domingo, 30 de junio de 2013

LOS MISERABLES

Sala: Teatro Victoria Autor: Víctor Hugo (versión dramática de Paloma Mejía) Directora: Paloma Mejía Intérpretes: No constan Duración: 1.50' (entreacto de cinco minutos)
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)



Mis lectores asiduos quizá recuerden que andaba yo leyendo Los miserables. Lo que no saben es que llevaba un par de años buscando hueco para ir a verla al Teatro Victoria, donde está en ubicación y horario complicados para mis costumbres. Es una sala peculiar, tanto de configuración arquitectónica (poco más que un salón de actos) como de programación: una vez salí corriendo de un Jardiel imposible. También la compañía Máscara Laroye es peculiar: además de Los miserables, ha tenido en cartel hasta hace poco un Cyrano de Bergerac, como las antiguas compañías de repertorio. Pero entre que la función lleva más de dos años representándose -"algo tendrá" se dice uno- y que estoy un poco obsesionado con Hugo últimamente, allá que me fui.



Allá que me fui, y allá que me encontré con una de las cosas más difíciles de reseñar que me he encontrado nunca. Vamos por partes. Casi todo está mal (este "casi" es importante, como veremos más abajo). En primer lugar, las enormes diferencias de capacidad entre actores y actrices, que van de la dignidad profesional a lo bochornoso. Pero sumen también una iluminación azul y roja casi a piñón fijo, un vestuario imposible a ratos, una caracterización más propia de fiesta de disfraces... y se preguntarán qué hago escribiendo sobre eso. Efectivamente, uno se aplica como crítico en cosas que superan un determinado umbral de profesionalidad. Sería absurdo, como les he dicho alguna vez, irse a la función de fin de curso de un colegio de primaria y publicar una crítica en el mismo lugar en el que la víspera ha aparecido la crítica de La Zaranda. Dicho de otro modo: por malísima que sea la crítica que un espectáculo recibe, el hecho de recibirla supone ya su aceptación en un determinado estándar de criticabilidad, llamémoslo así. 



Pues bien, la sucinta descripción que he esbozado más arriba de Los miserables de Máscara Laroye podría hacer pensar que estamos ante algo por debajo del nivel de criticabilidad. Sin embargo, ya les he dicho que pocas veces me he encontrado con algo más difícil de comentar. El adjetivo para muchas de las cosas que se ven en el escenario sería bochornoso tomadas aisladamente. Pero, ¡oh, sorpresa!, resulta que el conjunto avanza con cierta dignidad. Vi la función hace tres días. Llevo ese tiempo preguntándome cómo es posible que, a pesar de tanto obstáculo, enganche la atención y mantenga el interés durante los ciento diez minutos que dura. Tengo sólo una hipótesis: por una parte, es una excelente versión dramática de una excelentísima trama de novela; por otra, las cosas van que vuelan sobre el escenario. O sea: pasan cosas muy interesantes y pasan muy rápido. No hay forma de aburrirse.


Tanto lo primero como lo segundo se debe a Paloma Mejía, autora de la versión y directora. Es sorprendente, pero no falta prácticamente nada de lo que ocurre en dos mil páginas de novela. Lo que no se representa, se resume con habilidad en los diálogos (dialogando, no narrando, les recuerdo La monja alférez). Donde ha hecho falta, se ha  sumado un personaje: era la única manera de representar la bajada a los infiernos de Fantine. Donde no hacían falta, se han podado. Donde el efecto escenográfico era difícil de plantear, se ha cambiado (Marius se esconde en un baúl en vez de mirar por un agujero de la pared) o se ha estilizado la acción (el eventual realismo de la barricada se sustituye por movimientos estilizados de actores). En la gigantesca operación de reducción del texto se salva prácticamente todo lo indispensable, exceptuados, claro está, los enorme excursos que Hugo (en la foto) inserta en la novela. Mejía tiene el acierto -y esto es lo que puso alerta mi atención- de arrancar la función con los que, a mi juicio, son los párrafos centrales de la obra: los que plantean la enorme desproporción entre la culpa de Valjean y la culpa de la sociedad que lo ha empujado al abismo (aquí tienen una traducción). Yo la hubiera rematado repitiéndolos. Pero yo no soy director de escena, por suerte para todos.

En fin, lo principal es que el respetable parece divertirse, y eso explica el prolongadísimo período en cartel. Puesto que estoy terminando la novela ahora mismo y no soy, por tanto, válido como prueba del algodón, pregunté a cinco personas que salían conmigo del teatro si creían haber entendido la trama: respuesta unánimente afirmativa. Lo dicho: la adaptación funciona.

La sala no proporciona programa de mano, y me temo que el elenco reflejado en la página web de la compañía no es el actual. He hecho lo que he podido para identificar a los actores de mi función, pero no lo he logrado con todos. Tengo que decir que me gustaron algunos. Fantine, bien instalada en el melodrama, que es su sitio, por Silvia García (me dicen que así se llama, si alguien me detecta errores, que me avise si es tan amable). También eficaz quien se encargó de Fauchelevent (el jardinero del Petit-Picpus) y de Gillenormand, pero no doy con su nombre. Bien el Enjolras de Fidel Betancourt, energético como debe ser. Bien Cosette, que tampoco sé cómo se llama. Y, decididamente lo mejor de la función, el Marius de Carlos Alté: ingenuo, voluntarioso, lleno de encanto. Este chico tiene un físico que puede ayudarle, y también estorbarle mucho si quiere convertirse en actor. A mí me pareció que tiene madera. Es joven, que estudie. Les he puesto una foto un poco absurda, pero es la única que encuentro (¡parece mentira que haya actores de esta edad sin presencia virtual en condiciones!). Se salva algún secundario más; los papeles principales restantes, francamente mejorables.

Si tengo un rato estos días, algo añadiré sobre Hugo, que me tiene abducido últimamente.
P.J.L. Domínguez
           

martes, 25 de junio de 2013

CELOS Y AGRAVIOS

Sala: Teatro Fígaro Adolfo Marsillach Autor: Francisco de Rojas Zorrila (versión de Liuba Cid) Directora: Liuba Cid Intérpretes: Vladimir Cruz, Justo Salas, Claudia López, Dayana Contreras, Luis Castellanos, Yolanda Ruiz, Rey Montesinos, Gabriel Buenaventura y Joanna González Duración: 1.30'


Vladimir Cruz, Claudia López, Justo Salas (abajo), Luis Castellanos, Gabriel Buenaventura, Dayana Contreras (abajo), Yolanda Ruiz y Rey Montesinos. Mephisto Teatro.


Donde hay agravios no hay celos fue, con Entre bobos anda el juego, la comedia más popular de Francisco de Rojas Zorrilla. Estamos acostumbrados a que el honor -el dichoso, puntilloso y picajoso honor español del XVII- sea, cuando no el desencadenante de la acción, al menos el elemento ambiental más destacado del teatro del Siglo de Oro. Lo que esta comedia plantea es tal acumulación de cuestiones de honor sobre el mismo personaje, que el efecto pasa a ser cómico. Cómico ahora, en su época debía de ser desternillante, cuando los espectadores veían en escena su propio código de conducta llevado a la exasperación. El pobre Don Juan de Alvarado se encuentra con que Don Lope ha matado a su hermano, ha deshonrado (traducción: se ha tirado) a su hermana y es sospechoso de andar trasteando con su prometida. ¿Qué debe primar en la conducta a seguir para lavar su honra? Demasiada ansiedad para una época anterior al Orfidal.




Resulta que, en su otra personalidad, Rojas Zorrilla estaba casi especializado en lo que González Cañal llama "gusto por las escenas truculentas y por infundir horror al espectador", con "situaciones ultratrágicas (fratricidios, filicidios, violaciones)" presentando "conflictos de honor muy poco comunes en nuestro teatro" (Cotarelo, citado por González Cañal). Vamos, que por una parte exprimía las posibilidades trágicas del asunto y, por otra, usaba la misma habilidad en el manejo de estos sofisticados códigos para provocar la risa. Mutatis mutandis, como el Muñoz Seca, santo patrón de este blog, de La venganza de Don Mendo. ¿No les parece que hay que ser un tipo listo y, sobre todo, creerse en el fondo muy poco todo el montaje para ser capaz de sacarle partido por ambos lados? Me cae simpático este Rojas. Y, encima, se me da un aire.



Los más asiduos quizá recuerden lo que les decía el otro día a propósito de La noche toledana y del mayor o menor grado de realismo o estilización en la interpretación. Decía allí que siempre toleramos un grado más de impostación en los clásicos que en el teatro contemporáneo, y que La noche toledana estaba, con la intención de refrescar su aspecto, un poco más acá de lo que acostumbramos ver. O sea: un poco menos declamada y un poco más natural. Pues bien, la versión de Liuba Cid de Celos y agravios se va al otro extremo, y es un contraste muy estimulante respecto a las puestas en escena que dominan en nuestro ambiente. Olviden cualquier aproximación al realismo. Cid, que es cubana, se ha dejado impregnar por la tradición del teatro bufo colonial, debajo del cual late la Comedia del Arte. O sea: todo es mohín, gestualidad que subraya cada una de las palabras, gesticulación ininterrumpida tanto del personaje que habla como de los segundos planos. Les he puesto un par de fotos que dan idea de lo que se trata.


Como es lógico, esta opción exige milimetrarlo todo. Los gestos y el movimiento de actores deben estar planeados y medidos para que el conjunto no parezca una chirigota de Cádiz. Ahí radica el mérito principal de un montaje en el que nada se sale de la orquestación y todo encaja con coherencia. Quizá esa misma sea la única pega: un cierto abuso ininterrumpido de la velocidad, la impostación y la gesticulación. Los contados momentos en los que la intensidad desciende se agradecen. No estaría mal espolvorear alguno más para esponjar un poco la masa. Brillan, por su excelente dirección, algunas escenas: las de conjunto en general y, por ejemplo, el intercambio de versos de la pareja central, con el clave en directo (electrónico, pero digno) intercalado.

La compañía, muy coherente en el registro elegido. Excepto el protagonista, claro está, al que le están dando todas en el mismo carrillo y que debe mantener una cierta seriedad que exige aligerar la carga de estilización. Suele ser una trampa mortal para galanes (hablamos en su día de este efecto respecto a Los habitantes de la casa deshabitada y La noche toledana), pero Vladimir Cruz sale más que airoso. No parece idiota, que suele ser lo que ocurre habitualmente. Les parecerá fácil, pero de fácil no tiene nada. Todos -y digo todos- están muy bien, y todos tienen algún momento de especial brillo, incluso los papeles con menos texto. Luis Castellanos esquiva peligros similares a los del protagonista. Claudia López y Yolanda Ruiz, casi en registro de muñecas mecánicas, en el punto justo entre pizpiretas, sorprendidas y desmayadas. Dayana Contreras, exhibiendo el desparpajo necesario para la criada descarada. A Gabriel Buenaventura dan ganas de verlo haciendo de Arlequín. Estupendo el criado de Justo Salas y ma-ra-vi-llo-so el precioso ridículo de Rey Montesinos, que compone un idiota memorable.


Mención aparte para el vestuario de Tony Díaz, del que algo aprecian en las fotos. No sólo es de una extraordinaria belleza plástica, sino que además participa, como es esencial en el vestuario de teatro, en la construcción de los personajes y de la idea global que se transmite al espectador. Respecto a lo primero: el rebuscado barroquismo de los trajes impide a muchos de los actores la libertad de movimientos. Bien resuelta como está la cosa, el impedimento contribuye a conseguir el estilo de gesticulación reseñado. 

Entré al Fígaro un domingo en el que lo que me pedía el cuerpo era quedarme en casa, y lo pasé pipa. La magia del teatro, ya saben.
P.J.L. Domínguez
           

sábado, 22 de junio de 2013

EL RÉGIMEN DEL PIENSO

Sala: Teatro María Guerrero Autor: Eusebio Calonge Director: Paco de la Zaranda Intérpretes: Luis Enrique Bustos, Gaspar Campuzano, Francisco Sánchez y Javier Semprún Duración: 1.25'


Luis Enrique Bustos, Francisco Sánchez, Javier Semprún y Gaspar Campuzano
Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:
Atención, que la temporada no ha terminado: acaba de estrenarse una de sus propuestas más interesantes. La Zaranda, tras treinta y cinco años siendo un punto de referencia ineludible de nuestro teatro, da buena prueba de estar más viva que nunca. No he visto, oído ni leído nada (literatura, ensayo, teatro ni discurso político) que retrate con más inteligencia la catástrofe que vivimos, este desmoronamiento de lo que dábamos por hecho, desde la seguridad económica hasta las certezas morales.

Hay de todo en El régimen del pienso. La burocracia de Kafka, el humor triste de Edoardo de Filippo, la crítica social más despiadada. La exquisita música de Hummel y la pachanga de Alma española. La tradicional utilería povera de La zaranda y un refinamiento de escenografía e iluminación que no desentonaría en la vanguardia más estetizante. Un texto de Calonge en el que, como en toda alegoría que se precie, el conjunto es transparente sin que los detalles tengan que ser explícitos. Y una interpretación redonda a todos los niveles: gesto, voz, intención.

Para espectadores bien despiertos.

Y lo que no cabía allí (las frases en negrita son los enlaces entre ambos textos):

La Zaranda da buena prueba de estar más viva que nunca. Como les he dicho alguna vez, el aburrimiento es una de las fuerzas que mueve al mundo. Nadie está contento con lo que tiene. Ése es uno de los motivos por los que exigimos a los creadores que se muevan, que inventen lo que sea, por muy bien que estuviera lo que inventaron antes. Si Mozart hubiera sido agraciado con la inmortalidad y siguiera componiendo en su estilo habitual, su sinfonía nº 1.287 sería vilipendiada con el mismo entusiasmo con el que alabamos la 41. La Zaranda había consolidado una forma de hacer teatro unánimemente alabada, pero que todos íbamos a ver como quien va al consabido concierto de Mozart: sabiendo a lo que va. Pues bien, esta vez -y por mucha Zaranda que haya visto uno- saldrán otra vez con la sensación de novedad. He ido a buscar la crítica de Marcos Ordóñez, y resulta que empieza precisamente por esto, utilizando la expresión "sensación renovada de que has vuelto a los primeros setenta". Feliz expresión, que aúna la continuidad y la renovación. Nunca escribiré como este hombre, así que tendré que seguir citándolo.

No he visto, oído ni leído nada que retrate con más inteligencia la catástrofe que vivimos. No solo. El régimen del pienso no es una obra de coyuntura. Si siguiéramos en los dorados años del ladrillo valdría lo mismo: nos estaría recordando que detrás del oropel está la cochiquera. Pero ahora mismo es imposible no relacionarla automáticamente con el cataclismo social.

Hay de todo en El régimen del pienso. Es un artefacto complejo. Toda la crítica pone de relieve, al menos, el componente kafkiano (ya saben, burocracia demenciada) y el humor, un humor amargo con posos de siglos de aguantoformo, que a mí me recuerda bastante a la ironía resignada de tantos personajes de De Filippo. El comentario musical es la bomba: reproduce esta misma mixtura de tristeza serena por un lado (el concierto para trompeta de Hummel) y pachanga bullanguera por otro (Orlando Portocarrero y su banda, toma, se lo han debido de encontrar en vaya a usted a saber qué almoneda perdida).

La tradicional utilería povera de La Zaranda y un refinamiento de la escenografía y la iluminación que no desentonaría en la vanguardia más estetizante. Y no sólo. Además de la belleza plástica de muchos momentos del montaje, los escasos elementos en escena (estanterías, archivadores de esos de A-Z en el lomo, flexos, cables) se integran en la acción, son la muleta de los movimientos de actores, todo el tiempo en danza de aquí para allá arrastrando estanterías, apilando archivadores o reubicando flexos. Dicho sea de paso: me hubiera gustado ver los ensayos, la que han tenido que armar para no hacerse un lío con los cables (ver foto de más abajo).


Los actores deambulan por el escenarío portando esos flexos, conectados a los
cables que ven en la foto. Sin desmorrarse. Tienen la acción tan integrada que
los pequeños contratiempos -una bombilla que se funde- son digeridos con
naturalidad.
Un texto de Calonge en el que, como en toda alegoría que se precie, el conjunto es transparente sin que los detalles tengan que ser explícitos. El texto, que a Ordóñez no le gusta tanto como otros anteriores, me pareció la bomba (y diría ahora, de memoria, que al resto de la crítica de Madrid, también, a ver si tengo tiempo mañana de ponerles los enlaces). Los cerdos -a los que se alude pero que no vemos más que evocados por máscaras- los burócratas y los médicos componen una radiografía escalofriante de nuestra sociedad. Con esas breves e insistentes repeticiones típicas de su autor que, bien dichas, resultan a a la vez -paradoja posible- en un cierto realismo de sainete y en un alejamiento kafkiano.

Y una interpretación redonda a todos los niveles: gesto, voz, intención. Poco podría decir de estos tipos que no se haya dicho ya hasta la saciedad. Pero déjenme entusiasmarme con Francisco Sánchez, y contarles que nunca un vivo se pareció más a un muerto que en la composición de Javier Semprún. Respecto al efecto de conjunto de este prodigio de comunicación, vuelvo a recurrir a Ordóñez: "liturgia, estilazo".
P.J.L. Domínguez
           


lunes, 17 de junio de 2013

SERENA APOCALIPSIS

Sala: Teatro Valle-Inclán Autor: Verónica Fernández Director: Antonio C. Guijosa Intérpretes: Quique Fernández, Lucía Fuengallego, Fael García, Elena González, Alberto Iglesias, Esosa Omo y Almudena Ramos Duración: 1.45'


Quique Fernández, Elena González, Almudena Ramos y Fael García.


Sí, el título parece un error de concordancia. ¿Por qué no Sereno Apocalipsis? Al final del texto parece entenderse el motivo, pero es un motivo excesivamente liviano como para justificar la extrañeza de una Apocalipsis así, en femenino. Quizá con una coma... Serena, Apocalipsis.



Para empezar, tengo algo que agradecer: la agradable sensación de no ser el único loco que habita el planeta. Me asaltan las visiones dantescas del futuro... iba a decir desde el comienzo de la crisis, pero empezaron mucho antes. Durante toda mi edad adulta, cada vez que he entrado en una vertiginosa terminal aérea, en un metro hipertecnológico o en un hotel de lujo, los he visto reducidos a escombros y convertidos en guarida de alimañas o refugio de supervivientes. No crean que por un exceso de ciencia-ficción, sino por la conciencia creciente de que nuestro bienestar económico (incluso lo de ahora se puede llamar así, si mira uno con perspectiva histórica) está abocado al desastre. Sólo espero que no me pille.


Pues bien, llega Verónica Fernández (la de la foto) y compruebo que estas cosas le pasan a más gente. Porque de esto va el asunto: como consecuencia de las convulsiones provocadas por la crisis, el horizonte de estos personajes -que tuvieron una vida normal- ha quedado reducido a un parque en el que sobreviven como pueden, cercados por la violencia, la miseria y unas extrañas bestias. Olviden que el tema es, en este caso, de política-ficción, de crítica sociopolítica o como quieran llamarlo. Es lo que menos importa del texto. Hemos visto historias de este corte a patadas: un grupo confinado en un pequeño espacio y rodeado por un entorno amenazador. Naves espaciales encalladas en planetas ignotos, submarinos detenidos en las profundidades abisales... Por muy brillante que sea el planteamiento inicial, y si quieren ser algo más que un videojuego o una novela de Agatha Christie, sólo se pueden sustentar en las relaciones dramáticas entre los personajes que la situación provoca. De eso va exactamente Serena Apocalipsis. No es sorprendente que una experimentada guionista como Verónica Fernández opte por un reto de este tipo: resolver satisfactoriamente una situación canónica.

La historia más tramposa jamás contada.

Durante su primera mitad, la función parece un galeón que se encamina con todas las velas desplegadas directamente al desastre. Mucho dato, mucha presentación, mucho precedente. Con algún detalle de inverosimilitud insuperable, como que los bichos de fuera se llamen jabalidogs. Todo parece indicar que nos encaminamos al efecto el-señor-de-los-anillos (más conocido como Deus ex-machina). El efecto el-señor-de-los-anillos es una de las peores cosas que un autor puede hacerle a un lector / espectador. Me explico. Gondwin, Baltrath y Reysnar se encuentran de espaldas al despeñadero de Agar-Montwon, a punto de ser engullidos por una multitud de aves Prokprok. Uno se pregunta si los tres protagonistas mueren y todo se termina ahí. De pronto, Gondwin recuerda que durante la luna llena de marzo los elfólidos acuden en masa a ayudar a cualquiera que frote la piedra Gurtrendlowr y tenga el corazón puro. Frota, acuden y se salvan (tenía el corazón puro). Ahora bien: NADIE nos había contado esto. Es como jugar al parchís con alguien que nos oculta reglas y que las proclama en el momento en que le conviene. El narrador se había metido en un charco de semejantes proporciones que, o llegan los elfólidos esos de los que nadie había oído hablar, o no tiene forma de encontrar un final. Esto último se llama el-efecto-perdidos

Tranquilos. Al contrario que el oso de Perdidos, el pato Barak tiene una plena 
justificación dramatúrgica.

Serena Apocalipsis nos va informando de que los jabalidogs salen de noche, de que el loco se relaciona sobre todo con un pato que se llama Barak, de que hay un barrio alto, de que existe un lejano mundo exterior donde la vida no es horrenda, de que la verja tiene puertas con candado, de que hay un tren que sale de esta ciudad infernal y lleva al paraíso... mientras uno se teme la llegada de los elfólidos o la aparición del oso polar de Perdidos en cualquier momento. Y... resulta que no. Resulta que a Fernández le cuesta un buen rato contarnos las reglas, pero que desarrolla después la partida sin saltárselas y llegando a un final coherente. El galeón arriba a puerto. Me parece que ya les conté respecto a La ceremonia de la confusión que esta modalidad de "Escritos para la escena" encierra al autor con los intérpretes en una especie de work-in-progress. Esto, que tiene un interés indudable, debe de acercarse bastante a una pesadilla para el autor, que tiene que arreglárselas como pueda con unos tiempos de trabajo determinados y, zas, estrenar. Mayor mérito de  Serena Apocalipsis que, quizá, deberíamos considerar como la primera versión de un texto que, me parece a mí, podría crecer concentrándolo un poco.

Al margen de algunos patinazos, la dirección deja fluir al texto. Patinazos: la escena de la muerte, canturreo imposible incluido; exceso de entradas y salidas con los actores que corren (además de gritar, una de las cosas más difíciles de hacer en un escenario es correr); pelín de exageración inicial (Aurorita hija, que todavía no ha pasado nada); quizá un poco justa la dirección de algunos actores (Almudena Ramos, por ejemplo). Pero tiene también momentos logrados, como el segundo monólogo de Gallego o toda la escena final, desde la llegada de Alfredo con algo que no desvelaré en brazos (que luego me acusan de spoiler, a pesar de mis esfuerzos en contra). Ya les dije respecto a Enrique VIII (que parece que continúa, a pesar del incendio, aprovechen) que me gusta mucho Elena González: le toca aquí otro personaje de carácter recio, como el de Catalina de Aragón. Está muy, pero que muy bien Quique Fernández (y mejor no digo ni pío de Tempestad, que se monta), en el personaje más complejo y que exige mayores matices. Lo tienen aquí arriba en una foto de El guante y la piedra. El Gallego de Alberto Iglesias corre paralelo a la función: empieza pareciendo que va a cargar, pero termina perfectamente encajado en la deriva dramática. 
P.J.L. Domínguez
           







viernes, 14 de junio de 2013

LUMA

Sala: Teatro Caser Calderón Autor y director: Michael Marlin Intérpretes: No consta Duración: 1.10


'


Me temo que va a ser la entrada más corta que he escrito hasta la fecha. Hemos visto maravillas basadas en la técnica de luz negra y objetos fosforecentes con manipulador camuflado. Sin ir más lejos, Glow, una función muy simpática con estética de cómic que estuvo en 2009 en el Nuevo Apolo. No es el caso. Luma es un espectáculo de números sueltos, carentes del menor atractivo de uno en uno, insoportables en conjunto. Toda la inspiración de los setenta minutos daría quizá para una atracción de un cuarto de hora en una discoteca o en una cena-espectáculo. ¿Me admiten un consejo? Ni-se-les-o-cu-rra. 
P.J.L. Domínguez
           

lunes, 10 de junio de 2013

PERDONA BONITA PERO LUCAS ME QUERÍA A MÍ

Sala: Teatro Infanta Isabel Autores: Dunia Ayaso y Félix Sabroso Director: Israel Reyes Intérpretes: José Carlos Campos, Víctor Formoso, Yanely Hernández, Mingo Ruano, Octavi Pujades, Lili Quintana y Mari Carmen SánchezDuración: 1.35'


Hernández, Quintana, Sánchez, Ruano, Formoso y (atrás) Campos. Si me pillan algún error, avisen por favor.

¿Quién no recuerda Perdona bonita, pero Lucas me quería a mí? Ahora que lo pienso, los menores de 35. Por si hay alguno leyéndome, le diré que supuso el despegue de Dunia Ayaso y Félix Sabroso. Ahí abajo les he puesto el cartel. Se les etiquetó entonces como epígonos de Pedro Almodóvar, pero el tiempo va matizando esa etiqueta. Sobre todo, porque el manchego, que parecía, con su fulgor, una supernova de aparición espontánea, se va viendo con algo de perspectiva claramente ubicado en una larga tradición que llegaba hasta la comedia del tardo-franquismo. Sólo que con el argot renovado y más tacos. Dicho sea sin quitarle un ápice de su genialidad primera: Qué he hecho yo para merecer esto, Entre tinieblas y La ley del deseo deberían ser de visión obligada en los colegios, como la lectura de El lazarillo de Tormes. Con las cosas así reordenadas, Ayaso y Sabroso son un eslabón más que aprovechó el rebufo. Están haciendo bastante teatro últimamente: me gustaron De cintura para abajo (comedia tirando a clásica) y Lifting (espectáculo de gags). Adaptan ahora Perdona bonita, comedia con muerto, uno de los subgéneros favoritos de los españoles (repasen, repasen su memoria).




Tres tópicos mariquitas (el gordo neurótico, el promiscuo de gimnasio y la "indi porrera globalizada") alquilan una casa al hombre de sus sueños, que amanece un día ensartado por seis cuchillos. Llegan después la asistenta, que es de Alpedrete, y una extraña pareja de mujeres policía, la tensa y la tonta. Como exigen los cánones policíacos, ha podido ser cualquiera. 

La adaptación es buena. Incluso brillante. Nadie diría que esto fue antes una película. Le cuesta un ratito despegar, pero es un ratito asimilable al clásico primer acto de presentación. A partir de la irrupción de las polis cantando "No soporto tu punto exótico" los engranajes empiezan a rodar. Israel Reyes (le vi en 2010 Reyes que amaron como reinas, una cosa con bastante chispa) la dirige sin desparramar recursos, y tengan en cuenta que las situaciones podían dar pie a un delirio escénico queer. Casi una única licencia: dos paneles situados a ambos extremos del escenario, que simulan las paredes traslúcidas del baño y de la habitación del difunto Adonis, y que permiten que parte de la acción se vea como una sombra recortada. Bien usados. Los flash-back se despachan limitando la iluminación a un ángulo del escenario, no hace falta más. Ah, también hay una puerta de entrada y un mostrador que se desplazan según convenga, y también funcionan. Fin de los artificios. Todo eso lo firma Víctor Medina, pueden ver algo de la escenografía en este vídeo.


¿Es un musical? Hace unos años se hubiera llamado comedia con canciones, algo para lo que no hacen falta las estrepitosas condiciones vocales que un musical exige. Pero ahora, ya saben: si hay música, es un musical, los tiempos mandan. Cantan, desde luego. Sobre todo, me pareció, Mingo Ruano y Yanely Hernández. El resto más o menos, lo suficiente. Con un acompañamiento tirando a sintetizador ratonero, quizá lo más flojo de toda la función.

Un texto de estas características, basado en lo disparatado de las situaciones, en lo descacharrado de los personajes y en la comicidad de la réplica, se sostiene casi exclusivamente en la interpretación. El más justito es, como casi siempre, el guapo (lo tienen en la foto), aunque, como casi siempre, es el papel de menor lucimiento (lucimiento interpretativo quiero decir; lucir, lo que se dice lucir, luce). 


Formoso cumple, y Campos tiene algún momento brillante. Mingo Ruano ya me gustó en Reyes que amaron como reinas. Hace otras cosas, pero esto de locuela le sienta como un guante. Mari Carmen Sánchez, estupenda, compone una chacha clásica,  lenguaraz y descarada, en la línea de la mítica Josele Román. Se queda con la mejor escena de la función,  que recuerda a Un cadáver a los postresmoviéndose sin decir ni pío por detrás de los que hablan. Lili Quintana y Yanely Hernández (las tienen en la foto) arman una pareja antológica. Quintana, intentando mantener el tipo de comisaria modelo mientras hace equilibrios al borde de un brote psicótico embutida en un traje chaqueta. Hernández, rendida admiradora de su jefa, embutida a su vez en un modelito dorado -tiene una boda luego- carga, y carga con maestría, con el imprescindible papel de la tonta de la comedia. Esta chica tiene el instinto certero del tiempo que hay que esperar para soltar la frase y provocar la carcajada.

Perdona bonita entretiene y hace reír. De eso se trataba. Como les decía, le cuesta un poco entrar en harina, pero una vez que empieza a funcionar va creciendo hasta el final. Al texto le veo todas las virtudes necesarias para que pueda adaptarse con éxito a cualquier sitio. Tiene una mecánica de perfecto estándar internacional. Si yo fuera su autor, estaría encargando traducciones al inglés y al francés, y enviándolas por ahí.
P.J.L. Domínguez
           

viernes, 7 de junio de 2013

ENRIQUE VIII

Sala: Teatro Cofidis Alcázar Autores: William Shakespeare y John Fletcher (?); versión de José Padilla, Ernesto Arias y Rafael Labín Director: Ernesto Arias Intérpretes: Fernando Gil, Elena González, Jesús Fuente, Rodrigo Arribas, Alejandro Saá, Daniel Acebes, Óscar de la Fuente, Alejandra Mayo, Bruno Ciordia, Julio Hidalgo, Jesús Teyssiere, Sara Moraleda, Asier Tartás Landera y Diego SantosDuración: 1.55'


Elena González, Fernando Gil y Sara Moraleda
Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

Sólo por ver este infrecuente Enrique VIII escrito, según parece, con John Fletcher, ya merecería la pena la función de Rakatá. Además, Ernesto Arias ha dirigido un montaje medido y pulcro. 

La figura del rey se resume con frecuencia en su ligereza de cascos. Lo cierto es que no se entiende sin considerar todos los factores (dinásticos, religiosos, territoriales, internacional) con los que lidió su reinado. Algo de todo eso asoma en el texto. Si la traducción es fil, estamos ante la habitual sabiduría dramatúrgica del autor, con dosis más modestas de la fulgurante retórica de sus obras mayores. A quien salga con ganas de saber más le recomiendo la estupenda En la corte del lobo de Hilary Mantel.

La platea del Alcázar está iluminada con luz de sala durante toda la función. Esto es explicable en las escenas en las que el público es un auditorio integrado en el relato. Pero, a piñón fijo, resta brillo a lo que sucede en el escenario, una pena. Eso, y quizá un cierto exceso de contención en la interpretación (ya es raro que yo diga esto) es lo poco que reprocharía. El protagonista, muy al contrario de lo que acabo de decir, grita durante media función, y no hacía nunca falta. Elena González (Catalina) y Jesús Fuente (Wolsey), coprotagonistas, estupendos. El segundo quizá ganaría tolerándole algún exabrupto. El resto del elenco, compacto y eficaz. Llevo tiempo pensando en cómo quedaría Rodrigo Arribas de Ricardo III. Alejandro Saá es una de mis debilidades: aquí, cada gesto y cada palabra suman en la construcción de Gardiner. 

Y lo que no cabía allí (las frases en negrita son los enlaces entre ambos textos):

Además, Ernesto Arias ha dirigido un montaje medido y pulcro. Un montaje que fluye con naturalidad, agradable de ver, y con algunas escenas especialmente logradas: la llegada del legado papal, cardenal Campeggio; la audiencia pública para la vista de la nulidad del matrimonio de Enrique y Catalina; la visita de Wolsey y Gardiner a la reina; el enfrentamiento de Wolsey con los nobles. También conseguidos dos de los momentos que interrumpen el flujo de la acción con coreografías estilizadas: Ana Bolena sorprendida por la reina cuando se está probando su toca, y el bautizo de la pequeña Isabel, futura reina virgen.

A quien salga con ganas de saber más le recomiendo la estupenda En la corte del lobo de Hilary Mantel. Precisamente, porque deja en su justa medida los apetitos carnales del rey, en medio de todos los demás factores que fueron modelando los hechos. En la Europa del XVI, un monarca podía acostarse con quien le diera la gana sin que nadie moviera una ceja. Lo extraño no es que Enrique lo hiciera, sino que se empeñara en santificar esas relaciones por vía del matrimonio. Son precisamente sus muchos matrimonios los que delatan que no era un simple asaltacamas. El abandono de Catalina, española y católica militante, y la boda con Bolena, inglesa y simpatizante de los reformistas, es el resultado de un cambio de política religiosa y de política internacional, además de una salida para la búsqueda de heredero varón legítimo en una dinastía surgida muy recientemente de las convulsiones violentas y de una respuesta satisfactoria para los escrúpulos de conciencia del rey. 

Todo esto, que se puede entrever en las escasas dos horas de función, está admirablemente recogido, y muy bien narrado, en la novela de Mantel, primera de una trilogía. Usando las licencias de la ficción, Mantel rehabilita a Wolsey y a Cromwell (no el famoso, sino un antepasado que aparece en Shakespeare, pero que ha desaparecido de la versión de Rakatá; supongo que será un papel menor). Si son de los que se obsesionan con las cosas, tengo otra recomendación: Enrique VIII: el rey y la corte de los Tudor. Una exhaustiva y enciclopédica compilación de todos los detalles de la vida cotidiana en la corte. No faltan ni las cucharillas.

El resto del elenco, compacto y eficaz. Han pasado unos días desde que escribí la crítica para la Guía del Ocio, y cada vez me gusta más la interpretación de Elena González (esto ocurre con frecuencia, el paso del tiempo va decantando el recuerdo). Ha encontrado una salida atractiva para un personaje que debe combinar la rigidez y la adhesión amorosa al rey. Fíjense que le encuentro un parecido tanto físico como interpretativo con Maria Doyle Kennedy, que hace el mismo papel en la serie Los Tudor. No había espacio en la crítica en papel para Jesús Teyssiere, que hace un memorable y odioso arzobispo Cranmer.




jueves, 6 de junio de 2013

AIRES DE ZARZUELA

Sala: Teatro Fernán-Gómez Autores: Chapí, Chueca, Sorozábal, Vivves, Fernández Caballero, Jiménez, Soutullo y Vert, Barrera y Calleja, Barbieri, Bretón. Director: Luis Olmos Intérpretes: María Rodríguez, Sonia de Munck / Elisandra Melián, Julio Morales, Antonio Torres, Cristina Arias, Francis Guerrero y Celsa Tamayo. Duración: 1.25'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


María Rodríguez y Julio Morales (cantando Amor mi raza de La leyenda del beso)


Todos hemos visto zarzuela mal hecha, muy mal hecha y requetemal hecha. Durante decenios. Paradójicamente, eso prueba la vitalidad de un género. Si el público está dispuesto a pagar por ver cualquier pestiño, es que le tira mucho. Es lo que ocurre con este público, que pasa por ser de cierta edad. Es posible, pero se da una circunstancia curiosa: hace treinta años, el del Teatro de la Zarzuela era un público mayor. En 2013, sigue siendo mayor. Es obvio, por motivos biológicos, que ya no es el de 1983. Parece que la única conclusión posible es que la gente no llega a la afición por la zarzuela hasta una cierta edad. Lo cierto es que el público no desaparece: programen zarzuela, ya verán cómo tienen cola de incondicionales.



Estábamos con el maltrato sistemático al género, exceptuado lo exceptuable, claro, como el Teatro de la Zarzuela, que marca el listón universal de calidad en este ámbito. O iniciativas aisladas como las preciosas Katiuska de Sagi (coproducción del Arriaga, el Español, el Calderón y el Campoamor, toma)  o El dúo de La Africana de Albertí y Cunillé (del Lliure). El formato de recital de extractos célebres... en fin, qué les voy a decir. He visto de todo. Me llega noticia de Aires de zarzuela -digamos que el título no es un prodigio de imaginación- y, ¡oh!, la dirección de escena es de Luis Olmos. Por si les falta el dato, dirigió el Teatro de la Zarzuela hasta hace poco, firmando algunas creaciones muy logradas. Sin ponerme a investigar, recuerdo a bote pronto El rey que rabió, por ejemplo (en la foto). Así que, confiado en que Olmos es una garantía, allá que me voy.

Francis Guerrero y Cristina Arias
Aires de zarzuela es un espectáculo modesto, y ahí está buena parte de su fortuna. Tomen un recital de highlights, añadan un tenue hilo conductor y vístanlo escénicamente: vestuario, interpretación (el crónico punto flaco, ay, del teatro lírico), movimiento de actores, proyecciones, números bailados a dos. Soltemos cuanto antes lo más flojo: las proyecciones son de media docena de estilos distintos, el aspecto visual ganaría bastante con un poco de homogeneidad. El resto está bien, sin pretensiones,  bien hilado, resultón a ratos. Olmos ha conseguido que los cantantes (y la pianista) superen con cierta soltura el aspecto actoral, evitando en buena medida la gesticulación tradicional en estos casos. Francis Guerrero y Cristina Arias, los bailarines, arrancaron en mi función las mayores ovaciones, algo sorprendente en un espectáculo de zarzuela. Arias firma las coreografías, de corte convencional pero atractivas. Les aseguro que me esperaba lo peor -un subproducto en plan pareja de baile con diapositiva detrás- pero lo cierto es que superan la diapositiva y la gigantesca embocadura del Fernán-Gómez. Los interludios bailados terminan por ser uno de los atractivos de la función.

Luis Olmos
Como es habitual, la pareja baila con música de orquesta grabada. Como es habitual, los cantantes son acompañados por un piano. Bien por la pianista (Celsa Tamayo), que comparte la coordinación artística y musical con Julio Morales. Sé por experiencia la prueba de fuerza que supone lidiar con las imposibles transcripciones, acompañar a los cantantes y aguantar a pie firme un número tras otro mientras los demás se turnan. Lo hace con bravura (y además parece tener madera de actriz de carácter).


Hace muchos años supe de canto como para emitir opinión, pero ahora es como si recordara otra vida (o la vida de otro). Teniendo en cuenta esa limitación, los cantantes me parecieron estupendos. Como algo hay que resaltar, me quedo con María Rodríguez y Julio Morales en "No cantes más La Africana", de El dúo de la africana y en "Amor mi raza sabe conquistar", de La leyenda del beso; con la "Romanza del ruiseñor" de Doña Francisquita (no sé si por Sonia de Munck o Elisenda Melián, olvidé preguntar a quién le tocaba) y la escena posterior del segundo acto ("Francisquita" / "Fernando, qué sorpresa") con Morales; con el dúo "Niñas que a vender flores" de Los diamantes de la corona, que bordan con salero ambas cantantes; y con las "Granadinas" de Emigrantes, que Morales enfoca con un sentido de lo popular que no siempre tienen los cantantes líricos. En todo esto, me dan donde me duele. Y grand finale... un momento. Voy a pillar un desvío.

Zaragoza no se rinde.
Allá por mis doce o trece años, descubrí unos discos de zarzuela en casa de mis tíos. Estupefacción. Ya debía de ser yo rarito por entonces: ¿se imaginan a un niño de esa edad que se pasa la tarde encerrado en la salita del tocadiscos oyendo La verbena de la paloma? Siempre tuve suerte con la familia: hacían como que no pasaba nada. Caía en trance con muchas cosas, pero con nada como con "Aragón la más famosa" de La Dolores. Pinchen el enlace y díganme si no se sienten dispuestos a entregar a su niño de pecho al General Palafox para contribuir a la defensa de Zaragoza contra el pérfido francés, como la señora enfervorecida de Agustina de Aragón.

Grande como el mismo sol
grande como el mismo sol
es la jota de esta tierra

Así termina Aires de zarzuela. Aparte del enganche que tengo con esta jota, tuve la suerte de ver en el Fernán-Gómez algo que viene siendo muy infrecuente desde que el público decidió ser danés y no exteriorizar sus sentimientos: una señora que se arrancó a aplaudir en cuanto sonaron las primeras notas. Hay que suponerla aragonesa, pero vaya usted a saber. Yo mismo me siento de Tarazona cuando oigo esto. Mis lectores habituales sabrán que se me amontonan, y se me confunden, varios sentimientos nacionales distintos. Pero tras casi hora y media de este concentrado hispano, salí de allí transpirando españolidad.

Si les gusta el género, les gustará la función. Si no les gusta, háganselo mirar. Entiendo que hay gustos para todo, pero "no me gusta la zarzuela" es una frase como "no me gusta la novela". No se puede rechazar en bloque un género oceánico en el que hay tragedias, dramas, comedias, sainetes... Por no decir que, en realidad, abarca dos géneros: la zarzuela grande (tres o más actos, requerimientos escénicos y vocales análogos a la ópera, argumentos frecuentemente serios) y la chica (un acto, requerimientos escénicos y vocales modestos, argumentos frecuentemente cómicos). En los pocos enlaces que les he puesto, ya hay un poco de todo: del drama de La leyenda del beso hasta el despiporre tragicómico del fragmento de El dúo de la africana, pasando por el ardor patrio y las letrillas con encanto popular de La DoloresPrueben, y repetirán. Y si no, lleven a su madre: ella lo pasará en grande y, si hay suerte, igual se les pega algo.
P.J.L. Domínguez

           

martes, 4 de junio de 2013

MARX EN LAVAPIÉS

Sala: La Puerta Estrecha Autor: Benjamín Jiménez de la Hoz (versión libre de Marx in Soho de Howard Zinn Directora: Victoria Peinado Vergara Intérpretes: Beatriz Llorente, Francisco Valero y Nora Gehrig Duración: 1.15'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Iba yo rumiando esta crítica por la calle (sí, cualquier día me llevo una farola por delante) cuando me tocó entrar al metro. Habían cambiado la lista de estaciones de los paneles informativos. Sol ya no se llama Sol. Ahora se llama Vodafone Sol. ¿Han leído bien? Se lo pongo en mayúsculas: VODAFONE SOL. Si se trata de recaudar, esto ofrece maravillosas perspectivas de ingresos para el estado. Las multinacionales pagarían en función de la difusión obtenida, así que podríamos modificar aquellos nombres que, necesariamente, son repetidos una y otra vez por la prensa nacional e internacional. Propongo que el presidente del gobierno cambie el suyo de inmediato por el de Pepsi Rajoy, y done a las arcas públicas lo que consiga. Asimismo, los monarcas podrían llamarse Don Shiseido I y Doña Nokia. El Gobierno, Gobierno de Repsol España. Cambiando el nombre a las cámaras de representación popular, obtendríamos párrafos como el que sigue en cualquier periódico: "En el día de ayer, los reyes Don Shiseido y Doña Nokia, que llegaron acompañados por el presidente del gobierno de Repsol España Pepsi Rajoy, presidieron la sesión conjunta del Congreso Apple de los Diputados y del Senado H&M". Hace muchísimos años, me obsesioné con la idea de cuánto pagaría una marca a quien se tatuara en la frente, por ejemplo, Espárragos Txistu. Después leí que alguien había hecho algo parecido. Pero esto de cambiar los nombres (Cofidis Alcázar, Caser Calderón, Compac Gran Vía, Goya Codorniu... los teatros no van a la zaga) es de un perversidad imprevisible. Idea para la DGT: que vendan los carteles. Burgos-Hyundai 250 Km. / Lugo-Nescafé 490 Km. Paciencia, ahora verán a dónde quiero llegar.


Arnold Toynbee. Léanlo.
Como todos los pensadores que han parido un sistema que engloba parcelas enormes de la realidad, Marx tiene multitud de lecturas y de capas de significación. Como Aristóteles, Santo Tomás de Aquino o Wittgenstein. Capas, por lo menos cuatro: metodología de análisis, usada hasta por la historia del arte; análisis concreto de la historia de la economía y del estadio capitalista; acción política; profecía. Lógicamente, la probabilidad de que uno se adhiera a sus tesis es decreciente en ese mismo orden. Las tres primeras van de lo más científico a lo más ideológico. Y todos sabemos lo que cuesta creerse una profecía. Es más: ese último -y menor- aspecto de su obra es, probablemente, el que más daño le ha hecho. Miren el pobre Toynbee, una vida dedicada a una obra colosal que es sin duda una de las cumbres de la historiografía de todos los tiempos, y un estrepitoso olvido por haberse empeñado en terminar profetizando.

¿Esto está ocurriendo de verdad o es Muchachada
Nui? ¿The Twilight Zone? ¿Los Simpson?
Pues bien. Incluso la profecía lleva, hoy por hoy, camino de realizarse. ¿Conocen su núcleo duro? El capitalismo conduce por fuerza a la concentración creciente del capital. Llegará un momento en el que estará en manos de poquísimos, frente a las ingentes masas que sólo poseerán su fuerza de trabajo. Cualquier día, el sistema colapsará casi sin que nadie tenga que empujar, porque no podrá soportar la enormidad de esa contradicción. ¿Lo de Vodafone Sol les parece poca demostración de esa capacidad de quedarse con todo? Y saltando de la anécdota a lo general: ¿Creen que algún contemporáneo de don Carlos podía siquiera imaginar hasta qué punto han llegado en nuestros días esas concentraciones de capital? Una de las poquísimas ventajas de la crisis es que nos ha hecho conscientes del orden de cifras del que hablamos cuando comparamos magnitudes como las de los rescates a los bancos con los costes de los servicios sociales. En mi juventud, esas comparaciones se hacían entre el precio de los aviones de combate y lo que costaba alimentar a un niño en el tercer mundo, y ya nos dejaban tiesos. Hala, vayan ahora a repasar las cifras de Bankia y lo que cuesta alimentar a un niño en Andalucía. Si incluso la profecía no ha sido aún desmentida, ¿será posible que hayamos decidido que hasta la metodología de análisis marxista ha incurrido en una especie de anatema universal?

¿Alguien en su sano juicio
condenaría a Jesucristo por
esto? Hala, condenemos a
Marx por las hazañas de Stalin.
En medio de este huracán que nos azota, Karl Heinrich Marx es el gran ausente. El fantasma que recorre, no Europa, sino el mundo. Llevo años pregúntandome ¿por qué nadie dice "Marx"? ¿por qué nadie pronuncia "clase social" o "plusvalía"? ¿habrá un emisor alienígena de rayos cerebrales que lo impide? Tengan por seguro lo que voy a escribir ahora mismo: hay, no uno ni dos, sino docenas y docenas de economistas que no pronuncian esos términos porque la que les caería encima sería antológica. Que están haciendo saltos mortales para no soltarlos. No hace falta recordar que, en cuanto uno dice "Marx", siempre hay alguien que incluye en la réplica "Lenin", "Stalin", "Unión Soviética" y "Siberia". Me pone exactamente igual de nervioso que cuando, después de "Jesucristo", vienen "Vaticano", "Inquisición" y "hogueras". Es como condenar a Wagner porque le gustaba a Hitler. Simplismo, pura estulticia, cuando no interés.

El primer síntoma de que no era el único idiota que se hacía estas preguntas me llegó exactamente hace un año, cuando en la Feria del Libro se constató con sorpresa que El manifiesto comunista se convertía en éxito de ventas. El segundo es Marx en Lavapiés. Sí, me ha costado un poco (cuatro párrafos) llegar a decirles esto, que la mayor virtud de la función es que llega en el momento justo, que es difícil ser más oportuno. Pero si lo digo en menos espacio, llega alguien y salta "mira, un estalinista". Ya me han entendido, ¿no? Pues vamos con la función.

Francisco Valero y Nora Gehring
Jiménez de la Hoz ha añadido dos personajes al monólogo original, y la cosa está bien traída. Marx rememora algunos aspectos de su vida y se reivindica, entre apostillas desdeñosas de Bakunin y réplicas, más comedidas, pero a veces más venenosas, de su propia hija. No conozco el texto de Zinn, así que no sé si el mérito es de uno o del otro, pero son especialmente efectivos los dos monólogos de Eleanor: uno que amontona afrentas a la dignidad del hombre de todo origen geográfico e histórico, más o menos rebozadas en el último discurso de Allende (el de las grandes alamedas), y otro que conocen bien, el de Shylock ("¿No tenemos ojos los judíos?"). Una pena que uno de los más hermosos cantos a la igualdad jamás escritos no se largue de un tirón. Aumentaría el efecto. Disculpen que diga dignidad "del hombre"; llevo una temporada metido en Los miserables y en el ambiente de las sucesivas revoluciones francesas (1789, 1830, 1848), y la expresión "derechos del hombre" me suena tan hermosamente cargada de historia que me resisto a abandonarla. Por favor, siéntanse incluidas las mujeres.

No encuentro foto de Beatriz
Llorente en la función, pero
¿no me dirán que ésta no es buena?
A su oportunidad, Marx en Lavapiés suma el enorme acierto de su ubicación. ¿Recuerdan lo que les decía el otro día sobre Flamenkass en el Alfil? El lugar de la representación tiene una importancia de primer orden. En La Puerta Estrecha, Marx, Bakunin y Eleanor hablan en un ambiente arquitectónico idéntico a los que rodearían en infinidad de ocasiones a todos los grupos de conspiradores que minaban la Europa del XIX. En franco contraste con esa ubicación que podríamos llamar realista, Victoria Peinado Vergara, que estos días da su medida como actriz en La danza de la muerte, ha colocado a los tres actores en un registro de espontaneidad abiertamente contemporánea: parecen tres chicos de Lavapiés. La intención se entiende. Desde luego, si sirve para que alguno de los jóvenes del 15-M, a quienes he visto desesperarse intentando explicar lo que pensaban sin las herramientas conceptuales forjadas por sus antecesores, decida documentarse, bienvenida sea. Pero creo que dramatúrgicamente hubiera rendido más otorgarse alguna licencia: por ejemplo, permitir que los recuerdos del protagonista provocaran algo más de sentimiento visible en Beatriz Llorente. Por eso se agradecen tanto los dos monólogos mencionados, que son las únicas rupturas del flujo de espontaneidad. Nora Gehring tiene alguna oportunidad más de ampliar sus registros, mientras que el papel de Francisco Valero justifica que se mantenga en un tono sostenido de desdén. Ah, por último: que Marx sea chica da exactamente igual. A los tres minutos, ya nos hemos acostumbrado todos.