lunes, 27 de mayo de 2013

FLAMENKASS

Sala: Teatro Alfil Autores: Amalia Hornero y Arturo Menoyo Directora: Amalia Hornero Intérpretes: Ludy Ruiz, Amalia Hornero, Julia Murillo, Pepa Chacón y Pablo Rubén Maldonado Duración: 1.05'
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Pablo Rubén Maldonado, Amalia Hornero, Julia Murillo, Ludy Ruiz y Pepa Chacón.


Si son presa del desconcierto al terminar de leer esta crítica, todo estará dentro de lo previsible. Yo también salí desconcertado, y bastante, de la función. Que conste que ésta es una apreciación positiva: de todas las sensaciones que se pueden experimentar en una sala, el desconcierto es una de las más estimulantes.

Amalia Hornero ya venía enredando con el asunto: Flamencas I y Flamencas II. Flamenkass se hizo en noviembre pasado en la Casa de la Portera (y yo sin enterarme). Me fui esta vez al Alfil como quien se va al Alfil. Me explico: es un espacio que basa su enorme éxito en la oferta estable de un teatro de humor bastante característico. Ésa es la base de la creación de públicos fieles, digámoslo de paso. Así que allá que me voy, con el cerebro atravesado en todas direcciones por los surcos neuronales trazados por Yllana, Sexpeare o Chirigóticas.

Pues no. Esto no es teatro de humor del que busca la carcajada constante. Tres flamencas vuelven del más allá y se ponen a cantar y bailar. Sí, en tono de comedia grotesca; se me escapa la risa por momentos. La cosa avanza más o menos... hasta que avanza menos... y termina empantanada, allá por la escena en la que la difunta Pimentona se encarna en una gitana de plástico para recuperar a Toro (su hombre, por emplear una terminología ad hoc). Ahí uno se dice "Dios mío, que termine pronto". De pronto, sin que se note mucho por dónde llega aquello, dos brevísimas escenas de completo y absoluto desfase, desparrame, despiporre, y no me salen más cosas que empiecen por "des". Sí: desmadre desorejado. En una, él (es una de las actrices, claro) está enamorado porque ella es inasible, incomprensible; es, en expresión de ella, "el ideal". Frase cumbre de la función: "¿Darías tu felicidad por saber si soy tonta o misteriosa?". En la otra, dos actrices son el toro y el torero en la plaza, con la tercera gesticulando desde la barrera. Completo y absoluto desconcierto. 

Es posible que los altibajos deriven de que la obra es la amalgama de varias piezas breves anteriores (acabo de enterarme en la página de la Casa de la Portera). Pero, desde luego, aquí hay tomate. Me recuerda, muy lejanamente, a una pieza de Increpación Danza que se tituló Tablao. Y a una cosa de El Curro DT cuyo título no consigo recordar. Hay, desde luego, ideas y talento para empezar con el flamenco y terminar en la vanguardia, adobadas con un buen ojo para los aspectos plásticos y el vestuario (estupendo, estupendísimo). Más dos sorprendentes actrices, cantaora y bailaora en vidas precedentes: Julia Murillo y Pepa Chacón. La Chacón (en la foto), una de ésas que no dan punto sin puntada, hasta cuando no tienen texto. Esta mujer, como muy bien ha visto Hornero, no puede ser sólo bailaora, alguien tendría que ponerla inmediatamente a hacer un Jardiel.

En suma, si buscan un espectáculo redondo para reírse a carcajadas, no vayan. Si les gusta tener localizado a ese tipo de creador que cualquier día revienta con algo estrepitoso, vayan a ver a la Hornero. Flamenkass tiene mucho que pulir por muchos lados, pero abre un camino que Dios sabe a dónde lleva.
P.J.L. Domínguez

domingo, 26 de mayo de 2013

TRES SEGUNDOS

Sala: Sala Triángulo Autores: Carles Harillo, Emilio Williams, Carlos Be, Jesús Ortega y Juan Carlos Rubio Director: Jesús Ortega Intérpretes: Josi Cortés, Fanny Gautier, Mentxu Romero, Juan Caballero, Miguel Ángel Calvo e Isabel PrinzDuración: 1.25'
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Mentxu Romero, Juan Caballero, Josi Cortés, alguien que puede ser Jesús Ortega, Isabel Prinz, Miguel Ángel Calvo y Fanny Gautier.

Esta vez me he lucido. He ido a la Triángulo convencido de que la función estaba en cartel hasta finales de junio, y resulta que sólo queda la del sabado 1 de ese mes. He hecho cosas peores. Una vez fui al teatro que no era, el día que no era, a la hora que no era. Tengo un testigo. En cualquier caso, es posible que no esté muerta (la función, digo). Es fácil de mover, es entretenida, igual salta a alguna parte.



Cinco textos breves de cinco autores. No entiendo mucho todo esto del homenaje a la radio, que inunda la escenografía y la introducción del programa de mano. Se trata de cuatro monólogos y una escena para dos actores que podrían ser teatro radiofónico, pero que podrían exactamente igual no serlo. Que lo hayan sido en realidad, es un dato perfectamente irrelevante para el espectador en la sala. Lo de la radio se mezcla además de forma un tanto confusa con el hilo narrativo común que la voz en off se esfuerza en proporcionar: el portero de una finca nos va explicando que se trata de distintos personajes que viven o pasan por allí. Y resulta que al portero siempre le ha gustado mucho la radio. Bueno.


No hacía falta portero. Los cinco textos son cada uno de su padre y de su madre, pero el teatro tiene recursos de amalgama mejores que una voz en off que propone un pretexto tan banal y que, por definición, debería ser la última de las alternativas (el teatro es acción y todo eso, ya saben). Lo curioso es que esos recursos se usan también, y con acierto: vestuario, escenografía, gestualidad común... Basta y sobra. Ya se encarga la percepción del espectador de poner coherencia. Por otra parte, la voz en off habla mucho, mucho. Es, con diferencia lo más flojo de la propuesta (no me refiero al locutor, claro). Modestamente, creo que la función ganaría si se elinara por completo o, al menos, se redujera al mínimo. Juzguémosla, por tanto, como lo que creo que es: cinco escenas de cinco autores.



Altibajos en los textos. Lo mejor: el juguete de socio-política-ficción 696 de Carlos Be, la aparente inocencia (y encubierta mala leche) de Cuento de hadas de Juan Carlos Rubio y, sobre todo, Biografía de Emilio Williams. Una pena, pero creo que este último es el más breve. Yo lo titularía Delaware: que el gato de la protagonista se llame igual que el estado en el que tuvo lugar el episodio más humillante de su vida ("¡una assistant professor!") es un hallazgo. Lleva en germen cualquier cosa: una novela, una función completa... Es una demostración de cómo se pueden trazar una historia larga y un personaje denso con unos pocos minutos de monólogo. Y es -el gato, las tazas- teatro, teatro: uno no puede escuchar el relato sin visualizar la acción.

Entre los intérpretes, Fanny Gautier lidia estupendamente con el gato Delaware: se le entiende todo lo que yace bajo sus neurosis. Mentxu Romero domina la expresividad de los pequeños gestos en 696, tiene aire de actriz solvente. Juan Caballero, en la misma escena, se tira más a explotar sus recursos de energía, sonrisa y simpatía; esto le funciona, lo sabrá bien, pero no debería abusar. Bueno, lo he tenido delante unos minutos en un único papel, le veo otros registros en vídeo. Y es el que mejor baila. Vaya sorpresa la de Isabel Prinz. Tiene un físico y una voz (que recuerda a la de Mónica Randall) que parecen hechos para la alta comedia. En Un cuento de hadas le toca sugerir un cutreabismo bajo la normalidad más aplastante: lo consigue intercalando breves chispazos de perplejidad o desconcierto en el estereotipo perfecto de la perfecta ama de casa de clase media. Tiene carisma, engancha la atención. Salgo pensando que estaría estupenda en un Mihura, y veo que hizo Sublime decisión. Ahí en la foto... ¿no la ven para un Coward? A Miguel Ángel Calvo se le adivinan recursos, pero quizá no esté tan bien dirigido como el resto. Esto puede (y digo "puede") tener que ver con que su texto es del director, Jesús Ortega. Dirigirse a sí mismo como intérprete o dirigir un texto propio es un camino de ortigas. A Josi Cortés le ha tocado el texto más flojo -casi un stand-up- y está flojita.

sábado, 25 de mayo de 2013

LA NOCHE TOLEDANA

Sala: Teatro Pavón Autor: Lope de Vega (versión de Daniel Pérez) Director: Carlos Marchena Intérpretes: Francisco Ortiz, Jonás Alonso, Guillermo de los Santos, Sole Solís,  Julia Barceló, Elsa González, Laura Romero, Borja Luna, Natalia Huarte, Alba Enríquez, Carlos Cuevas, Manuel Moya, Ignacio Jiménez, Álvaro de Juan, José Gómez y Samuel Viyuela. Duración: 1.45'

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Lope liviano, revoloteador. El Lope más juguetón. Ese Lope que nos daría para varios Kenneth Branagh. No me llamen frívolo. El otro día leía en alguna parte una entrevista a Rafael Pérez Sierra (creo), y resulta que así fue la génesis de esa maravilla de El perro del hortelano. "Me llamó Pilar Miró y me dijo, ¿por qué no hacemos algo tipo Kenneth Branagh?" (cito de memoria). Vamos, que nuestro patrimonio clasico está repleto de comedias que darían para vender a porrillo lo que ahora llaman "marca España" (vaya expresión sin alma, como si el país fuera una fábrica de frutos secos o de embutidos). La noche toledana entre otras. Una encantadora comedia de enredo. Claro, que tenemos al cine ahora mismo como para echar cohetes: si no, me estaría preguntando cómo no se le ocurre a nadie hacer un peliculón con esto. Entre tanto, el teatro -La vida es sueño de Pimenta- cosecha triunfos allende los mares. Perdonen, me he acordado de La monja alférez y me sale sin querer la prosa imperial.

¿Qué buena foto, eh? El autor es Ceferino López.
No sé cuántas veces se representará La noche toledana sin eliminar personajes. Sólo el teatro público está en condiciones de emplear a toda esta gente (y que dure). La versión de Daniel Pérez actualiza lo necesario el texto, lo agiliza un poco y cambia el género de algunos personajes. Por lo demás, me pareció muy respetuosa con el original, aunque estoy lejos de ser un especialista y -ya perdonarán- no he tenido tiempo de mirarlo en detalle.

Natalia Huarte y Manuel Moya.
Para que me entiendan (y sólo para que me entiendan: no se tomen esto al pie de la letra) el aire general de la puesta en escena tira un poco hacia el citado Branagh. Sobre todo al comienzo, con los actores evolucionando sobre el escenario mientras suena la música (Luis Cobo), y en alguna otra transición de este tipo (algo ven en este vídeoPero también va un poco por ahí el estilo interpretativo, algo más fresco que el que suele aplicarse a nuestro teatro clásico. Esto nos daría no ya para una entrada, sino para un tratado. Baste decir que cada género va acumulando una tradición interpretativa que hace que absorbamos con naturalidad un determinado grado de estilización. Digo estilización para evitar el término estereotipo y su connotación negativa, porque el alejamiento respecto a la naturalidad no es una opción negativa per se. Véanse ejemplos extremos como la ópera o el teatro Noh. Aceptamos un tipo de impostación en Calderón que nos resultaría insoportable en, por poner un ejemplo reciente, Arizona. Pues bien, esto quiero decir: que Marchena ha hecho actuar a la Joven Compañía de Teatro Clásico un poco más hacia acá (o hacia ahora) de lo habitual. Algo que una comedia de estas características agradece. Un poco: pasarse en este sentido es también un riesgo; recuerdo ahora un clásico actualizado en el que el protagonista terminaba en tanga rojo. Es también mérito de Marchena la homogeneidad lograda por el numeroso elenco de la Joven Compañía que, recordémoslo, se presenta con esta función.


Borja Luna, Jonás Alonso, Francisco Ortiz y no sé quién más.
Contribuye a la misma sensación de oxigenación la desenfadada y flexible escenografía. La foto de más arriba no le hace justicia, pero no encuentro nada mejor: Rodrigo Zaparaín ha dispuesto esos prismas con puertas que ven ahí, y que los actores pueden mover con facilidad de un lado para otro. Entre el cuidado movimiento de actores y un uso de los prismas que ayuda a plantear con claridad las situaciones, casi entiende uno, y no es fácil, todos los sucesivos enredos de entradas, salidas, y distribuciones de los personajes por las habitaciones de la posada. Todo bien iluminado, con discreción elegante, por Luis Perdiguero.


Natalia Huarte
El papel más complejo es, de largo, el de Lisenda. La protagonista que monta el lío para recuperar al chico. Una de esas mujeres sorprendentemente autónomas en el contexto de un sistema montado para anularlas. Los demás, excepto quizá los de Gerarda, Florencio y Beltrán son más unidireccionales, más de carácter. Natalia Huarte, Lisenda, me pareció una actriz con una madurez bastante por encima de su edad. Tierna, pizpireta o descarada según conviene. También Julia Barceló, Gerarda, hace justicia al papel; creí entrever una vis cómica que puede admitir desarrollo. Se echa quizá en falta que el protagonista masculino, Francisco Ortiz, abra un poco la paleta de registros, pero es cierto que el texto no le da las mismas oportunidades que a Lisenda. Muy bien el amigo sinvergüenza, Beltrán, de Jonás Alonso.

El resto, como decía, son personajes de un solo trazo: la posadera cachondona, el militar tontorrón, el precioso ridículo... Nivel general más que aceptable. Me han dejado más huella en la memoria la pareja de soldados de Carlos Cuevas y Manuel Moya, la chacha vulgarota de Alba Enríquez y la posadera de Sole Solís. Pero son muchos, y seguro que cometo algún injusto olvido. Poco importa: son jóvenes y los veremos más.

Consejo final: un actor o actriz de esta edad DEBE tener información en red clara y accesible. Más si, como es el caso de un par de ellos, tienen homónimos en la profesión. Venga, que es gratis.
P.J.L. Domínguez

domingo, 19 de mayo de 2013

EN CONSTRUCCIÓN



Sala: Teatro del Arte Autores: Carolina Román y Nelson Dante Director: Tristán Ulloa Intérpretes: Carolina Román y Nelson Dante Duración: 1.30'
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Ya sé que no es una expresión brillante, pero déjenme decirles que es una función muy bonita. Preciosa. Me parece que son los adjetivos que mejor le cuadran: simples, modestos y sin pretensiones. Como la propia función, que es como una de esas delicadas flores silvestres capaces de sacarle los colores a la estrepitosa pirotecnia de cualquier orquídea.

Ahora les tengo que decir otra cosa que no quiero decirles, pero que es insoslayable. Es la historia de una pareja de inmigrantes argentinos. Y ahora, por favor, intenten quitarse de la cabeza todas las connotaciones que eso acaba de despertar en sus neuronas. Yo odio el noventa por cien de lo que se produce bajo rótulos tan respetables como "inmigración", "marginación", etc. ¿Por qué? Es muy simple y, bien pensado, horrible. ¿Han visto alguna vez a una anciana contando sus problemas de salud a alguien que no le hace ni caso? Esos problemas le destrozan la vida, pero su interlocutor no encuentra en el relato el enganche suficiente. Estoy leyendo Los Miserables ahora mismo. A Hugo le cuesta 1.946 páginas hacernos comprender el horror de la miseria consentida -y provocada- por quienes podrían evitarla. 1.946 páginas. ¿Por qué? Porque a los seres humanos nos conmueve muchísimo más la más horrenda de las situaciones, si está convenientemente empaquetada en un relato. Es el tópico de lo tranquilos que cenamos con el telediario puesto, mientras la película que pasan a continuación nos hace correr a por los kleenex.

Pues bien, con frecuencia se ven películas o funciones de teatro que se ocupan, con la mejor voluntad, de dramas vivos de toda índole. También de la inmigración. Habré tenido mala suerte, pero la mayoría de las que me han tocado cometen el error de creer que la relevancia del tema salva todo el resto. En construcción es, claro está, un cuadro, verosímil y familiar (en los dos sentidos del término), de la inmigración. Pero es mucho más que eso. Es, sobre todo, un retrato excelente de dos personajes. Es, también, un relato repartido entre conversaciones y monólogos con exquisita habilidad dramatúrgica, de manera que el espectador recompone por su cuenta el rompecabezas de la historia. No hay un gramo de información de más, ahí está el mérito. Como ven, el texto me gustó mucho, y creo que me gustaría más si lo oyera por segunda vez. Sólo tengo una mínima observación: quizá convendría aligerar un pelín la escena de "la buena presencia". Es el único momento en el que el tono desciende un poco, aunque vuelve a levantarse en cuanto entra la breve proyección de una foto.

Tristán Ulloa
Muy bien dirigida. El texto permitía un enorme abanico de registros, sobre todo tenía el riesgo del grito y la exageración. Ulloa ha optado por una salida muy difícil: un tono reposado y uniforme. Es complicado mantener eso durante hora y media sin que se caiga, pero ha salido perfectamente. Supongo que conocía bien a sus actores. Las proyecciones no podrían estar mejor. Hay un excelente vídeo inicial que ambienta la historia (de David Ulloa y Daniel Ortega). Después, algunas fotografías nos muestran la cara de los parientes dejados atrás que pueblan la memoria de la pareja. Tienen una enorme potencia dramatúrgica. Los modestos recursos de iluminación de la sala se explotan muy bien (Eduardo Alonso Chacón), y se combinan con pequeñas fuentes de luz en los espacios donde se desarrolla la historia. Bien integrada la música (Pétalo de sal parece escrita para la función). Bien vestidos (Clara Bilbao). Todo suma, todo contribuye a la sensación de intimidad melancólica. Precioso el final.

Román y Dante, Dante y Román. Tanto monta, monta tanto. Iba a decir "parece que los papeles están escritos para ellos". Claro, como que los han escrito ellos. Pero eso poco quiere decir, porque lo que cada uno cree que es capaz de hacer está a menudo alejado de la realidad objetiva. Bueno, pues éstos lo sabían. Han creado (sobre el papel y en escena) dos maravillosos personajes: una mujer cargada de problemas y de comprensión; un hombre adorable, algo que no está precisamente de moda. Compenetración perfecta. Ambos actores tienen una cara de expresión amplia, abierta, acogedora, como esculpida para estos personajes. No hay aspavientos, ni se alza la voz; no hay desgarro, ni discusiones violentas. Pero se las arreglan para que lo entendamos todo.

Éste es un teatro que no vemos a menudo, con cierto aire de otro tiempo: un teatro de los sentimientos, de la melancolía, aunque no por ello menos anclado en la realidad social. Hecho con modestia intelectual, con modestia expresiva, con modestia de recursos, y con un fantástico resultado. Si les gusta el teatro de cámara, no se la pierdan.
P.J.L. Domínguez


           



sábado, 18 de mayo de 2013

TEMPESTAD


Sala: Teatro Galileo Autor: William Shakespeare (versión de S. Peris-Mencheta) Director: Sergio Peris-Mencheta Intérpretes: Víctor Duplá, Quique Fernández, Antonio Galeano, Pepe Lorente, Xabier Murúa, Eduardo Ruiz, Agustín Tolosa y Javier Sasiáin. Duración: 1.50'
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ATENCIÓN: LO MÁS APROVECHABLE DE ESTA CRÍTICA ESTÁ DESPUÉS DE LA FIRMA

Espantosa adaptación, horrenda puesta en escena. Sólo se salva la (breve) escena de la tormenta, con paraguas, cubos de agua, mástil y plástico agitado por un ventilador. También hay música en directo, proyecciones en lata, proyecciones en directo, escalera, zancos, corona, papelotes, barreño, barquitos, linternas... Eso sí, en cuanto todas estas zarandajas dejan paso a eso de los actores intercambiando frases... la cosa se hunde estrepitosamente. Ni rastro de drama, ni pizca de lirismo... ¿será comedia? A mí no me provocó ni media sonrisa (a mis vecinos de fila, tampoco). Como paso de ponerme a glosar el resto de este despropósito, me voy a limitar a describir mi estado de ánimo en cada uno de los ciento diez minutos de martirio. Ahí va.


Atemorizado - atemorizado - atemorizado - atemorizado - atemorizado - atemorizado - atemorizado - atemorizado - atemorizado - atemorizado - esperanzado - esperanzado - esperanzado - esperanzado - esperanzado - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - indignado - indignado - indignado - indignado - indignado - harto - harto - harto - harto - harto - harto - harto - harto - harto- harto - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido.

Sí, ya sé que Marcos Ordóñez la puso por las nubes. Ustedes verán si le hacen más caso a él. Van, y me lo cuentan después de la hora cincuenta.

Y ahora, una pequeña reflexión sobre eso de que la puso por las nubes. Sí, la compara con En lo más crudo del crudo invierno y con La noche del cazador. Sí, derrama un desmesurado número de elogios: "éxito", "juvenil y jubilosa versión", "buena idea", "frescura"... Ahora bien. Entresaquen los peros. No, esperen. Ya los entresaco yo para ustedes.

* ...con un riesgo evidente: sacarte de la realidad de la isla, algo que sucede más de una vez. [algo que sucede todo el rato, diría yo]

* ...a su interpretación del mago desposeído le falta relieve, furia, melancolía... [o sea, todo; completamente de acuerdo]

* ...Quique Fernández (Miranda/Gonzalo) y Xavier Murúa (Ferdinand/Trínculo) tienen un talento cierto para la comedia y para el matiz, pero hay un exceso de humor en sus composiciones, que enfría su relación y hace que nos desinteresemos un poco: se pierde la inocencia y el descubrimiento de la pasión de esos dos adolescentes... ["exceso de humor", vamos que en vez de hacer gracia, cargan; completamente de acuerdo]

* ...y también echo a faltar en Miranda el paso de la adoración a la rebeldía ante su padre... [se echa en falta eso y todo lo demás; Miranda es una triste caricatura hecha como por un chaval de instituto haciendo el ganso]

* ...lástima que el trío machaque una canción tan hermosa como Full fathom five, que en sus voces parece una maqueta desechada de Golpes Bajos [anda que para ser una buena crítica...]

...aunque a ese soberbio Calibán todavía le falta algo más de peligro y de deseo para la rotunda vuelta al ruedo. [estoy más o menos de acuerdo; Javier Tolosa es el único actor que tiene oportunidad de parecer un actor]

Me pareció ver un cierto barullo en las escenas de los nobles (...) no es fácil servir esa mezcla de brutalidad, megalomanía, conspiración y candidez (Calibán adorando a un dios estúpido y borracho) y hacer que resulte divertida. [o sea, que es aburrida; de acuerdo]

* ...a costa de quedarse con lo más informativo se esfuman no pocos vuelos poéticos de la versión de Manuel Ángel Conejero [en la hoja informativa de mi teatro, la versión es de Peris-Mencheta; de acuerdo en que se esfuma la poesía; respecto a la información conservada, estoy seguro de que quien acuda sin saberse la trama, no se entera de nada]

Es curioso que el tono ditirámbico general conviva con objeciones de semejante calibre, ¿no? Yo no entiendo nada. Ah, y por si alguien sospecha que me cae mal el director: me encantó Incrementum.
P.J.L. Domínguez


P.S. Ahora que se me ha pasado un poco el rebote, aprovecho para recomendarles algo. Como dice el tópico, un clásico es algo que sobrevive a las distintas épocas, porque todas rehacen su lectura. Hay un maravilloso poemá sinfónico de  mi idolatrado Tchaikovsky sobre La tempestad que les recomiendo vivamente. Si son ustedes impacientes consumidores de highlights salten al minuto 10'30'', que es donde arranca el tema lírico por primera vez. Seguro que les engancha para oírselo entero. Utiliza bastante el truco de coitus interruptus (por ejemplo en 12'25'') que luego Mahler llevaría a la cumbre. La recapitulación de este tema, a partir de 15'57'', es como para caer muerto. Eso sí: pónganlo a todo volumen. Tchaikovsky siempre a todo volumen, y cuanto más gay sea la interpretación, mejor. Si los sobreagudos de los violines (20'04'', por ejemplo) no les remueven el páncreas, es que no tienen. Y atentos a cómo el lirismo se transforma en... ¡fanfarria! en 20'50''. Este hombre sabía cómo nadie dónde, alcanzado el punto de saturación, había que hacer ruido para no empalagar la percepción del auditor. Por eso hay más de un botarate que lo toma por chabacano. 

Crítica de Teatroland

Como saben mis lectores, incluyo a menudo enlaces a opiniones que divergen de la mía. Añado cuatro más, sugeridos por el director de la función. Verán más abajo que me ha dejado un amable comentario. No puedo responderle con otro por un pequeño problema técnico, pero si el triste rifirrafe les produce alguna curiosidad, he escrito algo aquí.

Timeandtips
Gentedigital
Vidaenescena
Avuelapluma
           


miércoles, 15 de mayo de 2013

ARIZONA


Sala: Teatro María Guerrero (Sala de la Princesa) Autor: Juan Carlos Rubio Director: Ignacio García Intérpretes: Alejandro Calvo y Aurora Cano Duración: 1.00'
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Aurora Cano y Alejandro Calvo.

El texto tiene sus más y sus menos. Entre sus más, la creación de dos personajes que resultan entrañables por momentos, a pesar de la evidente monstruosidad de la situación. Ella, desde luego. Pero incluso él, cuya deformidad moral parece inasequible al desaliento, deja ver al fondo a un pobre hombre desvalido. Otro acierto: el castellano que hablan estos dos supuestos ciudadanos norteamericanos parece constantemente una traducción del inglés, llena de esos calcos tan molestos cuando, efectivamente, oímos una traducción. "¿Lo hice? / Lo  hiciste"; "¡Oh, Dios!"; "¿Lo sabes, verdad? / "Sí, lo sé"; "Es taaaan hermoso". Aquí provoca un curioso efecto de verosimilitud.



La pega más seria es que el desarrollo dramático da justito justito para la hora que dura la función. Desde el momento en que se desvela explícitamente -ya se sospechaba antes- qué rayos hacen estos dos en el desierto, y hasta el final, no ocurre nada más que el progresivo y previsible agrietamiento de las convicciones de la esposa. En fin, poca chicha.

Dirigirla era, por tanto, un reto, y no creo que se pueda hacer mejor de lo que lo ha hecho Ignacio García, que salva el espectáculo. Con un texto que avanza poco no hay más remedio que introducir elementos que faciliten el avance, y el peligro es siempre exagerar. Aquí todo ayuda. Proyecciones, las justas y necesarias. Artificios escénicos, poquitos y bien medidos: están muy bien las escenas congeladas, entre oscuro y oscuro, que nos presentan a los dos personajes en todo tipo de variaciones posturales y que dan idea del lento paso del tiempo en medio del secarral achicharrado por el sol. 



Estrepitosamente bien puesta la música. No en vano Ignacio García tiene un curriculum (que encontrarán en la página 18 de este documento) que incluye numerosos trabajos de teatro musical. Ha colaborado también con otros directores de escena, aportando la música. Aquí le ha otorgado un papel fundamental: las canciones americanas de la época dorada introducen un elemento contrastante de gran riqueza expresiva y, además, dulcifican la percepción de los monstruos. Es como si viéramos el lado A y el lado B de un vinilo titulado U.S.A. Yo levito con You were meant for me o con Somewhat to watch over me, más si las canta Gene Kelly, supongo que les pasará lo mismo (me pide el cuerpo contarles algo sobre la historia de las dos canciones, pero me voy a refrenar). Se oyen más cosas, desde Send in the clowns (les enlazo a la mejor versión que conozco, la de Elizabeth Taylor, donde fulgura la diferencia entre cantar e interpretar, olvídense de Sinatra o de la Streisand) hasta Stars and stripes. Y música mexicana, rápidamente evitada por los gringos. Todo bien puesto, elevando la temperatura del espectáculo y dando pie a que los protagonistas canten o bailen. Algún momento lírico de excelente teatro, como cuando un micrófono baja del techo y ella canta.

Alejandro Calvo está muy bien, en una especie de Ignatius Reilly torpe y troglodita que, a pesar de ser objetivamente un peligroso maníaco, muestra también un casi tierno desamparo. Aurora Cano es un pedazo de actriz. Es-pec-ta-cu-lar. Su personaje se nutre del Readers's Digest (algún día les hablaré de mi historia de amor con el Digest) y venera al gorila de su marido. Representa uno de los arquetipos que más empatía, compasión y cercanía producen de forma automática: una persona que acepta que es tonta. Todos la queremos desde el primer ademán de sumisión. Y luego la adoramos. Cano no da punto sin puntada, con una enorme capacidad de comunicación gestual, desde los ojos hasta la punta de los dedos. Merece la pena verse la función para verla a ella.
P.J.L. Domínguez
           


LA FUNCIÓN POR HACER


Sala: Teatro de la Abadía Autor: Luigi Pirandello (versión de M. del Arco y A. Tejada) Director: Miguel del Arco Intérpretes: Israel Elejalde, Bárbara Lennie / Teresa Hurtado de Ory, Miriam Montilla, Manuela Paso, Raúl Prieto y Cristóbal Suárez Duración: 1.25'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Excelente foto de Rafa Simón de la función en el Teatro Alhambra de Granada.


Vuelve a la Abadía, y es una gran noticia, La función por hacer. El interés es tal, que me parece justificado reproducir la crítica que publiqué en 2010 en la Guía del Ocio.



Adaptación muy poco libre, aunque el programa diga lo contrario, y que conste que es un elogio. Bastante fiel al texto (recorte de personajes y tiempo, alteraciones de la trama) y rigurosamente fiel al fondo de este monumento de inteligencia que es Seis personajes en busca de autor. Incluso el título adoptado está en el original -Commedia da fare- como indicación de género (aunque supongo que más que indicar, contribuiría al despiste de los atónitos contemporáneos).


En el vestíbulo del Lara. No encuentro fotos de funciones con público, que tendrían
un gran valor documental. Si alguien las tiene, haría un favor público colgándolas.

No es una producción convencional, se huele de lejos. Recuerda a lo que en su día se llamó teatro de arte. Empeño por la excelencia, interpretación desnuda sin truco escenográfico y, sospecho, escasa preocupación por el rendimiento económico. Algunos ensayos semiabiertos y las funciones repletas de gente de la profesión abonan este carácter.

Y vaya si les ha salido bien. Actores jóvenes, pero de denso currículum casi todos. Dos ejemplos: tengo gratísimo recuerdo de Prieto en La señorita Julia de Narros y de Montilla en Los dos caballeros de Verona de Pimenta. Todos frecuentes en televisión (¿Quién se inventó la bobada de que la tele mata a los buenos actores? Viva la televisión, ea, ya lo he dicho). Así que, más que su excelente trabajo, me sorprende la no menos excelente dirección de Miguel del Arco, que tiene experiencia en casi todo lo que se puede hacer en el sector del entretenimiento, pero cuya trayectoria como director teatral es relativamente corta. A esto que ha parido le faltan escasos centímetros para rozar la perfección. Quizá un pelín excedido en el chiste sobre actores y para actores, tal vez un poco de abuso de las distancias cortas, puede que algo parco en el acompañamiento sonoro. "Quizá", "tal vez", "puede", todo esto es discutible. Muchos saldrán aplaudiendo con las orejas.

Si aún no la ha visto, puede pinchar la foto de la izquierda (la única que encuentro que puede estar tomada en la Abadía) para ver el vídeo promocional. 

Si aún no la ha visto, lo que también puede hacer es comprar las entradas a toda velocidad, antes de que vuelen (si es que no han volado ya, como ocurrió con la reposición de Juicio a una zorra). Tras el enorme éxito artístico, las consecuencias de La función por hacer fueron considerables, y todavía colean. Es, por ello, uno de los montajes más relevantes de los últimos años. A saber:


b) Marcó el inicio de la fulgurante carrera como director de escena de Miguel del Arco. No encontrarán en Madrid un solo director novel que no contemple su ejemplo como acicate.

c) Supuso un importante impulso a las carreras de varios de los actores del elenco.

d) Tras saltar del off del vestíbulo del Lara a los circuitos más convencionales, fue una especie de grito de "sí se puede" que contribuyó decisivamente a este panorama que ahora nos rodea de decenas y decenas de funciones estrenadas mediante esfuerzo cooperativo en prácticamente cualquier espacio que se deje.
e) Estéticamente, puso de moda un cierto enfoque: trabajo eminentemente actoral, mínimo acompañamiento escenográfico, cercanía física al público con ubicación a menudo central, interpretación radicalmente naturalista. Por ponerles un par de ejemplos recientes: Maridos y mujeres y Breve ejercicio para sobrevivir

Creo que poco más hay que decir para animarles a verla. Ya me contarán.
P.J.L. Domínguez

SEXPEAREMENTE


Sala: Teatro Alfil Autores, directores e intérpretes: Rulo Pardo y Santiago Molero (Sexpeare) Duración: 1.40'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Pardo y Molero, Molero y Pardo -tanto monta, monta tanto- son Sexpeare. Una rara avis en nuestro panorama. Dos tipos dotados de un extraordinario talento para el humor. Ese género del que siempre se dice que es considerado menor. ¿Quién lo considera menor? Yo no, desde luego.

Tienen talento de sobra para hacerlo todo: escribir, dirigirse y actuar. Lo tienen sobradamente demostrado. Me cuentan maravillas de Hipo, que no vi. Los conocí hace casi diez años en H, el pequeño niño obeso quiere ser cineasta, y sigo admirado. Metahumor, lo llamé entonces. Un metahumor superpuesto a una combinación de surrealismo y humor gestual. No sé si hay en nuestro país alguien con más capacidad para el género. Vi después El título de este espectáculo no es mi madre, que no desmerecía y, hace poco, la versión cinematográfica de Qué pelo más guay: otro artefacto que deja al espectador estupefacto con las fintas de una trama alucinógena.


Sexpearemente, y miren que lo siento, es un pinchazo. Esto tiene el espectáculo, que no hay grande que no patine alguna vez. Se salvan los primeros diez minutos -de un desaforado surrealismo que no admite descripción- y la escena de La casa de Bernarda Alba-ñil. En la función se presenta este último fragmento como perteneciente a un espectáculo completo, pero no encuentro referencia por ninguna parte. Si no es así, recomiendo vivamente su desarrollo. Como cualquier pieza de planteamiento extremo, y ésta lo es en muchos aspectos, la Bernarda Alba es un filón para el planteamiento cómico. Pardo y Molero están sembrados en ese ratillo (ver foto superior).

El resto de la función avanza a trompicones, pierde uno el hilo conductor. Esto tampoco sería mortal de necesidad: también es posible la estructura de gags aislados. Sin embargo, tampoco los gags tienen la comicidad a la que Sexpeare nos tiene acostumbrados. Me temo que, para salvar la cosa, no quedaría más remedio que rehacerla de arriba abajo.
P.J.L. Domínguez

           



martes, 14 de mayo de 2013

ELEPÉ


Sala: La Casa de la Portera Autor y director: Carlos Be Intérpretes: Fran Arráez; Carmen Mayordomo e Iván Ugalde. Duración: 1.20'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Arráez, Mayordomo y Ugalde.
No parece que se vayan a dejar encasillar. Estos tres de la foto, más el autor y alguno más, son The Zombie Company. Les vi primero Exhumación, un thriller histórico-sentimental que, con un retoque de corte y confección, daría perfectamente para una telemovie alemana de ésas de misterio que ahora se ven tanto en la tele. Después, Peceras. Esa vez tocaba drama hiperrealista con final de fábula moral. Y ahora... ¿saben lo que se han marcado ahora? Un musical juke-box entre la comedia y el melodrama. Engaña a primera vista, puede pasar por una cosilla cómica. Pero lo cierto es que tiene aliento, incluso para pasar a mayores. Aunque parece escrita expresamente para este espacio -y lo cierto es que funciona- permitiría un desarrollo con elenco más amplio y en escenario grande. O, quizá sobre todo, una película. Todo esto subraya la habilidad de Carlos Be para nadar en las aguas de todos los géneros sin ahogarse en ninguna. En otras palabras: manteniendo siempre una distancia prudencial respecto a la sumisión a sus convenciones.


Ambientada en los ochenta, la trama desarrolla una especie de historia sentimental de la época con tres personajes arquetípicos cuyas vidas orbitan alrededor de un bar gay, el Elepé. Con un aura de nostalgia cuya verosimilitud sorprende. Dada la edad del autor, parece difícil que pueda sentirla. Aunque estas cosas... Yo también siento nostalgia de lugares y tiempos en los que nunca he estado. En cualquier caso, parece escrita por alguien que hubiera vivido entonces lo mejor de su vida (yo mismo, sin ir más lejos). La selección de canciones contribuye lo suyo a ese ambiente melancólico. Una selección hecha sin prejuicios, desde luego: desde el Por qué a mí de Mari Trini al Vogue de Madonna o el You are not matador de Las Deblas (!Quién se acuerda de Las Deblas! Yo. Yo estuve allí. Ya he puesto "yo" cuatro veces en esta entrada, debería empezar a cuidar el estilo). Con una preciosa versión de Qué sabe nadie, lenta y melancólica, de Carmen Mayordomo mientras se toma el último café de la madrugada e intercala diálogo con Fran Arráez. Es, quizá, la escena más lograda de la función: el regreso a casa a las tantas de la mañana. Ay, juventud, a dónde te habrás ido, cuántas veces me pasaron cosas calcaditas a ésta que ya casi ni recordaba. Arráez,  travestido, es un excelente contraejemplo de cómo el cambio de género puede integrarse en las tripas de una función, y no quedarse en un simple disfraz, como en La monja alférez

Estos tres tipos son unos todoterreno. Es impresionante verlos darse la vuelta como un calcetín respecto a lo que hacían en Peceras hace solo un mes, y construir en ochenta minutos tres caracteres verosímiles -y entrañables- a pesar de la trama disparatada y de las dosis de melodrama. Lo siento, pero no hay más remedio que invocar al tópico Almodóvar, esta vez como elogio. Por cierto: si pagan entrada tendrán derecho a ver a uno/a de ellos completamente desnudo/a. No pienso decirles a quién



Una cosa más tengo que agradecerle a Elepé: me ha hecho recuperar Miel en la nevera, una maravilla de Tino Casal (ese tipo que sería universalmente conocido si llega a nacer en Minnesota). Elepé se ha escrito para convertirla en un remate que parece compuesto ex profeso. Me voy a dormir. A ver si sueño que tengo veinticinco años y que Madrid es, otra vez, un lugar mágico en el que buscar sorpresas; y las sorpresas, todavía, buenas noticias.
P.J.L. Domínguez
           

lunes, 13 de mayo de 2013

LA MONJA ALFÉREZ


Sala: Teatro María Guerrero Autor: Domingo Miras Director: Juan Carlos Rubio Intérpretes: Ramón Barea, Carmen Conesa, Nuria González, Mar del Hoyo, Cristina Marcos, José Luis Martínez, Daniel Muriel, Martiño Rivas, Ángel Ruiz, etc. Duración: 1.50'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Primera escena en el camarote. Todo un poco En Flandes se ha puesto el sol.
Alguna vez leí que atribuían a Lenin aquello de que hay dos tipos de errores. Error tipo uno: "Dos más dos son cinco". Error tipo dos: "Dos más dos son un candelabro". Qué les voy a explicar, la fórmula lo dice todo.

Les contaba el otro día que el Godot de Sanzol en el Valle-Inclán no me gustó nada. Bueno, es un error de dos más dos, cinco. Nada que objetar al texto, nada que objetar al director. Sin embargo, montar esto en un teatro nacional es un candelabro. No pongo en duda que Domingo Miras tenga sobrados méritos para ser representado en el María Guerrero. Pero si los tiene, se deben sin duda a otros textos. Escribí hace poco que La chunga era una cosa más vieja que la tos. Esto es más viejo que la madre de la tos. No me refiero a la fecha de creación (1986), sino al enfoque. ¿Hay que rememorar un personaje histórico? Pues toma biografía empaquetada en casi dos horas. ¿Que ni en dos horas cabe? Pues nos saltamos la más antigua de las verdades de Perogrullo del teatro (el teatro es acción, no narración), y cada vez que toque un lance un poco largo, que lo cuente alguien. Y ya puestos, sumemos un narrador que rellene los huecos. Soporífero.

Aquí la tienen, la propia
Catalina de Erauso.
Eso, respecto a la forma. Respecto al fondo, hay para seguir bostezando. Tomen un bombón de personaje del calibre de una mujer que, allá por el siglo XVII, decide comportarse como un hombre. Pónganse ustedes a escribir después de todo eso que se ha ido llamando derechos de la mujer, cuestión femenina, liberación de la mujer, feminismo... y hasta enfoque de género. Y decidan que todo les da igual, y que lo que les apetece es escribir una biografía de las de verdad, hala, de las de antes: que si fue, y mató, y volvió, y se encontró, y luego vio al otro, y tal, y tal, y tal. Ni rastro de una mirada que pudiera datarse, pongamos, después de 1950.

En fin, un texto trillado en el fondo, aburrido en la forma e imposible de representar sin dormir a las butacas. Me parece que llevaba más de veinticinco años sin estrenar. Si es así, no debería extrañarle a nadie. Pero para terminar este apartado, prefiero dejar que hable el propio autor, en entrevista al CDN.

Pregunta: Quizá por la misma razón ha dicho que su teatro es más para ser leído que representado. Respuesta: Por lo menos hasta ahora, los que lo han leído tienen mejor impresión que los que lo han visto. Sobre todo los profesores de universidad.

Pocas veces habrán visto mostrar tanta lucidez a nadie sobre su propia obra. Lo que he dicho yo en los párrafos anteriores se queda en nada al lado de esto. Vamos, que es mejor leerlo, y además les gusta a los profesores de universidad. Sin comentarios. Pasemos a otra cosa.

Encargarle esto a un director de escena es hacerle un flaco favor. Supongo que, enfrentado al texto, se habrá dicho "algo que habrá que hacer". Y ha optado por poner hasta el neperiano (si es usted nuevo en el blog, siga este enlace para enterarse de qué hablo). Como me resulta imposible redactar de forma coherente el amontonamiento incoherente de elementos, he optado por un resumen. Ahí va, échenle paciencia.


La escena del convento. Comedia de monjas.
Escena en un camarote de barco (foto de más arriba). Realismo. Catalina (1) es Carmen Conesa. Empiezan a hablar, y temo lo peor: En Flandes se ha puesto el sol. Flashback. Se abre el camarote por la mitad, cada mitad se va por su lado, y lo que queda es (pasmo) una especie de entrada al circo, con el cartelón superior rodeado de bombillas, como mandan los cánones (los cánones de Moulin Rouge version 1952 o, mejor, Carnivale). Escena en el convento. Catalina (2) es Mar del Hoyo. Otra función distinta: adiós a Flandes, toca (hablando de tocas, me encantan las de Cristina Marcos) humor blanco de monjas, más Melocotón en almíbar o Luis Lucia que Entre tinieblas, claro. Dios mío, hay narrador. Ramón Barea (pobre), que se supone que sigue leyendo las memorias de la heroína en el camarote del principio, escondido abajo a la derecha del cartel de circo. Engañoso alivio transitorio: la escena funciona. Funciona, luego resultará evidente, porque la sacan adelante Cristina Marcos, Nuria González y Mar del Hoyo. 

Escena en Chile. Los tres mosqueteros.
Al fondo, la entrada al circo de Carnivale.
A la izquierda, la sombra de la cruz de
Beckett o el honor de Dios.
Escena en Chile (creo). Catalina (3) es Martiño Rivas (sí, muy guapo, pero más verde que un pino verde; a este chico le queda camino por recorrer) y está acogida a sagrado en un convento, porque ya va matando por ahí a quien le busque las cosquillas. Otra función distinta: más bien hacia Los tres mosqueteros (la de Gene Kelly), si no fuera porque el fraile (pobre Ángel Ruiz) está en otra función distinta (entre El jovencito Frankenstein y Jeromín) y la gran cruz colgada en lo alto en otra función distinta (Beckett o el honor de Dios, por ejemplo). Al final de la escena, Catalina (o sea, Manu) nos narra lo que acaba de perpetrar en una correría fuera del convento (mata más gente, incluido su propio hermano). Como ya estamos todos hasta el moño de narraciones (y queda más de una hora de función), feliz idea: se abre el telón rojo de la entrada del circo y se proyecta el lance en sombras chinescas. Como lo oyen. Sobre una pantalla lisa y pura, pantallazo central como en el cole. Feo, y de otra función distinta, tan mala que no encuentro referente. 

Escena en los Andes. Topos del sufrimiento en los
vastos espacios de las Indias. Hasta que llega el
humo y la cruz se ilumina, y ya no sabemos ni
dónde estamos. 
Escena atravesando los Andes hacia Tucumán. Catalina (4) es Cristina Ramos. En alguna de los momentos de transición, aparecen los figurantes en función de utileros, que están, a la vez, en otras dos funciones distintas: Piratas del Caribe (vestuario) y El mayor espectáculo del mundo (volatines). Ahora que lo pienso, hay precedente: El temible burlón. Otra función distinta: la cruz se tumba en el suelo, desprende luz, entra el humo. Catalina (o sea, Cristina Marcos) vive un calvario agónico de frío, hambre y agotamiento. Pero hace equilibrios sobre la cruz tumbada. Ahora estamos casi conceptuales, cuando la cruz de nuevo en pie, e invertida, es un árbol. ¿Querrá decir algo?, nos pregunta nuestro lado de exégeta. No, nos responde nuestro lado sensato, no quiere decir nada. No me pregunten cómo, pero a pesar de todo eso, y de la plasta de texto, Marcos sale airosa. La cruz la ha puesto en pie un otomano de la guardia de la Sublime Puerta (se quita la camisa de pirata del caribe y el efecto es ése) que viene de otra función distinta (Los pescadores de perlas). En el momento de mayor dramatismo, zas, cambio de iluminación, y vemos perfectamente el decorado circense, que viene al pelo para destrozar lo que Marcos estaba intentando hacer. 

Escena en La Paz. Catalina (5) es Nuria González. Aparece una mujer que huye de la venganza de su marido, y que, al entrar, le pega un golpe al muerto de la escena anterior, para recordarle que tiene que salir. Éste lo recuerda y sale. Es un ademán de otra función distinta, hasta ahora el tono no permitía esas licencias. Catalina (o sea, Nuria González) requiebra a la señora y le asegura su ayuda. Llaman a la puerta del convento, que está detrás. Se abre el torno. Dentro está la cabeza de una monja (pobre Ángel Ruiz) embutida en un prisma que (supongo) figura el espacio interior del torno (pasmo). La escena ha vuelto más o menos a Los tres mosqueteros, pero la monja es prima del fraile que estaba en El jovencito Frankenstein. Cuando sale del convento lleva puesto el prisma en la cabeza (pasmo). Entre tanto, la mujer ha narrado (no faltaba más, no se imaginan la cantidad de cosas que se han narrado ya) una escena de "cielos, mi marido" que mima con la ayuda de un figurante-amante y (oh pasmo de los pasmos) con Dani Muriel, que hace una gloriosa entrada desde otra función distinta (La venganza de Don Mendo - Monty Pithon - Martes y Trece) incluido apuñalamiento múltiple del amante a cámara rápida, que recuerda a Miriam Díaz-Aroca en Tacones lejanos. Además mueve la boca acompañando el texto que su mujer declama. Inenarrable. Lo siento, ya no hay fotos de las escenas que quedan.

Escena en Cuzco. Catalina (6) es Ángel Ruiz. El bar está por la derecha en otra función distintaCurro Jiménez en el siglo XVII. Por la izquierda, roza Mad Max, gracias al atavío de el Cid, un matón que por allí anda. Quizá para aligerar el tostón insoportable de la narración (otra vez) de las hazañas de Catalina (o sea, Ángel Ruiz), y por si faltara heterogeneidad, sus tres compañeros de juego introducen una novedad de otra función distinta: hacen simultáneamente los mismos movimientos (ahora me suena que hay detalles de este tipo en los citados Tres mosqueteros, pero no estoy seguro). Ruiz pone realmente todo lo que está en su mano por hacer pasar el trago.

Escena en Huamanga. Catalina (7) es Daniel Muriel. En el preámbulo de los amanerados clérigos, Martiño Rivas sirve vino en una copa que, abandonada a su bola, se sostiene sola en el aire (pasmo, miradas entre los espectadores en las filas de delante). La otra función distinta de este ratito es La jaula de las locasEl obispo ofrece asilo a Catalina (o sea, a Daniel Muriel) y le suelta una arenga para que se arrepienta de sus fechorías. Aquí hay unos pocos minutos de teatro gracias a Ángel Ruiz. Pero, para que no duren demasiado, zas, otra función distintaVértigo. Sobre la arrepentida Catalina se proyecta la consabida espiral giratoria. La escena incluye la grotesca irrupción de una dueña vestida como para la rechifla de una despedida de soltero, y la de Muriel de monja. No sé si me siguen. Es un hombre que hace de mujer vestida de hombre, hasta que en este momento es un hombre que hace de mujer vestida de mujer. Sólo que parece un hombre mal vestido de mujer en la fiesta de Nochevieja.

Escena en Roma. Catalina (7) es José Luis Martínez. Aquí hay cardenal y papa (ambos mujeres), trampilla, elevador y superefecto de vestuario. Cuando el papa (papisa) ataviado con la enorme túnica en que se han convertido las cortinas de entrada al circo (se lo juro) se eleva en el aire de otra función distinta y es dramáticamente iluminado... ya no sé qué decirles, se me agota la capacidad de analogía. Me pasa por la cabeza Dune, la materialización de la diosa sangrienta de True Blood... y no sé qué más, pero entiendan cómo tengo el cerebro después de contar todo esto. También hay desmaterialización. El papa y el cardenal nos dan la espalda y se alejan. Por el camino, alguien le pone al segundo una capa entre Las amistades peligrosas y El fantasma de la ópera. Cuando el papa se gira a mirarnos y retira su mano del hombro de su compañero, pof, la capa cae al suelo: el cardenal ya no está dentro. Creo que es el momento de decirles que los créditos incluyen un asesor de magia. Como lo oyen. 

Escena final. Catalina es otra vez Carmen Conesa (1), qué descanso. Vuelta a En Flandes se ha puesto el sol. Gran derroche de imaginación: en el rótulo circense de lo alto se tapa una ene y leemos "La mona alférez", para introducir el parlamento de la protagonista, que se queja exactamente de ser una mona de feria. Cuánta sutileza. Ahí se nos confirma a todos la hipótesis de que el toque escenográfico circense que la pobre función ha tenido que soportar durante ciento diez minutos, como un Cristo soportaría dos pistolas, se justifica por esto. Fin.





Que conste que que les he largado sólo un resumen, y que me dejo unos cuantos millones de cosas más: proyecciones de crepúsculos y cielos estrellados (estrellados en los dos sentidos del término), enormes velas al viento, pañuelos de prestidigitador que se inmiscuyen en un diálogo...

Se salvan de este naufragio casi todos los actores -ya hemos citado la excepción- que ciertamente trabajan como condenados por sacar la cosa adelante. Es tremendo ver en tal pastel a gente a la que aprecio tanto como a Cristina Marcos, Ramón Barea, Ángel Ruiz, Daniel Muriel, Nuria González o Carmen Conesa. Mi función estaba muy floja de público. Se oían comentarios airados a la salida (ya saben que me gusta poner la oreja). Y esto tiene que tirar hasta el 2 de junio. Para que no me acusen de sectario, les dejo más abajo los enlaces a otras críticas. En general, ha sido más benévola la crítica en papel que la digital. Curioso.
P.J.L. Domínguez


P.S. (del 10 de junio): la vida es perfecta a veces. Habrán leído ahí arriba que no tenía referencia para la elevación del papa. Ya la tengo: la canción moldava del Festival de Eurovisión. Vayan al 3'40''.