lunes, 16 de enero de 2017

AY, AMOR DIVINO

Sala: Teatros del canal Autora: Mercedes Morán Director: Claudio Tolcachir Intérprete: Mercedes Morán Duración: 1.20'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no esté en cartel)


No hay manera de encontrar una foto que dé idea de la escenografía. Unos pocos muebles, una alfombra y una proyección detrás, no hace falta más.
Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

 Parece que la importación de talento teatral argentino es una tendencia que se consolida. Ciro Zorzoli y Claudio Veronese estrenaban en Madrid hace pocas semanas. Rafael Spregelburd llega en enero. Claudio Tolcachir, ya muy asentado entre nosotros, se ha traído de la mano a Mercedes Morán, una actriz que lo ha hecho todo en Argentina.

    Ella misma es autora de ¡Ay, amor divino!, estrenada en Mar del Plata hace seis meses. Un texto de cimientos autobiográficos sin afán de exhaustividad o cronología completa, estructurado en fogonazos sobre la anécdota tierna, cómica o dramática. Cosido a medida para sus capacidades. Esto puede parecer obvio, pero no lo es: conocerse a fondo es el primer mérito del intérprete.

    En un montaje sin apenas artificio escenógrafico –unas sillas, unas alfombras, alguna modesta proyección- Morán se mueve siguiendo al pie de la letra el consejo de una amiga: “Hacélo como en el living de tu casa”. Un alarde de naturalidad (ojo, la naturalidad en el teatro es siempre fruto del esfuerzo consciente) que condensa las capacidades de una vida dedicada a la interpretación. Tolcachir ha hecho lo mejor que podía hacer: desaparecer, ejercer una dirección invisible a los ojos del espectador. El resultado es un rato delicioso.

Y alguna cosilla que no cabía allí:

Me caigo de sueño, me parece que lo dejo para mañana...

P.J.L. Domínguez
          

EDITH PIAF. TAXIDERMIA DE UN GORRIÓN

Sala: Teatro Español Autor: Ozkar Galán Director: Fernando Soto Intérpretes: Garbiñe Insausti, Lola Casamayor y Alberto Huici Duración: 1.20'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no esté en cartel)


En la versión del Español han desaparecido esos dos muebles centrales y se ha quedado solo el tocador de la derecha con otro elemento más liviano a la izquierda. Mucho mejor.
El viernes tendrán aquí el enlace a mi crítica en la Guía del Ocio, pero les dejo ya un adelanto:

 El texto de Galán es una bonita lección de lo que cabe hacer con un personaje histórico sin necesidad de  ser didáctico o amontonar datos. Y cuando acierta (ConstelacionesEl minuto del payaso), Soto acierta de pleno. Una función de recia estructura y amplio vuelo emocional.

Ah, una cosa más: viva Lola Casamayor.

P.J.L. Domínguez
          

domingo, 15 de enero de 2017

EMILIA

SI ESTÁ BUSCANDO LA EMILIA QUE DIRIGIÓ CLAUDIO TOLCACHIR, EL ENLACE CORRECTO ES ÉSTE

Sala: Teatro del Barrio Autoras: Noelia Adánez y Anna R. Costa Directora: Anna R. Costa Intérprete: Pilar Gómez Duración: 1.00'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no esté en cartel)

Foto de David Conde para eldiario.es
Lamento, sobre todo por la estupenda actriz, ser otra vez el pitufo gruñón que desentona en el universal coro de parabienes, pero esto es una cosita de muy poco vuelo. Adivina, adivinanza. ¿Cuál es el primer riesgo con los personajes históricos? Acertó: el didactismo. 

El texto nos cuenta quién era la Pardo Bazán intentando dejar bien claro su relieve, concretamente en lo que atañe a lo que se llamó liberación de la mujer y ahora llamamos igualdad de género. Todo me parece muy bien, pero ese objetivo es el propio de un ensayo, el teatro es otra cosa. Es arriesgadísimo soltar este tipo de afirmación, porque en seguida llega alguien que coge el rábano por las hojas y exclama "¡Cómo que en el teatro no se puede defender la igualdad!". Claro que se puede. Miren el monólogo del mercader de Venecia ("¿Acaso si...?"). Pero en el teatro tiene que haber además otra cosa. Y fíjense que el catálogo de cosas que puede haber es tan amplio como la inventiva de los creadores: belleza visual, altura literaria, peripecia, hondura emocional del personaje... A veces, hacemos bingo y aparece todo a la vez, y ya es para morirse (Incendios, pongamos por caso). Aquí no hay nada de eso, sólo una explicación un peldañito por encima de una clase de bachillerato. Datos, de eso todo lo que quieran, -incluidos el detalle de la cantidad de obras escritas en cada género o el rosario de amigos y enemigos literatos- pero poca o ninguna explicación de los recovecos del espíritu, de las motivaciones profundas, ni para esto (la ambicionada gloria literaria) ni para aquello (la pasión por Pérez Galdós). Nada que ustedes o yo no podamos encontrar tras documentarnos un poco.

No sabría decir si la causa de la igualdad fue mejor defendida por La situación de la clase obrera en Inglaterra o por Germinal. Lo que es evidente es que Zola sabía que no estaba escribiendo un ensayo. 

[Esta última frase da para una interesante desviación, ya que no puede añadirse -como la simetría parece demandar- que Engels supiera que no estaba haciendo literatura. Hasta el más árido de los tratados de trigonometría puede ser juzgado desde el punto de vista del estilo y, por cierto, no son pocos los que que encuentran fruición estética en las muestras más insospechadas de literatura gris: prospectos de medicinas, envoltorios de alimentos o prólogos a tochos técnicos de cualquier tipo. Pero volvamos a la corriente principal, que ya me han pillado ustedes por dónde voy]

Igual que Zola no hizo de Germinal un ensayo, no se escribe una pieza de teatro para enseñar tal o cual cosa. Ése es el teatro de Moratín, y así le va al pobre. El teatro, como cualquier forma de arte, busca otras cosas, bien difíciles de explicar con palabras. Se convierte en medio privilegiado para enseñar precisamente cuando las alcanza. Ya saben, docere delectando. 

Idéntica falta de imaginación en la dirección. Todo es de dos más dos cuatro. Ahora dirígete a los señores académicos, ahora a tu marido. Ahora siéntate, ahora levántate. Hay UN momento de teatro, cuando la escritora relata el homenaje recibido en Valencia. Entra un efecto de sonido -música de banda, pirotecnia- el texto eleva unos centímetros la intensidad de la evocación, la interpretación tiene un poco más de espacio para ponerse de puntillas y mirar más lejos. Fin. Me temo que Emilia Pardo Bazán quedó mucho mejor reivindicada en algo cuya combatividad no era explícita, sino implícita, como Insolación

Pilar Gómez, ya lo he dicho más arriba, estupenda. Sin dirigir, pero estupenda.
* * *
Pos scriptum: Sólo conocemos por comparación, de ahí que las comparaciones sean odiosas, pero insoslayables. Terminé lo anterior con una, y hoy me ha ocurrido algo que me obliga a otra. Uno ve tantas cosas infumables que, al final, encuentra su encanto a lo mediocre. Me pasó el viernes con Lavar, marcar y enterrar, de la que JM salió bufando mientras yo decía "bueeeno, tampoco está tan mal...". Hoy he visto Edith Piaf. Taxidermia de un gorrión y, tras comprobar lo que puede hacerse con un personaje histórico, me he puesto a bufar retrospectivamente respecto a esta Emilia. Definitivamente mediocre.
P.J.L. Domínguez

          

miércoles, 11 de enero de 2017

BROTADA

Sala: Teatro del Arte Autor y director: Iván Bilbao Intérpretes: Silvia Vacas y Fede Rey Duración: 1.00'
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La foto más ilustrativa que encuentro. La he tomado de myplacestobe.com

Enlace a mi crítica en la Guía del Ocio

Ha pasado una semana desde que la vi, y aún me va gustando más en el recuerdo. Un teatro de los sentimientos, pausado, creíble, sin ostentación.
P.J.L. Domínguez
          

jueves, 5 de enero de 2017

DANZAD MALDITOS

Sala: Matadero Autores: Félix Estaire y Alberto Velasco  Director: Alberto Velasco Intérpretes: Guillermo Barrientos, Carmen del Conte, Karmen Garay, José Luis Ferrer, Rubén Frías, Ignacio Mateos, Nuria López, Sara Parbole, Txabi Pérez, Rulo Pardo, Sam Slade, Ana Telenti, Verónica Ronda y Alberto Frías Duración: 1.25'
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Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

Fui con bastante prevención a ver Danzad malditos. Todo lo que la rodea (eco mediático, ruido en redes, fotos de acompañamiento…) me hacía presagiar una de esas moderneces a las que se les termina el fuelle en el postureo. Una vez más, el teatro –y su brazo ejecutor: Alberto Velasco- me ha dado otra lección de humildad. 

Los veinte o treinta primeros minutos parecen confirmar la previsión de catástrofe. ¿Cómo van a reconducir todo esto? Todo esto es la ausencia de línea narrativa convencional, el narrador, las alusiones a la equitación, el personaje extranumerario (la cantante), la coreografía antirrealista, las observaciones metateatraales… Pero, en un arriesgado juego, cada vez que la función roza un agujero negro dramatúrgico, ¡zas!, entra la música. 

Danzad malditos es –además de una maravillosa ida de olla- prácticamente teatro musical, una forma muy personal de teatro-danza que Velasco construye con una selección impecable de partituras (de Padam a Kurt Weill, de Too darn hot a Purcell) que le sirven de cimiento para dramaturgia y coreografía. A veces con gran maestría, como en la extenuante carrera de los intérpretes alrededor de Verónica Ronda (fantástica actriz) que repite en bucle un play-back sobre Ute Lemper. Excelentes la escenografía de Meloni y la iluminación de Picazo. Me la perdí en su día y escribo estas líneas para que nadie se la pierda.

Y algunas cosillas que no cabían allí:

1.- Me pongo a buscar por ahí, y encuentro una entrevista con Alberto Velasco que da en el clavo de la ubicación mental en la que yo lo tenía archivado: "polifacético actor, muy respetado en la escena alternativa". Lo he visto actuar, que recuerde, en Numancia y en Los nadadores nocturnos (entrada pendiente de redacción desde tiempo inmemorial), y actuar muy bien. Pero es la segunda parte de la frase la que me interesa ahora: "muy respetado en la escena alternativa". Ay, qué miedo. Esperen, antes de escandalizarse déjenme un minuto para que me explique. Nada en contra de la "escena alternativa", estaría bueno. Tanto acierto y tanto bodrio en el off como en el más respetado de los ambientes de teatro on intelectual (me pirro por la grafía intelestual, pero no está bien vista) o en el más rentable de los comerciales. Diré más: si alguien me obligara poniéndome una pistola en la cabeza a apostar en cuál de esos tres ámbitos hay más calidad, seguramente fiaría mi vida a lo alternativo. Quede todo esto bien claro.

Pero como todo tiene sus pros y sus contras, también aquí hay que mencionar un pequeño -y exasperante- inconveniente: la militancia. Verán, yo ya milité en todo. Luego se me pasaron las militancias y me quedé con la calidad. Renegué del hay que y me pasé al análisis de resultados. De resultados artísticos, no me refiero a la contabilidad de taquilla. Por supuesto, lo alternativo, la vanguardia, la rebeldía, el inconformismo... todo eso requiere del entusiasmo de la militancia como los peces requieren agua y los mamíferos oxígeno. Es hasta una hermosura ver a la juventud, como dicen las ancianas, renegar, protestar, exaltarse con lo nuevo (o con lo que les parece nuevo). Pero es igual de inevitable que la edad le dé a uno una cierta perspectiva sobre estas cosas, y le enseñe que el entusiasmo no da la razón (artística). Estoy leyendo Incerta glòria, una maravillosa novela de Joan Sales que parece que llega el año que viene al cine (sesenta años después de su publicación) y que da la medida del divorcio entre las culturas de las diversas lenguas peninsulares (¿quién ha leído esto en la meseta). Pasé ayer por un párrafo maravilloso que me viene como anillo al dedo. Un joven inconformista escribe un artículo sobre la rebelión juvenil, y el redactor jefe de la revista que se lo ha publicado se niega a publicar la continuación. Le explica que el artículo La rebelión de los jóvenes aparece una vez al año, como el de Ya se ven las primeras castañeras, y que cada vez debe ser de autor nuevo, porque los jóvenes se van sucediendo.

Esto no quiere decir, ni de lejos, que la vanguardia o lo alternativo sean algo a evitar, los dioses me libren. No sólo son imprescindibles para la evolución de las artes escénicas sino que, en bloque, son también más divertidos e intelectualmente más estimulantes que lo establecido. ¿Y entonces a qué viene todo esto? A que hay una gran cantidad de productos alternativos que vienen con la cohorte de grupis instalada de fábrica. Y a que la presión que esas hordas de seguidores entusiastas desprovistos de espíritu crítico realizan alcanza a todo el mundo, incluidos programadores y críticos. No voy a dar ejemplos, que no quiero empezar el año con disgustos, pero repasen el blog y se encontrarán una buena cantidad. Si es usted un alternativo, búsquese una buena cla virtual, y ya verá qué subidón. Haga lo que haga. Otros muchos fabrican joyas, pero, como no tienen club de fans, se quedan del salón en al ángulo olvidados, como el arpa aquella. Así se escribe la historia, diría mi madre, y tendría razón, porque en un arte como el teatro, efímero, la posteridad solo recuerda lo que queda escrito (olviden el vídeo, sólo sirve para documentar).

A todo eso me refería en la crítica en papel con lo de ruido en redes y moderneces a las que se les termina el fuelle en el postureo. Pero Danzad malditos no es postureo, tiene mucho fuelle, es un invento con nervio y columna vertebral.


2.- Iba a poner arriba del todo, donde la ficha inicial dice "autores", "libremente basado en Danzad, danzad malditos de Sydney Pollack", pero me he arrepentido. Yo diría que ni basado. Quizá, "lejanamente inspirado" o, incluso, "más o menos emparentado". Además del título y de la competición de resistencia en el baile (más intensamente alegórica aquí que en la película), no veo más. Este parentesco parece liar un poco más la autoría (repartida en el programa de mano entre los textos de Estaire y la dramaturgia de Velasco), pero el lío es fácil de deshacer: parentesco con la peli, liviano; buenos textos, pero para lo que están, que es apenas enmarcar la acción corporal, la música, el drama plástico; autor, Velasco. Yo lo veo claro.

3.- He hecho trampa en el párrafo anterior. Hay, al menos, otra cosa relacionada con la película, cuyo título original es They Shoot Horses, Don't They? (como la novela de McCoy en la que se basa) y que incluye la referencia a un episodio de infancia del protagonista, que vio cómo su padre remataba a un caballo herido. Velasco ha agigantado esta presencia equina, con un narrador vestido (más o menos) de jinete, una presencia-cantante femenina con unas bridas sobre el vestido, alusiones en los textos y diversas mímicas, incluido el manejo de unas riendas acopladas a la parte baja de ese frente de madera que ven al fondo de la foto de más arriba. No hace falta ser un experto en arquetipos jungianos para cazar las referencias conscientes, inconscientes y semi-conscientes que esta animalidad oscilante entre lo salvaje y lo domesticado puede representar. Ahí están los caballos, en el teatro surrealista de Lorca (mencionados en Así que pasen cinco años y presentes en El público) o en el teatro psicoanalítico de Equus, por mencionar sólo cosas que han podido ver hace poco. El caballo es aquí uno de esos elementos incoherentes a priori que Velasco va amontonando al comienzo y que -ahí está la sorpresa y el valor de la pieza- van armando un rompecabezas del que resulta al final una imagen de gran nitidez. Como cuando cinco mil piececitas de colores acaban formando el castillo de Neuschwanstein.


4.- El punto más flaco es la interpretación. Afecta poco al conjunto, porque -como habrán deducido de todo lo anterior- en medio de este guirigay visivo-musical-conceptual no es que tenga gran relevancia cómo se dicen los textos. Algunos mejor que otros, Rulo Pardo y Verónica Ronda muy destacados. Pardo es un tipo con dotes extraordinarias. Ha incidido más en lo cómico (es una de las mitades de Sexpeare), pero creo que podría hacer cualquier cosa, como este registro de grotesco maestro de ceremonias. La que me resulta un descubrimiento es Verónica Ronda. Vaya presencia escénica, qué capacidad de salir airosa de este vagar perdida por el escenario y por los pliegues destartalados del su interior adivinado. Tienen arriba del todo su foto en medio de esa escena que mencionaba en la crítica en papel.


5.- Grandes detalles de sabiduría teatral espolvoreados aquí y allá. Tres ejemplos. Uno: cuando todos los intérpretes puestos en fila dejan por turno su petaca metálica en el recipiente que les pasan por delante, la amplificación recoge el sonido del choque metálico al depositarlo. Dos: las bridas que rodean el vestido de la cantante y lo transforman, de una pieza anodina y tirando a fea como debía ser, en el atuendo adecuado del personaje que representa el fulcro central del montaje (o eso me parece a mí). Tres: el acompañamiento instrumental del Lamento de Dido, distorsionado para añadir un punto de inquietud a la tristeza.


6.- Nada de esto sería lo mismo sin la espléndida iluminación de David Picazo o la escenografía de Alessio Meloni. Últimamente me encuentro a Meloni por todas partes (Historias de Usera, Numancia, La noche de las tríbadas, que a ver si cuelgo mañana...), ¿dónde estaba antes? Además del espléndido aspecto visual, la escenografía ha sabido superar el reto de extenderse mucho hacia los lados. Esos extremos no se usan tanto como la zona central, pero resultan igual de atractivos. La foto encima de este párrafo se va bastante a la izquierda del espectador, pero aún queda un buen trozo. 

7.- La música es, simplemente, la bomba. Tengo que agradecerles que me hayan descubierto King Arthur del nunca bastante venerado Purcell.

* * *
Les queda una semana. Véanla. Yo me siento a esperar qué hace Velasco después de esto.
P.J.L. Domínguez
          

miércoles, 4 de enero de 2017

TIEMPO

Sala: Teatro Alcázar Autor: Quim Masferrer Director: Ramón Fontserè Intérprete: Jorge Sanz Duración: 1.25'
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Si tiene usted una configuración mental más o menos normal (supongamos que tal cosa exista) y va al teatro a lo que todo el mundo (a distraerse, a emocionarse, a reír, a admirarse, a pensar... ya saben, todos esos lugares comunes) NI SE LE OCURRA sacar entrada para esto, porque puede terminar en el telediario. Lo digo por si le da por quemar las butacas o agredir a alguien, cosas que desaconsejo vivamente.

Sin embargo, me he dado cuenta de que ésta es una función muy aconsejable para determinado tipo de neuróticos: para los obsesos de las clasificaciones. No hay cosa que más me haga sufrir que tener que poner estrellitas y -no digamos- esa selección de fin de año que publico en la Guía del Ocio y que me obliga a elegir cinco (¡cinco!) espectáculos de los vistos en doce meses. Hay en en twitter quien elige cuarenta. Hombre, así cualquiera.



Volviendo al hilo. Sea por motivos profesionales (eso de tener que poner estrellitas todas las semanas) o por pura afición, hay quien se pasa la vida comparando esto con aquello. Cosa dificilísima, porque los "estos" suelen ser de especie distinta a los "aquellos". ¿Es mejor este camaleón o aquella medusa? Y no hay patrón, como el metro ese de platino e iridio conservado en París (llevo una vida pensando en ir a verlo y me entero ahora de que está depositado en un cofre en los sótanos de la Oficina Internacional de Pesos y Medidas). Pues bien, Tiempo podría convertirse en el cero absoluto del valor teatral, y debería ser conservado en la Oficina Internacional de Teatro y Estrellitas, a poder ser en un cofre. Yo tengo dos funciones que considero mis ceros Kelvin (también una peli, Semen), pero que no puedo recomendarles, porque nadie se molestó en encofrar (en meter en un cofre, quiero decir). Pero ésta está vivita y coleando hasta el 2 de febrero, a no ser que a alguien le dé antes por quemar el teatro. 

"No ha dicho nada", estará pensando alguno. Es que no hay nada que decir. Me resulta incomprensible que un actor como Jorge Sanz, que siempre me ha gustado, un director como Ramón Fontserè, que algo de teatro ha hecho (es una ironía, porsiaca), y un autor como Quim Masferrer, que tampoco es un recién llegado, hayan llegado a estrenar un bodrio de tal calibre. A los diez minutos estaba yo pensando "qué arriesgado mantener este tono aburrevacas durante tanto rato, debe de estar por llegar un vuelco espectacular". Nada. De nada.
P.J.L. Domínguez
          

jueves, 22 de diciembre de 2016

RICARDO III

Sala: Teatro Español Autor: William Shakespeare (versión de Yolanda Pallín) Director: Eduardo Vasco Intérpretes: Arturo Querejeta, Charo Amador, Fernando Sendino, Isabel Rodes, Rafael Ortíz, Cristina Adúa, Antonio de Cos, José Luis Massó, José Vicente Ramos, Jorge Bedoya, Guillermo Serrano Duración: 1.30'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no esté en cartel)


Vasco me ha parecido siempre un director de escena interesantísimo, incluso cuando patina (todo el mundo patina, hasta los mejorcísimos), y Ricardo III me encanta (tanta maldad desparramada, tanto cinismo, mmm), así que me fui al Español con la mejor de las disposiciones. Y me aburrí como una ostra.

Resulta que fui con dos personas que saben bastante más que yo de teatro. Los tres nos aburrimos como un banco de ostras (¿se dice banco? ¿colonia?) y los tres nos pasamos la función pensando exactamente lo mismo, como después nos confesamos: "estos dos lo están pasando bomba y yo no", "algo me pasa, que el teatro no me llega como antes"... y variaciones sobre el tema. Pues no. Aburrimiento general. Planteamiento de hipótesis explicativas. Sólo se me ocurre una: este Shakespeare está tan podado (dura menos de la mitad que una versión sin tijera) que se ha quedado la peripecia monda sin prácticamente retórica. Shakespeare sin retórica... Si tienen un rato que perder, mírense lo que les decía a propósito del contenido narrativo y su forma externa en la crítica de El policía de las ratas. Pallín ha dejado el Ricardo III en una extenuante sucesión de asesinatos casi sin nada entre uno y otro, cuando Shakespeare está ahí, en el relleno. Y Vasco, haciendo alarde de una capacidad que casi siempre alabamos en otros montajes, lleva la cosa rapidita, rapidita, anulando incluso las transiciones (qué habilidad, dicho sea de paso, para enlazar las escenas sin que se noten las costuras). Resultado: tras dos o trescientas muertes ya estamos todos pensando en la lista de la compra del día siguiente. 

Creo que lo único que me despertó del letargo fue la escena de Charo Amador como la reina Margarita. Todo tiene más vuelo: desde el vestido hasta la interpretación, que se aleja de una austeridad general que casi me atrevería a llamar austericidio. Y mira que siempre me quejo de lo contrario. Es cierto que la reina viuda tiene que parecer un poco tronada, pero no lo es menos que su entrada eleva la línea mortecina del montaje. Desde ahí hasta la aparición de la cabeza de jabalí (en sentido literal y no en el charcutero) todo el resto es piñón fijo. Y eso que el Ricardo en escena (el incomparable Querejeta) es un pedazo de actor como hay pocos. Sin él, esto sería un barco al garete. 

Como parece que hay bastante gente con opiniones marcadamente positivas, les pongo este enlace para que lean otras cosas, vean la función y decidan. Yo los dejo advertidos.

Para terminar, comentario de actualidad. Les hablaba ayer de los desternillantes resultados de la encuesta de la revista Godot sobre el mejor montaje del año. Lo de hoy supera -como chiste- a aquel antológico monólogo sobre el despido en diferido. Interrupted ha vencido en la primera semifinal a La cocina. Lo que oyen. Todo el proceso recuerda cada vez más intensamente al referéndum del Brexit. 
P.J.L. Domínguez
          

martes, 20 de diciembre de 2016

MASKED

Sala: Teatros Luchana Autor: Ilan Hatsor Directora: Iria Márquez Intérpretes: Pedro Santos, Carlos Jiménez Alfaro y Antonio Lafuente Duración: 1.15' (creo recordar, olvidé apuntarlo)
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no esté en cartel)


Carlos Jiménez Alfaro, Pedro Santos y Antonio Lafuente. Foto de Kike Rincón para madridiario.es
Vi Masked hace un mes largo, y ahí estaba, esperando turno a que terminara de una vez la infinita entrada de La cocina. Además, les seré sinceros: La cocina me ha provocado tal avalancha de visitas que tenía la sensación de tener hechos los deberes al menos por lo que tocaba al mes de diciembre, como si alguien me exigiera un mínimo, fíjate tú cómo somos en cuanto nos ponen un contador.

El caso es que ahí estaba yo revolcándome en la pereza, cuando llega la encuesta de la Revista Godot. Treinta y dos funciones (de las que he visto veintisiete) preseleccionadas para llegar por un sistema de enfrentamientos sucesivos a elegir el mejor montaje teatral del año en Madrid por votación en twitter. Y me encuentro con que Masked e Interrupted se encuentran en este grupo de excelencia, codeándose con -por ejemplo- Incendios, La cocina, Todo el tiempo del mundo o La respiración. Y ustedes se dirán "bueeeeno, eso no va a ninguna parte, no se soporta la comparación". Pues bien, a día de hoy, resulta que Proyecto Homero (La odisea y La Ilíada de La Joven Compañía) ha eliminado Incendios (sí, la de Mario Gas y Nuria Espert) e Interrupted ha dejado K.O. a Numancia (también a El jurado, que no era para echar cohetes pero le saca varias cabezas, y a Yo, Feuerbach, que no vi). Creo que tales resultados no merecen ni comentario, pero si tienen alguna relación con el sector sabrán de las campañas que se montan en plan "vótanos", sin que a nadie se le ocurra recordar que hay que votar a lo que mejor nos ha parecido y no a quien más simpático nos caiga. 

¿Saben a quién hacen más daño estas operaciones que pretenden repartir prestigio? Aparte de a la propia iniciativa (fíjense el peso que va a tener para cualquiera medianamente informado el título de "semifinalista al mejor montaje del año de la Revista Godot"), a quien cosecha elogios inmerecidos. Y eso me lleva de vuelta a Masked.

Masked se basa en un buen texto sobre el conflicto palestino. Para que se me ubiquen: si, en esto de piezas sobre la violencia, Incendios es una matrícula de honor y Tierra del fuego un cuatro y medio, Masked se acerca al notable. Bien estructurado, con personajes creíbles, una peripecia interesante y sin caer en las trampas del teatro de buenas intenciones (he hablado muchas veces de eso, aquí tienen una mención si les interesa). Plantea una de esas situaciones horrendas en las que todas las partes tienen algo de razón en medio de la escabechina general. Se podría convertir en una peli con planos subjetivos de protagonista huyendo de las balas israelíes, barridos de cámara sobre barrios arrasados por las bombas y mucha amargura de fondo.

Ahí se termina lo bueno. La versión que vi en los Luchana apenas está dirigida. Se ha montado el texto con alguna dignidad, pero no hay nada más, ni una sola idea memorable. La interpretación es justita, justita, y me quedo corto. Quizá quien más se salva es Carlos Jiménez Alfaro, que es quien menos texto tiene. Antonio Lafuente estaba muy centrado en el estilo ligero de Los desvaríos del veraneo y Pedro Santos estupendo en Los atroces, así que nos consta que sus capacidades daban para aprovecharlos mejor. No diré que la cosa llegue al desastre, porque las líneas se largan con la soltura necesaria para no aburrir, y cuando una función no aburre ya ha evitado el mayor de los males posibles. Pero es poco más que un intento masticable. Colocarla en una clasificación de las treinta y dos mejores hace un muy flaco favor a su directora. Viene a ser como decirle "sigue así, que vas bien". Y no.
P.J.L. Domínguez
          

jueves, 8 de diciembre de 2016

ALARDE DE TONADILLA

Sala: Tribueñe Autor y director: Hugo Pérez de la Pica Intérpretes: Candela Pérez, Raquel Valencia, Helena Amado, Badia Albayati, Alberto Arcos, Ana Peiró, José Luis Sanz (pianista: Tetyana Studyonova, se turna con Mikhail Studyonov) Duración: 2.20' (entreacto de 20 minutos) 
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no esté en cartel)



Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

Estupefacción. Es el sentimiento que invade a quien ve por primera vez una creación de Hugo Pérez de la Pica. Alarde de tonadilla, como sus obras anteriores (Donde mira el ruiseñor cuando cruje una rama, Por los ojos de Raquel Méller, Paseíllo) bucea en los cimientos de nuestra cultura (iba a escribir 'popular', pero sobra), rebusca, reconstruye, arma y exhibe un resultado… lo dicho: estupefaciente. No se parece a ninguna otra cosa que veamos en los escenarios.
La estructura de números sueltos dibuja un relato cronológico y una dramaturgia que es… ¿Homenaje? Sin duda: el amor por la copla se expresa en cada gesto, en cada pliegue de las docenas de trajes diseñados ad hoc, en el vídeo que recuerda a las grandes intérpretes. ¿Arqueología? Ya sería mucho si fuera sólo eso, pero la recuperación del pasado desemboca en otra cosa, en algo de radical originalidad. Véanse como prueba las poesías declamadas entre los números, que nos dejan perplejos en su equilibrio entre el ripio y la exquisitez, el lugar común y la lírica abstrusa, lo popular y las fintas conceptuales de un espíritu complejo. El remate es quizá la impecable construcción de los números de copla estilizada extraídos de la zarzuela (De Madrid a París) y la revista (¡Por si las moscas!). Qué no haría este hombre con los medios de un gran teatro. ¿A qué esperan?

A Paseíllo tuve que volver por segunda vez para enterarme más o menos de la mitad. Sí, soy corto de entendederas y mi memoria es cada vez peor, pero digamos en mi descargo que estos monumentos son inabarcables. Me permitiría sugerir que -como se ha hecho tan a menudo con las estructuras tradicionales de números- se entregara al público una lista con los títulos, o se colgara en la página de Tribueñe. Antes de seguir, voy a plantar aquí otra foto, para que se enteren.


Ops, tengo que dejarlo. A ver si sigo luego.
P.J.L. Domínguez
          

PREMIOS Y CASTIGOS

Sala: Teatro de la Abadía Autor y director: Ciro Zorzoli Intérpretes: Mamen Duch, Carolina Morro, Jordi Oriol, Marta Pérez, Carme Pla, Albert Ribalta, Jordi Rico, Ágata Roca y Marc Rodríguez Duración: 1.20' 
(la función ya no está en cartel)


La foto de David Ruano no es del escenario de La Abadía, pero nos sirve. Son Mamen Duch, Carme Pla, Jordi Rico, Ágata Roca, Jordi Oriol (detrás), Albert Ribalta (delante), Marc Rodríguez y Marta Pérez. Falta Carolina Morro.
Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

 T de Teatre no es una compañía que se quede parada mucho tiempo en el mismo sitio. Por mencionar lo más reciente, después de Jet-lag, una sit-com televisiva que duró seis temporadas, atravesaron las regiones de Sanzol (Delicadas, Aventura) y Pau Miró (Dones com jo). El salto al planeta Zorzoli da la medida de sus ganas de aventura.

    Zorzoli cosechó un éxito estrepitoso en 2011 con Estado de ira, desternillante retrato de una compañía que debe adiestrar a la sustituta de la primera actriz en un montaje de Hedda Gabler. Premios y castigos es otro ejercicio metateatral que bucea en las relaciones entre la verdad y la verosimilitud, la realidad y la ficción, mostrando los ejercicios de interpretación de un grupo de actores. No hay un relato completo que preste una estructura de soporte, como era el caso del Ibsen mencionado. Sólo hacia el final, en el momento oportuno para ofrecer al espectador un hilo narrativo al que agarrarse, aparece un dramón rural uruguayo (Barranca abajo) cuyo texto se larga entre innumerables trompicones. Quizá por eso el aspecto general es más conceptual y menos amable. Pero la formidable pericia de los intérpretes y la sutilísima trama de interrelaciones entre los personajes consiguen armar un espectáculo excelente partiendo de una idea que haría temblar a cualquiera.  

Y lo que no cabía allí:

Como sucede a menudo, mi recuerdo de Premios y castigos ha ido variando a medida que pasaba el tiempo. A mejor. Lo decía en la crítica reproducida más arriba, pero no sé si la idea central quedaba suficientemente resaltada. La repito. El procedimiento es, en lo esencial, el mismo que en Estado de ira. Pero sin armadura narrativa. Allí, a trompicones y entre carcajadas, se reproducia la peripecia de Hedda Gabler. Aquí no hay tal apoyo. Se trata de un grupo de actores que salta de uno a otro ejercicio de interpretación, y esa ausencia de dramaturgia macro acaba pesando un poco. Así que, aunque mi consideración global por la pieza era buena y ahora es mejor, me parece -es sólo es una conjetura- que habrá gustado más a todo el que tenga que ver con el teatro que al público en general. Yo, que soy un cobarde, habría metido Barranca abajo antes.

¿Por qué habrá gustado más a "la profesión"? Primero, porque va precisamente de eso, y a todos nos engancha más lo que nos toca. Segundo -y en esto es posible que esté yo minusvalorando al público general- porque el aprecio de la dramarturgia micro apuntalando una función sin narración exige un metagusto de cierta sofisticación. Tercero, sobre todo, porque toda la pieza es un merodear constante alrededor de lo que la interpretación es o no es, con todos los personajes buscando -y reclamándose unos a otros- más verdad en las actuaciones. Nada más y nada menos que la cuestión central del teatro.

Pocas cosas más difíciles para un actor que encarnar a un actor que está actuando. Casi siempre, el remedo de actuación es la caricatura de una mala actuación. ¿Cómo hacer una buena interpretación de un actor haciendo una buena interpretación? ¿Cómo distinguirá el espectador el trabajo real del actor real del trabajo fingido del actor representado? Es una paradoja sin fin, un juego de espejos. Lo pensaba ayer viendo a Manuela Paso en La noche de las tríbadas, sin sospechar que hoy me pondría - por fin- a escribir sobre Premios y castigos, que, de principio a fin, no es otra cosa. Sólo se podía sostener sobre nueve estupendos intérpretes. Mencionaré primero a Carolina Morro para hacer un poco de justicia poética: tiene un papel mudo y lo borda. Es el último mono, entre regidora y asistente, y ya coloca la función en atmósfera antes de que comience, con su presencia fastidiada y rebotada en el escenario. Andújar ha acertado con la escenografía y el vestuario, pero me quedo con lo que le ha puesto a Muleta (así llaman todos al personaje): una cosilla vaporosa con mucha pierna vista que contrasta con la rigidez del resto del vestuario y subraya que a esta pobre la tienen con rancho aparte y sugiere una sensualidad espontánea frente a la gestualidad actuada y compuesta del resto. Me he vuelto loco buscándola en red, y nada hasta dar con Karolina Morro (con ka). Me temo que este curriculum está obsoleto, pero algo es algo. Es también la asistente de dirección. A ver si la vemos hacer otras cosas.

Ordóñez ha glosado mejor de lo que yo lo haría por dónde van los demás. A Ágata Roca la vi estupenda en Barcelona en Els veïns de dalt , en el papel que luego hizo en Madrid Candela Peña en Los vecinos de arriba. Allá donde Peña apenas pudo contra una dirección morosa, ella quedaba bastante más airosa. Con esas caras de mirada transparente que pone se cree uno cualquier cosa que diga. No sabría con quién quedarme del resto, todos están para comérselos en más de un momento. Citaré sólo a Jordi Oriol (otro del que apenas encuentro rastro en internet), que no estaba en la versión comentada por Ordóñez. También para comérselo.
P.J.L. Domínguez