía junto a ésta, así que me fui al Teatro del Arte esperando lo mejor. Había visto unas fotos estupendas (que no sé de quién son) circulando por el ciberespacio.

Nada que ver. Brotada, para empezar, estaba mejor escrita. Constelaciones familiares tiene su gracia en el planteamiento de una familia completamente descacharrada, pero se pierde en el detalle de brocha gorda. Habría que pasarle un poco la lija y ganaría, porque el dibujo general, el arco dramático diríamos poniéndonos pedantes -cómo mola ponerse pedante- está bien. Sin embargo, demasiada insistencia en la exageración gratuita. Mucho "mamá deja la cocaína" o "me voy a cagar". Acaba distrayendo de lo fundamental, como si el autor hubiera buscado un sainete de risa tonta.

Eso no es lo peor, porque el texto no es brillante, pero tiene remisión. La dirección no malgasta ni una oportunidad de perderse en una curva. No hay ni una transición que no cante peteneras en su torpeza. Las interpretaciones, francamente mejorables. Si el director no fuera el mismo de Brotada estaría escribiendo aquí que no los ha dirigido nadie. En fin, todo mal. Klaus coloca algunas frases y se salva Fede Rey, que tiene el suficiente oficio o instinto (o ambas cosas) para salir bien parado gran parte del tiempo.

Hay algún momentito que no está mal (música y coreografía, la escena en dos planos delante y detrás de la cortina...), pero que no la hace menos prescindible. Para ponerla a la altura de Brotada (con la que tiene nexo argumental) queda mucho trabajo.
P.J.L. Domínguez
          

jueves, 9 de febrero de 2017

INTEMPERIE

Sala: Teatro Pavón Kamikaze Autora: Cristina Redondo Directora: Laura Ortega Intérpretes: Andrea Trepat y Juan Trueba Duración: 1.10'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no esté en cartel)

No encuentro nada que dé mejor idea de la escenografía. En mi función él ya no llevaba barba,
Me temo que no había nada que hacer con el texto. Puede salvarse el merodeo en torno a alguno de los personajes ausentes (el tío está delineado de forma atractivamente borrosa), pero poco más. Queda muy amanerada la repetición de un inicio de escena que después se desarrolla de tres maneras distintas, algo que hemos visto otras veces con algún sentido dramatúrgico (por ejemplo: lo que cada personaje recuerda o ha entendido), pero que aquí es puro artificio. Especialmente cargantes las tres conversaciones telefónicas en las que ella dice lo mismo en inglés, francés e italiano. ¿Para qué? [Observación de crítico insufrible: una conversación en italiano no se despide jamás con un addio, a no ser que una sea Violetta Valery]. De cualquier modo, todo esto son pegas menores ante un pecado mortal que el texto arrastra, y que lo invalida completamente. Durante una hora, un hermano reprocha a su hermana que lleve trece años alejada de la familia. Le pregunta insistentemente por el motivo. Todo normal, si su hermana se larga de casa sin decir ni pío y no vuelve a tener noticias de ella hasta trece años después, estará usted levemente mosqueado y dolido, seguro que le pide explicaciones. Pues bien, tras esa hora larga, pongamos en los últimos cinco minutos, se destapa el pastel. ¿Saben por qué se largó la hermana?

ATENCIÓN, SPOILER

Pues no lo voy a decir con todas las letras, por si es posible no arruinar completamente la trama a alguien que vaya a ir y que cometa el error de leer este párrafo a pesar del aviso. La hermana se va por culpa directa, grave y estrepitosa del mismo hermano que le está preguntando por qué se fue. Vaya armazón dramatúrgico. Es tan evidente la cosa que la sinopsis colgada en la página del teatro dice "Jhonny parece que no recuerda nada, tal vez ni siquiera supo que aquello no estaba bien". "Parece que no recuerda nada" porque la autora ha escrito esto sin la menor verosimilitud y "tal vez no supo que aquello no estaba bien", pero ahora que tiene treinta años lo sabe perfectamente. Un desastre de trama.

¿Era posible otro enfoque? Claro. Era posible un enfoque en el que la culpa del hermano fuera evidente. No sólo: tendría que ser uno de los pilares dramatúrgicos, junto con el resquemor de la hermana y -no obstante- el amor que se profesan. Ahí está el conflicto. Pero era dificilísimo mantener esa conversación durante una hora sin deshacer lo que es evidente que estaba en la intención de la autora desde el primer momento: la revelación final del secreto. Ahí estaba el reto.

Los intérpretes, muy flojos. Algo mejor ella. Lo único que se salva de la función es la iluminación de Daniel Alcaraz Bonmatí, imaginativa y funcional. 
P.J.L. Domínguez