sábado, 29 de abril de 2017

SÉNECA

Sala: Teatro Valle-Inclán Autor: Antonio Gala (versión de Emilio Hernández) Director: Emilio Hernández Intérpretes: Diego Garrido, Carmen Linares, Esther Ortega, Eva Rufo, José Luis Sendarrubias, Aka Thiémélé, Antonio Valero, Ignasi Vidal y Carolina Yuste Duración: 1.30'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no esté en cartel)


Vi estas fotos y me pareció que sería un horror. Pues no lo es.
He sido injusto con Séneca.  Y todo por saltarme una de mis normas fundamentales: no fiarme de nadie. Es algo que les aconsejo que hagan también. Por supuesto, tampoco deben fiarse de mí a pies juntillas, Verán, conozco unas cuantas personas que han visto mucho teatro y que tienen criterio. Claro que considero sus opiniones, tanto para discutir a veces algún juicio -y, quizá, matizarlo- como para tomar decisiones tácticas sobre si ver antes esto o aquello, que a todo no se llega. Sin embargo, procuro dejar siempre un núcleo duro intacto en mi fuero interno, una especie de bastión del juicio que no se deje penetrar por ninguna opinión ajena. Les parecerá quizá todo muy solemne, pero nada de eso. No se crean que me tomo muy en serio el resultado final del proceso. Sólo que me gusta que ese resultado sea mío y no inducido.

Con Séneca, todos mis informantes fueron despiadados, sin la menor fisura. Un horror. Ante tanta unanimidad decidí, más bien inconscientemente, que mejor ahorrármela. Craso error, porque la he visto con más de un mes de retraso y -oh, sorpresa- resulta que me ha gustado bastante, pero bastante. Hubiera debido verla antes para contarlo.

No sé aún si estaré a tiempo de publicar la crítica en papel, así que no voy a extenderme mucho, pero les adelanto lo fundamental. Entiendo los motivos del rechazo: luces rojas, humo, cuero, genitales paseándose por el escenario... una cosa entre canción bielorrusa en Eurovisión, el Tito Andrónico de Julie Taymor y un concierto de Tino Casal. Es comprensible que a mucha gente se le haga cuesta arriba. A mí me gustó. Los intérpretes, en su sitio, todos sin excepción. Mucha coreografía tipo "mirad cómo nos refrotamos lascivamente" que habitualmente me pone enfermo, pero que diría que está adecuadamente dosificada. Las luces, el humo, el cuero y los genitales (y la música), bien colocados. Era una apuesta muy arriesgada y, me parece a mí, se tiene en pie. Si son gente arrojada, vayan y decidan. Igual les pasa como a mí y descubren a Esther Ortega.
P.J.L. Domínguez
          

martes, 18 de abril de 2017

TRAINSPOTTING

Sala: Teatro Pavón Kamikaze Autor: Harry Gibson (basado en la novela de Irvine Welsh, versión de Rubén Tejerina) Director: Fernando Soto Intérpretes: Críspulo Cabezas, Víctor Clavijo, Luis Callejo, Mabel del Pozo y Sandra Cervera Duración: 1.40'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no esté en cartel)


Clavijo y Cabezas, la elegancia y el carisma, no se puede pedir más.
El viernes tendrán aquí el enlace a mi crítica en la Guía del Ocio, pero mientras tanto les dejo el habitual resumen:

En una cartelera extrañamente pobre, el Pavón brilla con Blackbird y Trainspotting. Realismo sucio, humor y un lirismo de la heroína que el final del siglo XX supo cultivar. Acertadísima selección de intérpretes.

P.J.L. Domínguez
          

sábado, 15 de abril de 2017

EL PINTOR DE BATALLAS

Sala: Teatros del Canal Autor: Antonio Álamo (basado en la novela homónima de Arturo Pérez-Reverte Director: Antonio Álamo Intérpretes: Jordi Rebellón y Alberto Jiménez Duración: 1.20'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no esté en cartel)


Hace muchos años decidí -tras arrearme creo que tres- que no iba a perder más tiempo con las novelas de Pérez-Reverte. A mi modesto entender, literatura de entretenimiento con resultado no excesivamente brillante (tengo ahora mismo frente a los ojos Rebeca y varios Dumas, y ya me dirán). Me perdonarán sus seguidores, pero saben lo que ocurre con las opiniones: que cada uno tiene la suya. Hace poco volví a picar y -ante tanto desmedido elogio- volví a intentarlo con El asedio. Y hala, arrepentido de haberme dejado engañar otra vez por la gigantesca maquinaria promocional.

Sin embargo, no crean que me fui a ver El pintor de batallas con la esperanza ennegrecida por ese juicio sobre las novelas, sino todo lo contrario. Nada tiene que ver una adaptación a la escena con la novela original. Nada de nada. Productos distintos, como en el chiste de las cabras en la sala de proyección (se lo cuento abajo del todo). Aparecí en el Canal más bien con la curiosidad de ver si Álamo (autor de la feliz Yo, Satán y la estupenda Cantando bajo las balas) había conseguido algo con el material de partida disponible. Pues no. No lo ha conseguido.

El pintor de batallas es un aburrimiento imposible. Una de esas funciones en las que uno tiene, a los diez minutos del comienzo, la horrible sensación de que aquello va a seguir igual hasta el final. El conflicto se plantea en el mismísimo inicio, así que no desvelo nada si lo cuento: el fotógrafo de fama mundial recluido en la torre en la que se dedica a pintar un mural sobre los desastres de la guerra recibe la inesperada visita de uno de sus involuntarios modelos. El antiguo soldado de la guerra de los Balcanes le anuncia que quiere matarlo, porque esa foto en la que salió le destrozó la vida. Ya. Una vez sabido esto, las cosas se van deslizando por una pendiente en la que las revelaciones llegan casi invariablemente después de que el espectador las vea venir de lejos. Ochenta largos minutos trufados de lugares comunes y de una épica de tono yo-estuve-allí-muchachos-y sé-de-qué-va-la-vaina más pasada que el jarabe para la tos.

Me extraña que Álamo se haya dejado impresionar por todo esto, a no ser que la cosa sea un encargo. Lo mejor de la función es, con diferencia, el mural de Antonio Haro y la infografía con la que va mutando. Y con eso está dicho todo sobre el rendimiento teatral de la propuesta. Álamo es aquí bastante mejor director que autor, se puede decir que, como los intérpretes, ha hecho todo lo que se podía. Era bastante poco.

Caramba con la cartelera, no sé si ha estado alguna vez tan endeble.  Si ya han visto Blackbird, quédense en el mismo teatro y vean Trainspotting (no, los del Pavón no son primos míos ni nada parecido). No sé si puedo recomendar ninguna otra cosa de estreno reciente. Apuesten sobre valores consolidados: Alarde de tonadilla.

El prometido chiste de las cabras: Están en la sala de proyección, comiéndose los rollos de celuloide de una película. Pregunta una: "¿Qué? ¿Te gusta?". Responde la otra: "Me gustó más la novela". Sirve "para acabar de una vez por todas", como diría Woody Allen, con las discusiones sobre el asunto
P.J.L. Domínguez
          

viernes, 14 de abril de 2017

ZENIT

Sala: Teatro María Guerrero Autores: Ramón Fontseré y Martina Cabanas Director: Ramón Fontseré Intérpretes: Ramón Fontseré, Juan Pablo Mazorra, Julián Ortega, Pilar Sáenz, Dolors Tuneu y Xevi Vilà Duración: 1.30'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no esté en cartel)




Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

REÍR POR NO LLORAR

Todas las generaciones que nos han precedido han pensado en algún momento que el mundo se iba al garete. Si eso significa que el hundimiento de la realidad conocida al que asistimos es un espejismo, habrá que asimilar que hay espejismos en alta definición. Els Joglars pone su sarcástico dedo en la llaga del periodismo, otro cimiento de nuestras libertades que creíamos eterno y que se desmigaja ante nuestro pasmo. Telediarios repletos de niños ingeniosos, curiosidades naturales y promoción del cine de la casa. Prensa (seria) con la Merkel y la receta de berenjenas en alegre yuxtaposición.

Els Joglars se mantiene en su estilo y da lo que esperamos, una sátira -estirada en muchos momentos hasta la farsa desatada- con envoltorio escenográfico esencial. Con el viejo truco del humor, riéndose para no llorar, arrean mandobles a todo lo que se mueve. Algunas escenas están especialmente conseguidas -el coro del hula-hoop, la degollación en pause- pero lo principal es que el ritmo se mantiene, quizá el reto más comprometedor en este tipo de estructura de escenas sueltas con una trama que no pasa de pretexto. Fontseré -autor con Cabanas, director, protagonista- es alma de la función, pero me gustó mucho Julián Ortega, uno de esos actores capaces de sacar adelante lo que les echen.

1.- Olvidé mencionar la pantomima inicial, un resumen sui generis de la historia universal, paso del Mar Rojo, crucifixión e invención de la imprenta incluidos. Una delicia muda armada con cuatro elementos de utilería.

2.- Julián Ortega ha paseado durante varios años La tigresa, un monólogo de Dario Fo, por medio país. Lo represesentaba seguido de El primer milagro del Niño Jesús e Ícaro y Dédalo. No sé si lo seguirá haciendo, pero si les cae cerca no se lo pierdan.

3.- En esta redacción disparatada, menos alejada de la realidad de lo que podría pensarse, se pasa el vídeo de una degollación islamista. El vídeo no es tal: la escena la representan dos actores. Cada vez que  está a punto de llegar el momento cruento, el pause con el mando a distancia congela la acción. ¿Esto es reírse de algo horrendo? Sí, lo es. Es lo que la sátira pretende desde que tenemos memoria: hacer posible la reflexión sobre el horror con la vaselina de la risa. ¿Esto es humillar a las víctimas? Por supuesto que no. Precisamente, la crítica se dirige hacia la utilización mercantilista del sufrimiento. No nos reímos de la víctima, sino del cinismo de quien la utiliza. O sea: el fondo de la operación demanda, en última instancia, dignidad para la víctima. Pero es como si estas elementales explicaciones resultaran de una sutileza imposible de alcanzar para algunas mentes. Me pregunto qué le pasaría a quien probara a hacer lo mismo en un escenario, pero sustituyendo al ISIS por el terrorismo autóctono. No es ninguna casualidad que Joglars se instale en ese borde extremo de lo consentido: aprendieron a hacerlo bajo una dictadura. La deriva de limitación de la libertad de expresión a la que estamos asistiendo es escalofriante. 
P.J.L. Domínguez
          

jueves, 13 de abril de 2017

BLACKBIRD

Sala: Teatro Pavón Kamikaze Autor: David Harrower (versión de José Manuel Mora) Directora: Carlota Ferrer Intérpretes: Irene Escolar y José Luis Torrijo Duración: 1.30'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no esté en cartel)


Están un poco lejos, pero se hacen una idea precisa de la escenografía.

Seré breve:

CORRAN A COMPRAR ENTRADAS

En unos días les dejare la crítica completa.

P.J.L. Domínguez
          

OHLALA

Sala: Teatros de la Luz Philips (o sea, Teatro Gran Vía) Autores: Gregory y Rolf Knie Director: Gregorie Knie Director musical: Christophe Jambois Intérpretes: Sara Haglund, Jenny Haglund, Hamish McCann, Pedro Izquierdo, David Moya, Patrick Schuhmann, Pablo Valarcher, Yulia Rasshivikina, etcétera (pongo etcétera, porque a los demás ya no los vi) Duración: La primera parte duró cuarenta minutos y salí por piernas
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no esté en cartel)


La foto no es del Teatro Gran Vía, no encuentro ninguna.
Cinco minutos de función. JM me susurra: "Qué horror, va a ser un evento de discoteca". Quince minutos de función. JM me susurra otra vez: "Retiro lo dicho. Es una despedida de soltero". La promoción de Ohlala reza SEXY - CRAZY - ARTISTIC. JM a la salida: "Con que hubiera sido una de las tres cosas...".

Tan SEXY que, como decía el comentario de una espectadora del Follies Bergère, puede usted ir tranqulamente con su madre, no habrá ningún momento embarazoso. Con CRAZY no sé qué querrán decir, la verdad: ¿Que van todos en ropa interior? ¿Que hay tres millones de focos móviles? Qué locura, sí. En cuanto a ARTISTIC, olvídenlo. Es un puritito aburrimiento sin el menor síntoma de que alguien se haya planteado montar el espectáculo con alguna intencioncilla dramatúrgica.

Circo y cabaré, pretende ser. Como circo es mediocre, y me quedo corto. En lo que vi hasta el entreacto: número mediocre de contorsionismo, número mediocre de equilibrista de barra (pole dancer), número bochornoso de payasos, número bochornoso de trampolín y número mediocre de hula-hoop. No van a engañar a nadie que haya visitado el Price un par de veces. Como cabaré es... simplemente, no es cabaré. El cabaré es un género muy difícil: no basta poner unos cuerpos medio desnudos moviéndose con gestos de lascivia estereotipada en el escenario. Es insinuación, ironía, provocación... Tiene que atraer y provocar desazón. Nada de eso hay en Ohlala, un producto de plástico barato que daría, a lo sumo, para entretenerte un rato mientras cenas y le diriges alguna mirada distraída. Alguien dirá que los protagonistas de esos números mediocres están macizos. Ya, pero es que en el mercado hay macizos y macizas que son, además, excelentes artistas de circo. Deben de ser más caros de contratar, digo yo. Porque de carne fresca y neumática están llenas las calles y las playas, a estas alturas no vamos a cobrar entrada para verla. Un buen número de circo con todo el mundo metido en las tradicionales mallas es muchísimo más excitante que este tostón.

¿Será esto el concepto del erotismo que tienen los suizos? Después de preguntarme eso, me respondí que también ha pasado por París. ¿Será que nos han cambiado los artistas? Parece que no: tras buscar como loco he encontrado aquí mencionados algunos, y son los mismos. [No pasen esto por alto: ya es sospechoso que haya que buscar al elenco con lupa]. Conclusión: ha debido de ser el mismo pestiño allá donde se ha montado. El tipo de crítica que encuentro en red a lo de París es, en general, más de crónica rosa que teatral. Echen un vistazo a los selectos ambientes de palco, aperitivo y cena que la casa madre suiza ofrece en torno al espectáculo, y la horrenda estética de oropel se lo dirá todo.

En los últimos diez años me habré ido de una función antes del final una o dos veces. De ésta, me echó la voz que anunciaba veinte minutos de descanso después de cuarenta de espectáculo. Ahí ya me pareció que me tomaban el pelo, porque la cosa ni había arrancado.

Ni se les ocurra. Es una trampa para turistas.
P.J.L. Domínguez
          

domingo, 2 de abril de 2017

COMEDIA MULTIMEDIA

Sala: Teatros Luchana Autor: Álvaro Tato Director: Yayo Cáceres Intérpretes: Jacinto Bobo, Fran García, Inma Cuevas y David Ordinas  Duración: 1.15'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no esté en cartel)


La foto no es de la función de los Luchana, falta Ordinas y sobra el aparato de radio del fondo.

¿Saben esa horrible sensación que a uno le embarga cuando alguien quiere hacer gracia sin conseguirlo? Pues eso. El texto es imposible, los gags insufribles (palma de oro para la de los pescadores, que da ganas de ponerse en pie y gritar basta), la letra de las canciones ramplona como una chirigota y la música... mejor no digo nada. ¿Qué le encuentran a esto mis semejantes? No tengo la menor idea. Es como Cervantina -aunque peor- y el coro de alabanzas que Cervantina produjo aún resuena en mis oídos. Ayer me estuve fijando a conciencia en el público: la gran mayoría de caras que alcanzaba a ver esbozaban esa sonrisa de compromiso que uno pone cuando oye algo que se supone que le tiene que hacer gracia. Los dueños de esas mismas caras decían a la salida "sí, sí, qué buena", con el mismo tono de voz con el que dirían "ah, lo pasamos muy bien", cuando la suegra les pregunta qué tal en el cumpleaños de la cuñada. En fin, pueden ser todo elucubraciones mías en el desesperado intento de afrontar el hecho de que esto pueda gustarle a alguien. Los enviaría a ver Zenit que, aun estando lejísimos de las grandes creaciones históricas de Els Joglars, le da mil vueltas a este humorcillo basado en el ripio y en el chiste de primero de la ESO. Además, con pretensiones de cita culta y momentos de trascendencia (el teatro es aquí y ahora, no como esa morralla virtual) y aplauso obligado. Buf.

[Por favor, que nadie piense que la comparación con Els joglars indica que estoy pidiendo un humor más intelectual y/o comprometido. De eso nada. Adoro el humor simple, como el gag de la araña extraterrestre de Yllana (si les cae a mano el espectáculo de los 25 años, no se lo pierdan) o el tradicional del payaso naif. Si está bien hecho, claro]

Diré más. Hasta ahora me estoy cebando en la gracieta. Del escalón superior -la dramaturgia que pudiera dar alguna unidad perceptible a hora y cuarto de espectáculo- mejor nos olvidamos. Como casi siempre se exprime algo hasta a la peor función, ésta me ha servido para conocer a Jacinto Bobo (el de la foto), actor muy capaz al que me gustará ver cuando alguien le saque mayor partido. Hay escenas completas que no provocan que se abra una sima y el teatro se precipite en el abismo del aburrimiento única y exclusivamente porque las defiende Inma Cuevas
P.J.L. Domínguez
          

FURIOSA ESCANDINAVIA

Sala: Teatro Español Autor: Antonio Rojano Director: Víctor Velasco Intérpretes: Sandra Arpa, Irene Ruiz, David Fernández "Fabu" y Francesco Carril Duración: 1.35'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no esté en cartel)


Fabu, Carril, Arpa y Ruiz
Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

BRUMAS

Al crítico se le piden certezas. ¿Qué provecho encontraría el lector en un “no sé yo qué decir”? Se le veda así lo que suele considerarse una postura más inteligente, la de salir, como suele decirse, con más preguntas que respuestas: el teatro como medio para generar la duda, la incertidumbre que el espectador resolverá como pueda en un proceso de maduración personal.

    Uno es espectador antes que crítico y, por más certezas de oficio que se imponga, a veces el sentido común le aconseja la indecisión. Eso me ocurre con Furiosa Escandinavia. Creo haber entendido a dónde quería llegar; no estoy muy seguro de saber si ha llegado. 

El texto de Rojano es potente y da enorme juego escénico. Cuenta –o enreda- la borrosa historia de tres parejas entremezcladas (con dos miembros perdidos, quizá en Noruega): amores en estado de derribo y pastillas para reconstruir recuerdos. Velasco ha exprimido a conciencia las posibilidades de la excelente escenografía de Alejandro Andújar hermosamente iluminada por Lola Barroso. También ha encontrado el lugar interpretativo en el que ubicar estas brumas, pero creo que se excede en las licencias: los gritos de Arpa, por ejemplo. Me gustó Carril, un actor que parece ir creciendo. A ratos se me hizo estupenda, a ratos… no sabría. Seguiré pensando, a ver si maduro.


Y alguna cosilla que no cabía allí:

La vi apenas estrenada, hace semanas. La perplejidad me duró bastante. Hasta que me encontré en la puerta de otro teatro a JL, que me dijo "¡es que no se entiende!". Verán, JL no es el observador recién llegado que mira un Pollock y dice "esto lo puede hacer mi hijo de cuatro años". Aunque algún día les contaré que mi aprecio del arte contemporáneo ha vivido un viaje de ida hasta lo sagrado y vuelta, y que estoy esperando que alguien, de un momento a otro, escriba la gran exégesis de la creación desde las vanguardias incorporando esta apreciación al corpus de hipótesis a tener en cuenta. Pero volvamos al hilo, que me dan un día de fiesta y me pirro por enrollarme. JL ve muchísimo teatro y sabe muchísimo de teatro. "No se entiende" no quiere decir que no sepa perfectamente lo que ha ocurrido desde, al menos, Jarry. 

Me puse a pensar en lo que había dicho, y tiene razón. Furiosa Escandinavia riza en exceso el rizo de jugar al despiste. Entre la estructura a golpe de flash-back y la pastilla reconstruyememoria que la protagonista se chuta, no hay modo de saber si uno debe seguir el hilo que se le propone o simplemente le están haciendo saltar de engaño en engaño. Esto, por sí solo, no la descalifica. Me viene de pronto a la memoria Raíces trenzas, que se parecía un poco en lo de centrifugar en todas direcciones las líneas narrativas. Pero se salvaba más airosa por el lirismo y por el antirrealismo en la escenografía y la interpretación. Furiosa Escandinavia parece animar al espectador -por el realismo escenográfico e interpretativo- a descifrar lo que está ocurriendo, cosa imposible.

No sabría decir, viéndola una sola vez, si esto es achacable ya al texto en origen, o si es la puesta en escena la que ha añadido aún más confusión. Si tuviera que apostar, diría que es un texto muy difícil de poner en escena, pero que podría hacerse mejor, quizá de forma completamente opuesta a la aquí planteada. Velasco ya dirigió antes, y bien, una historia rara, aunque menos rara que ésta. El realismo que le funcionó con El chico de la última fila no aguanta aquí más dosis de rareza. 

Por cierto, las dos estrellas que le pongo en Metrópoli son un error, probablemente mío. Debían ser tres.
P.J.L. Domínguez
          

miércoles, 29 de marzo de 2017

TODO EL TIEMPO DEL MUNDO

Sala: Matadero (Naves del Español) Autor y director: Pablo Messiez Intérpretes: Carlota Gaviño, Rebeca Hernando, Javier Lara, María Morales, José Juan Rodríguez e Íñigo Rodríguez Claro Duración: 1.20'
La función ya no está en cartel


Íñigo Rodríguez Claro, en la zapatería.
Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

EQUILIBRIOS

Nico (The fairest of the seasons) suena en el precioso arranque, como advirtiendo de que el tierno realismo de esta zapatería, que parece anunciar una sosegada reconstrucción de época, es un Macguffin. Ni Messiez ni Nico son amigos de lo obvio. Aunque la delicada atmósfera de ese tiempo pasado con sus partículas de polvo en suspensión no se abandona, el propietario de la zapatería comienza a recibir la visita de unos personajes que todas las noches le hablan de su futuro y de su pasado como si el tiempo no se desplazara siempre en la misma dirección, sino que fuera un único bloque en el que lo ocurrido y lo que ocurrirá comparten presente. Sí, las visitas de Cuento de Navidad después de Einstein.

Casi todo es prodigioso en Todo el tiempo del mundo. Equilibrios: el del texto, entre el sentimiento y lo existencial; el de la música, entre Nico y Messiaen; el de la interpretación, que transita sin sobresaltos entre la realidad y no se sabe qué; el de la dirección, entre la mesura y lo grotesco. Del abanico de excelentes intérpretes hay que mencionar a Íñigo Rodríguez Claro, sostén siempre presente de la credibilidad. El “casi” que encabeza este párrafo es apenas un milímetro (unos minutos de más, alguna caída de tensión, unas pocas frases redundantes) que separa esta magnífica pieza de una obra maestra. Merecería la pena intentar franquearlo.

Y sólo una cosilla que no cabía allí:

Me sorprendió que, en un texto que tiene pasajes brillantes, se subrayara sobre todo un monólogo del protagonista que apenas se aparta de la banalidad. El tono, la tensión, la luz... todo el empuje posible, para terminar intentar dar brillo a algo que no da nada de lo que todo ese esfuerzo parece estar prometiendo.
P.J.L. Domínguez
          

HE NACIDO PARA VERTE SONREÍR

Sala: Teatro de la Abadía Autor: Santiago Loza Director: Pablo Messiez Intérpretes: Isabel Ordaz y Nacho Sánchez Duración: 1.20'
La función ya no está en cartel




Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

INMERSIÓN

Messiez ya movía Todo el tiempo del mundo en regiones lindantes con el melodrama, para el que suponemos que los argentinos tienen una proverbial habilidad. Santiago Loza, también argentino, desarrolló en He nacido para verte sonreír una situación no menos proverbialmente melodramática: una madre se despide del hijo al que debe ingresar en un hospital siquiátrico. Messiez se arremanga y monta un melodrama con todas las de ley. Ojo, no pretende acongojar a base de bramidos de sceneggiata napolitana (y estoy pensando en Festen), sabe que en este género la congoja está a un milímetro de la carcajada. Como le piden los cánones, adoba el invento con música (un bolero, Bizet, Bach…) sin cortarse en la dosis. Y el invento funciona.

    Ordaz brilla como lo que es: una estrella de primera magnitud. Hay tal inmersión en el personaje, un buceo a tanta profundidad, que me pregunto cuánto tiempo le cuesta salir después a su propia superficie. La estrella blanca tiene a su lado a otro intérprete que, sin texto, emite una radiación tan intensa como la de un agujero negro. Nacho Sánchez se reveló en La piedra oscura y no precisa aquí de palabras para confirmarse. Director, escenógrafo e intérpretes han parido un montaje que me parece que planea bastante por encima del texto que le da cimiento.

Y alguna cosilla que no cabía allí:


1.- Como les digo siempre, la memoria, esa encantadora mentirosa, hace prodigios con lo visto en un escenario. Subraya esto, difumina aquello. Sería fantástico hacer un modelo animado de cómo se va construyendo el recuerdo que acaba fosilizado para siempre. La vi hace exactamente veinticinco días, y lo que emerge ahora con más fuerza es la sensación de que no se podía hacer más y mejor que lo hecho por Messiez. También es verdad que, si me ponen Los pescadores de perlas, ya está la mitad del camino superada.

2.- Puse "escenógrafo" y era "escenógrafa". Eso fue un simple lapsus calami (¿lapsus clavis?), pero fue mayor estupidez no nombrar a Elisa Sanz (pinchen aquí y encontrarán referencias a unos cuantos de sus trabajos, aunque por cosas del etiquetado saldrá en primer lugar ESTA entrada; sáltensela). La escenografía representa una cocina hiperrealista rodeada por un ramaje seco con el que se ha confeccionado también la gran lámpara suspendida sobre la mesa. Una referencia cristalina al nido en el que esta madre ha criado a su hijo y del que ahora lo expulsa. La lámpara coprotagoniza -con Nacho Sánchez y la música- el que es quizá el momento más impactante de la función: una prolongada escena muda en el que el muchacho se sube a la mesa para escudriñarla (la lámpara) con ojos de pasmo ante la novedad absoluta de lo que ve. Es como si su cerebro no fuera capaz de recomponer la información fragmentaria que percibimos del mundo, para dar el paso siguiente de reconocer y nombrar.

3.- Le dije a la salida a JM "este chico va a ser un gran actor". Respuesta: "Ya es un gran actor". En efecto. Como ocurrió en La piedra oscura -donde conseguía destacar en posición secundaria-, no hay discusión posible sobre el protagonismo de Ordaz en la pieza, entre otras cosas porque él ni siquiera abre la boca. Pero no es menos cierto que vuelve a revelarse como un intérprete de primer orden. Estos papeles que incluyen discapacidad (desde el grado mínimo de una simple tartamudez hasta los grandes desórdenes mentales, como es el caso) se prestan a composiciones apabullantes e invasoras. Suelen ser vía privilegiada a los premios. A mí -que debo de ser un raro- me resultan cargantes casi siempre, porque omiten que, muy frecuentemente, la discapacidad no es evidente todo el tiempo. Sánchez ha dado con la dosis perfecta. Supongo que no tardaremos mucho en verle hacer un gran protagonista.

4.- Hay un reloj bien visible, que marcha con la función. O sea: mide en tiempo real lo que la función dura. Esto es una proeza que sólo puede calibrar quien ha intentado hacer algo parecido. La madre hace continuas referencias al tiempo que queda para que llegue el padre, así que el asunto no pasa desapercibido. Es una apuesta arriesgada, porque estas cosas pueden despistar al espectador y salir muy mal, pero sale muy bien.
P.J.L. Domínguez
          

domingo, 26 de marzo de 2017

USHUAIA

Sala: Teatro Español Autor: Alberto Conejero Director: Julián Fuentes Reta Intérpretes: José Coronado, Ángela Villar, Daniel Jumillas y Olivia Delcán  Duración: 1.30'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no esté en cartel)




Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

A UN PASO DEL LÍMITE

¿A quién no le asalta a veces la tentación de dejarlo todo y huir para no ser encontrado nunca más? El protagonista de Ushuaia se ha escondido en el límite del mundo, a un paso de los territorios inhabitables, a un paso –dicho de otro modo- de la muerte. Un centímetro más aquí, el sufrimiento inherente a cualquier forma de amor; uno más allí, la nada. Amor y muerte: hermanos, ya lo decía Leopardi.


    Fuentes Reta nos tiene acostumbrados a facturas más redondas que ésta, en la que me parece que se escapa algún fleco. Aparte del espanto microfónico de mi función, que supongo que estará solventado, no termino de ver la utilidad de las proyecciones abstractas en un artefacto móvil que los propios intérpretes arrastran entre los árboles. Y me parece que, más que al abatimiento, Coronado está dirigido casi hacia la somnolencia. 

Pero la potencia del texto –aún con una revelación central que no está a la altura del desarrollo precedente- puede con esas trabas y se impone al espectador. Los saltos y las superposiciones de presente y pasado están escritos con habilidad, la trama mantiene el interés. El director acierta con una atmósfera cargada de connotaciones que roza en algún momento el simbolismo. La pareja joven funciona de perlas: Olivia Delcán, la maravillosa revelación de Hard Candy, protagoniza alguno de los mejores momentos.

Y alguna cosilla que no cabia allí:

En la crítica en papel quedaba un poco críptico lo de la "revelación central". Son pocas líneas, y no dan para avisar al lector de que está uno a punto de contarle la madre del cordero del relato. Aquí sí puedo, quedan formalmente avisados de que el siguiente párrafo DESTRIPA la trama a conciencia. Así que ya lo saben, quien no quiera

SPOILER

que se salte el párrafo que viene ahora.

Y alguno se dirá, "¿y por qué esto de destriparnos la historia?". Pues porque no puedo escribir "la revelación central no está a la altura del resto" y después no decir ni Pamplona sobre el motivo de esa afirmación. Verán, durante toda la función uno es llevado a creer que el protagonista es un nazi que se ha ido a esconder al fin del mundo. La antagonista viaja hasta allí y se ofrece como empleada de hogar para desenmascararlo. Pero, en el último momento, nos enteramos de que no es el malvado nazi que enviaba los trenes de la muerte de Grecia hasta las cámaras de gas, sino su amigo del alma. El malo estaba enamorado de una griega judía, cantante, prostituta y resistente (el personaje más atractivo) y resulta -y aquí viene lo menos verosímil- que su amigo terminó también enamorándose de ella a base de oír cantar sus alabanzas. Cuando se encontró al carnicero encañonando a la chica y a punto de matarla, eligió matarlo a él y facilitar la huida de ella. Lleva una vida añorándola a ella y purgando el dolor de haberlo matado a él.

Repito, poco verosímil. Usted se enamora de alguien porque su superamigo le cuenta constantemente sus maravillas. Y cuando tiene que optar, mata a su amigo y no a la fantasmal amada con quien nunca ha cruzado media palabra. Existían opciones. Hasta una confusión (oscuridad, peligro extremo, nervios) colaría mejor. Pero había otra al alcance de la mano, que me rozó las neuronas cuando Coronado miraba con amor al fantasma de su amigo muerto y me provocó un timbrazo mental pensando en la Gata de la Ochandiano y el trío de Brick, Maggie y Skipper. Coronado podía estar enamorado del malvado nazi y matarlo, en medio de un caos mental de piedad por la muchacha inocente y despecho acumulado contra el amado, a lo que se sumaría la constatación, en ese mismo instante, de que el tipo era el sospechado asesino repulsivo y no el amigo idealizado. Esta opción aún añade más culpa que arrastrar durante el resto de una vida, más motivos para purgar el alma en el confín austral: peor matar al hombre que amas que al amigo al que quieres.

En fin. Dirán, con razón, que esto lo ha escrito Conejero, y que si tan buenas ideas tengo por qué no me pongo yo a escribir. Es muy simple, yo digo todo esto sólo para ilustrar que había alternativas. Él tiene el talento de desplegar una historia con interés dramático (que lo hay, y mucho, en Ushuaia), y yo no. Ya lo saben, el crítico ve los toros desde la barrera.
* * *
Sí, como decía en la Guía, muy buena Olivia Delcán. Proclamé en la crítica de Hard Candy que no había que perderla de vista y, después, en un alarde de coherencia, la perdí de vista. Hizo Amor de Don Perlimplín con Melisa en su jardín y El sueño de una noche de verano, ambas con Darío Facal. No tengo duda de que estaría estupenda. Muy bien tambien Daniel Jumillas (en la foto), al que no conocía. Un tipo con aplomo. Otro motivo para lamentar haberme perdido Yogur / Piano. Jesús, cuánta lamentación en un solo párrafo, ni Jeremías. Coronado, mortecino, ya estaba en la crítica en papel. Villar, monocorde.


* * *
¿Se han fijado en que la frecuencia con la que los nazis transitan por nuestros escenarios haría pensar que somos un país que nunca ha tenido fascismo propio? Se nos da de perlas purgar el pasado ajeno, es el nuestro el que se nos atraganta. Por supuesto, esto no va por Conejero, que viene de analizar las consecuencias del fascismo patrio en La piedra oscura, ni por ningún otro autor concreto, que pueden escribir sobre lo que les venga en gana, estaría bueno. Es el fenómeno sociológico / cultural (huy, se me ha pegado este estilo horroroso de Aramburu en Patria) el que sorprende en su conjunto.
P.J.L. Domínguez