lunes, 23 de febrero de 2015

EL EUNUCO

Sala: Teatro La Latina Autor: Jordi Sánchez y Pep Antón Gómez (libremente basados en Terencio) Director: Pep Antón Gómez Intérpretes: Anabel Alonso, Marta Fernández Muro, Jorge Calvo, Antonio Pagudo, Pepón Nieto, Jordi Vidal, María Ordóñez, Alejo Sauras y Eduardo Mayo Duración: 2.05'
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La foto es de Mérida, pero en La Latina se han conservado esas estructuras como
única escenografía. Claro, al fondo no hay columnas romanas.
Se llevó el Premio Ceres del Público al Mejor Espectáculo en la pasada edición del Festival de Teatro Clásico de Mérida pero... ¿qué quieren que les diga? Ni fu ni fa. La versión, justita, no es que tire a nadie de la butaca de risa. La escenografía, más bien tirando a fea. La dirección, francamente mejorable. Una pena, con un plantel de actores y actrices en el que no desentona nadie. Soy tan fan de Anabel Alonso como el país entero. Confieso que Pepón Nieto me sorprendió, con un registro de farsa perfectamente colocado. Me sorprendieron también Eduardo Mayo y Jordi Vidal, a los que no conocía. Que Pagudo, Calvo y Fernández Muro (lástima que tenga un papel tan poco lucido) lo hagan bien no sorprende. El cartel promete a los cuatro vientos por todo Madrid que Alejo Sauras saldrá semidesnudo, y sale, en eso no hay engaño. Por suerte, también sale bien del papel. Y María Ordóñez, a quien vi hace tiempo en ese peculiar y atractivo invento que se llamó La mirilla, se llevó otro premio Ceres, (el de la Juventud, curioso nombre). Éste sí, lo hubiera votado encantado: es monísima de la muerte, tiene presencia escénica, sabe actuar. 

Vamos, que están bien todos, pero que al invento le falta salero por bastantes lados. Tampoco es que se aburra uno, pero hemos toreado en plazas mejores. Hala, para que no digan que les endilgo siempre tochos de varios capítulos.
P.J.L. Domínguez
          

jueves, 19 de febrero de 2015

BUENA GENTE

Sala: Teatro Rialto Autor: David Lindsay-Abare (traducción: Cristina de la Peña; versión: David Serrano Director: David Serrano Intérpretes: Verónica Forqué, Juan Fernández, Pilar Castro, Susi Sánchez y Diego Paris Duración: 1.40' 
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Diego Paris, Pilar Castro, Verónica Forqué y Susi Sánchez, en el bingo.
Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

    Acostumbramos a distinguir entre el teatro comercial y el que tiene otras pretensiones, digamos intelectuales. Pocos textos se dejan ver de las dos maneras. David Serrano, convertido tras La Venus de las pieles y Lluvia constante en destacado importador de piezas norteamericanas, muestra otra vez excelente olfato al seleccionar ésta, de la que podemos decir que es tanto evasión como reflexión.

    El chiste llega justo antes de que uno se eche a llorar; los americanos llaman dramedia al género. La excelente adaptación del propio Serrano salva la excelente escritura original. Margarita (pariente lejana de La buena persona de Sezuán), que sale como puede de las trampas que la vida le ha puesto, nos coloca ante uno de los dilemas más políticos y más de moda que quepa plantear: ¿debe primar la recompensa al mérito o la vida digna para todos?


    Ese gran personaje sólo podía salir adelante con una actriz superlativa, y la ha encontrado en la Forqué. Espectacular, hay que verla. El resto del elenco no falla una, los cuatro están exactamente en su sitio (Castro, en los dos sitios de su doblete). Todo fluye, todo encaja, nos llevan hasta el final en volandas de la emoción. 

Y lo que no cabía allí:


1.- Además del propio del director de escena, David Serrano (el de la foto) tiene, al menos, otros tres talentos. Uno, el de ojeador: se trajo La Venus de las pieles, ahí es nada, y Lluvia constante, un exitazo, antes de ésta. Dos, el de adaptador. Me parece siempre que el sentido común aconseja trasponer las piezas ambientadas en la actualidad a nuestra cultura, y que la protagonista se llame Margarita en vez de Margie. Me parece que eso acerca la pieza al espectador y que, por tanto, aumenta la probabilidad de que la empatía se produzca. Me parece también que permite introducir en la adaptación un aluvión de connotaciones, sobreentendidos y referencias explícitas o subtextuales análogo en volumen al que el original contenga. Cualquier texto (repito, cualquier texto) contiene un enorme masa de información implícita que el receptor percibe en mayor o menor medida según su cercanía cultural al creador. En el límite, si el creador es mi hermano termino pillando hasta el mas oscuro eco de aquella vecina que vivía en el piso de arriba de la abuela. Las adaptaciones que respetan la ubicación original (con los personajes que se llaman Fred y Jenny y viven en Austin) no pueden sumar connotaciones asimilables por el público, pongamos, de Madrid, en volumen comparable a las que se pierden. Ejemplo pedestre: no pueden sustituir el chiste local comprensible para el público norteamericano por un chiste local español (recuerden que los protagonistas no son españoles, no van a hacer chistes sobre Belén Esteban); tienen que echar mano de recursos universalmente comprensibles, con lo que la cosa queda parecida a lo que llaman "cocina internacional" en los hoteles de Moscú y de Manila. O sea, nada mucho más evocador que un filete con patatas fritas.

Decía al principio que eso es lo que me parece que dicta el sentido común, y decía "me parece" porque no sé si se usará más el uno o el otro procedimiento, pero desde luego son legión las funciones que vemos traducidas y no trasladadas. Por aquello de que algo tendrá el agua cuando la bendicen, supongo que habrá ventajas también en esto. ¿El aura glamurosa de lo exótico? Sus razones tendrán quienes lo hacen.

Volviendo a Buena gente y al talento de adaptador de Serrano, a la pieza le ha sentado de miedo el traslado a España. Ya sé que aquí todo va estupendamente y que la alegría se siente en las calles, ya he interiorizado que vamos viento en popa a pesar de los tristes, pero después de esta Margarita cuesta imaginar al personaje en Boston, que es donde Lindasy-Abaire lo colocó. Es como si fuera de aquí de toda la vida. Olvidemos estas tonterías de las alegrías y las tristezas, miremos por la ventana, y veremos docenas de Margaritas que sobreviven como pueden al vendaval.


La producción original en Broadway (2011), con Frances McDormand en el centro. Se llevó un Tony, entre otros premios.

2.- Tres (recuerde que estábamos con los talentos de Serrano), el del director de casting. Clara Lago y Diego Martín (La Venus), Álamo y Peris-Mencheta (Lluvia). Acierta otra vez, y de pleno, ahora. De la Forqué no hace falta decir mucho. Quizá la vieron en Shirley Valentine, es de rigor repetir lo de entonces: "lleva al teatro de la carcajada a las lágrimas como le da la gana". Aquí vuelve a armar un personaje completamente desprovisto de retórica, una mujer cuyo heroísmo se nos debe revelar poco a poco, no tanto por lo que hace en escena, sino por lo que sabemos que hace fuera de ella, por lo que calla, por lo que vemos reflejado en el rostro de los demás (de su amiga Gloria, de su exjefe Luis, de la mujer del noviete que huyó del barrio para triunfar en la vida). Sin prácticamente levantar la menor esquina del velo de la amargura, con sólo algún atisbo de protesta rebelde (y castiza). Me daba la sensación de que Frances McDormand habría sido más explícita en esto de la amargura, y eso me parece entrever en algún vídeo. Funciona mejor lo de la Forqué. Ya saben, en el teatro casi siempre funciona mejor dejar que la procesión vaya por dentro.

4.- Hemos saltado de los talentos de Serrano al de Forqué, y no puedo terminar esto sin hablar de los demás. La edad amplía el catálogo de mis debilidades, entre las que se cuenta Susi Sánchez. Me basta recordar Mujeres soñaron caballos o Los hijos se han dormido para renovar mi entrega. ¿A quién se le ha ocurrido ponerle ese pelazo que corona tan certeramente al personaje? Supongo que a Antonio Panizza, que firma la peluquería. Gloria es amiga de la protagonista, y me recordó algo que mi amigo JC me dijo hace tantos años que no creo que se acuerde: "Las buenas amigas te dicen las cosas, pero las buenas-buenas no te las dicen". Para qué. Para qué le va a decir Gloria a Margarita que su vida merecería que dieran su nombre a una estación de metro, si ella sabe que Margarita sabe que lo piensa. Hay que ser mucha Susi y mucha Verónica para hacernos entender todo eso que Lindsay-Abaire puso en el texto sin ponerlo.

Pilar Castro hace uno de esos dobletes que tanto gustan al público. Nada de ponerse unas gafas y un sombrero para un segundo papelito marginal: se casca dos personajes consistentes y antipódicos (perdón). La amiga-casera de Margarita, todo el tiempo a la gresca con Susi Sánchez, y la finísima esposa del tipo de éxito. Qué bien los dos. 

A Diego Paris no lo conocía, y me advirtió JM: "ya verás que vis cómica tiene este tipo". La tiene, es uno de esos actores que dominan su expresividad física en niveles micro: basta que encoja un poco los hombros para que se le oiga pensar. Juan Fernández carga con el personaje más ingrato, pero ya lo conocerán de la tele: puede con lo que le toque cargar.

Me pasé años citando un autor italiano del XVII que imponía a los oradores algo así como ser amenos para los ignorantes y profundos para los sabios (todo a la vez, ahí estaba la gracia). Pero la vida es tan larga y da tanto tiempo para olvidarse de todo que no recuerdo ni quién era. Denlo por citado a propósito de Buena gente: va a divertir a quien vaya a pasar un buen rato, pero no defraudará a quien busque buen teatro.
P.J.L. Domínguez
          

viernes, 13 de febrero de 2015

HEY BOY HEY GIRL

Sala: Centro Cultural Conde Duque Autor: Jordi Casanovas (libremente basado en Romeo y Julieta de William Shakespeare) Director: José Luis Arellano Director artístico: David R. Peralto Intérpretes: Pablo Béjar, Ana Cañas, Enrique Cervantes, Ana Escriu, Jesús Lavi, Jaime Lorente, Quique Montero, Alberto Novillo, Raúl Pulido, Estibaliz Racionero, Sara Sierra y Alejandro Villazán Duración: 1.40' 
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Ésta fue mi critica en la Guía del Ocio:

El amor volcánico de la primera juventud es una de las fuerzas indomables de la naturaleza. Lo retrató Shakespeare en su Romeo y Julieta, y lo actualiza Casanovas en un juego de reflejos con el clásico, entreverado en el descarnado lenguaje de la televisión más ordinaria y muy presente en su aparente ausencia. 

Hey boy hey girl se desarrolla en la telerrealidad maloliente que perfuma nuestro ocio. Un espléndido Javier Gutiérrez ejerce, desde la pantalla, como repugnante y extremadamente verosímil presentador. ¿A quién me recuerda?


   Arellano dirige con pulso firme un elenco compacto de excelentes actores y actrices. El texto exige voces, carreras, hormonas a chorro, pero todo esto se ha controlado para evitar el nivel de saturación. Muy bien ubicados los momentos de expansión lírica que interrumpen abruptamente el realismo. Muy lograda escenografía de Silvia de Marta. Muchos grandes instantes aunque, puesto a elegir, me quedaría con la mímica de ballet de los amantes, el subidón del número bailado y las escenas entre Sara Sierra y Enrique Cervantes, transmutado en posmoderna nodriza.

Y lo que no cabía allí:

1.- Amor volcánico. Con los años, olvidamos lo que es el amor de la primera juventud: una invasión total del ser que activa todas sus potencias al máximo y lo somete a la sensación -de evidencia abrumadora- de que su entera existencia depende del desenlace feliz del deseo. Por eso, muchos clásicos lo tildaron de enfermedad. Y por eso es una de las fuerzas que mueven al mundo: siempre habrá parejas empeñadas en tener retoños que se apelliden Montesco Capuleto y, de paso, en actuar de revulsivo contra el anquilosamiento de las sociedades. Ahora mismo, creo que en Lavapiés falta un suspiro para que los adolescentes latinos, árabes, chinos y banglas empiecen a provocar dramas familiares. Uno va cumpliendo años y se maravilla, supongo, de lo mismo que otros millones y millones de seres que han pasado por el mismo estadio vital. Se conoce que yo tenía que llegar ahora a este nivel de pasmo, porque nunca antes -y quién sabe cuántas veces habré visto cómo esta historia se desarrollaba en las calles de Verona o Nueva York- me había dado cuenta de hasta qué punto el huracán del amor juvenil, esa suspensión de las leyes de la cordura, puede conmover a la sensibilidad madura, que asiste estupefacta a la explosión de vida y al vibrante aniquilamiento de la convenciones sobre las que se asienta su lento resbalar hacia la senectud.

2.- La telerrealidad maloliente. Hace mucho tiempo que cambiar la ambientación de las historias se convirtió en un procedimiento familiar. Digo adrede "ambientación". En ocasiones -es muy habitual en la ópera y el teatro clásico- no se cambia ni una coma ni una nota, pero resulta que Così fan tutte transcurre en Miami. No tengo muy claro si esas operaciones agregan mucho. Quizá lo único que hacen es aportar variedad a la existencia del espectador que verá varias docenas de Traviatas en su vida (y a las de escenógrafos y figurinistas, no hace falta ni decirlo), y ya es algo. Pero oímos a menudo que transplantarlas visualmente a nuestra época viene a subrayar que los temas, las tramas y las eventuales moralejas son de completa actualidad, y que ahora sigue habiendo Medeas y Tartufos y enemigos del pueblo. A mí me parece que el espectador ya se da cuenta solito de todo eso, sin necesidad de subrayar conceptos ni de poner minifalda a las actrices. Hasta en una función superlativa como el MBIG de Martret era superflua la ubicación en una gran corporación. Afortunadamente, el texto original no se tocaba en ese sentido y, al menos, la operación sirvió para ampliar el papel de la gran Inma Cuevas. Pero Shakespeare no era más por eso.


Montero, Villazán, Cañas y Pulido.
Esto de Casanovas no tiene nada que ver con una actualización. La expresión que usa el programa de mano es "remix", y no está mal. Yo he puesto arriba del todo "libremente basado", que es lo que suele utilizarse, pero no le hace justicia. No es Romeo y Julieta. Pero Romeo y Julieta se adivina allá al fondo ("allá al fondo" me recuerda siempre a Cortázar y a la muerte, qué cosas). Acabo de reescribir la crítica de Un hombre con gafas de pasta para publicarla en papel y me doy cuenta ahora de que Casanovas parece tener una especial habilidad para colocar las cosas "allá al fondo". Ahí está la inquietud creciente del espectador en Un hombre, y ahí está también Shakespeare (y la certeza del final trágico) en Hey boy.

De la telerrealidad, no creo que vaya a decirles nada que no sepan. Es un ámbito tan desaforado, de despropósitos tan estentóreos que -en sustitución del circo de la mujer barbuda o del grand guignol- se ha convertido en el lugar donde todo puede pasar. Con una diferencia ética mayúscula respecto a los precedentes: ya no es un espectáculo, y por tanto una simulación, sino la retransmisión de vidas reales. Vidas completamente mediatizadas por la búsqueda del espectáculo, dirán ustedes. Vale, pero no por eso menos vidas reales de pobres desgraciados reales manejados como títeres por manipuladores visibles -en plató- e invisibles -en despachos, cabinas de realización y salas de redacción-. Estos manipuladores esgrimen diversas coartadas para disimular la degeneración moral que su actividad representa. La favorita es la demanda del público. El público somos usted y yo. Pero no se deje engañar. Las culpas también se reparten de forma alícuota en este ámbito. ¿No le han dicho que la culpa de la crisis la tenemos los ciudadanos? Pues el mismo fondo de sentido común que nos avisa de que la culpa de la jubilada del tercero y del consejero delegado de Goldman Sachs no puede ser la misma nos susurra también que el mantenimiento de tal cantidad de mugre en las ondas no puede atribuirse en igual medida a esa misma jubilada que aprieta el botón del mando a distancia y a la panda de buitres carroñeros con las plumas del cuello llenas de sangre que se lucran, en diversos modos, con este escaparate de las bajezas humanas. Y conste que cuando digo bajezas no me refiero tanto al comportamiento de los hámsters objeto de comentario, sino a los procesos de descuartizamiento de los pobres bichos y a la paralela degradación de nuestro sentido moral, pobres espectadores.


Ana Cañas como Merche
Volviendo a Hey boy: cualquier cosa puede pasar en este formato de televisión que parodia, en su estructura, a Gandía Shore y, en su presentador, a Sálvame. Quien tenga el hábito de leerme (los hay peores) recordarán, quizá, que tengo mis más y mis menos con Javier Gutiérrez. Sí, suscita aplauso unánime. Sí, acaba de llevarse un Goya por una película que no he visto (no llego, no llego...). Pero a mí me parece que a veces está superlativo (¡Ay, Carmela!) y otras veces no (Woyzeck, Los Mácbez). Aquí, superlativo. Sale en pantalla, es el presentador cuyas intervenciones nos cuentan la postura del programa frente a los hechos y, de paso, puntúan el fluir del relato (más abajo mencionaremos esto). Está vomitivo: melifluo, amanerado, sibilino... repugnante. Esas delicadas cualidades resaltan de golpe (por mucho que sean puro realismo) con esta operación de cambiar el estereotipo de uno a otro lugar: de la tele al teatro, en este caso. Es un efecto conocido: le ponen a cualquiera un vídeo de su propia discusión de pareja y se ve una cara de monstruo que se queda helado. ¿Saben lo que ocurre? Que nos hemos acostumbrado a la porquería de la tele de forma gradual y, cuando la vemos en su sitio de costumbre, ya ni nos inmutamos. 

3.- El texto exige voces, carreras, hormonas a chorro, pero todo esto se ha controlado para evitar el nivel de saturación. Sería muy ilustrativo -una especie de clase práctica del curso "percepción del teatro"- ver seguiditas La ola y Hey boy hey girl. En ambos casos, hay que empezar -y seguir- corriendo y gritando. Bueno, en el primero, no necesariamente. Se ha optado por eso, porque son jovenzuelos de instituto, aunque hubiera sido posible también que fueran jovenzuelos más modositos. Pero dejémoslo, y supongamos que, como el segundo exige, ambos textos exigieran un nivel intenso de ruido y movimiento. En La ola esto sigue así hasta el final, dos horas y media (en algún momento paran, por supuesto, permítanme que hable así para entendernos; quiero decir que casi no paran). Resultado: alcanzado el nivel de saturación en algún lugar del primer acto, el sistema perceptivo del espectador le devuelve la calma del único modo en que sabe hacerlo. Colocando una pared de corcho entre el fuero interno y el espectáculo de ahí enfrente. En otras palabras: al espectador le daría igual que se mataran, imagínense lo que le importa que se griten. En Hey boy la saturación está cuidadosamente orillada mediante el bien acreditado procedimiento de interrumpir el flujo narrativo (que esté bien acreditado no quiere decir, en absoluto, que sea fácil de arbitrar). 


Los trucos de interrupción que recuerdo ahora mismo son los siguientes: a) Intervenciones del presentador en vídeo y desde la pantalla. b) Parón general para que el elenco al completo se marque un baile (ver foto de arriba del todo). c) Desafío rapero. d) Desplazamientos al proscenio, con cambio de registro interpretativo incluido, para hablar con el redactor del reality. e) Abrupto abandono del realismo en un par de escenas en las que los intérpretes adoptan poses de ballet clásico (brazos sobre la cabeza) y entra una música clásico-romántica que hace trizas la actitud previa del espectador. Me pareció primero un lied de Schubert, pero me aseguran que todo es Beethoven temprano (incluido este dúo vocal acompañado por trío con piano del que no había oído hablar ni siquiera en mi precedente vida como músico).


Esto es, sin duda, lo más relevante de la función. Lo que la salva, lo que la hace amena, fluida, asimilable.



Ana Escriu como la Capu
4.- Elenco compacto de excelentes actores y actrices. Se ha repetido muchas veces, pero quizá hay que repetir otra vez que no se trata de una actividad didáctica. Esto no es la función de una escuela de interpretación para jóvenes. Es una función tan profesional como Buena gente (recién estrenada por la Forqué en el Rialto y de la que ya les hablaré). Dicho esto, lo más sorprendente es, quizá, la homogeneidad del excelente nivel. Casi siempre hay altibajos en una función con tanta gente en escena, pero aquí no descartaría a nadie. Hay alguien -el cámara- que sufre el que, modestamente, denominaría único error de dirección de la pieza: el personaje se ha enfocado como suele hacerse con el gracioso del teatro clásico: exagerado, único personaje de carácter en un plantel realista. Arranca alguna risa, pero creo que bien merecía hacer el intento en el mismo plano realista del resto. La culpa no es suya.

Alejandro Villazán (Romeo) y Sara Sierra (Juli) dibujan una bonita pareja de ingenuos en medio de un paisaje intereses, frivolidad y falta de escrúpulos. Él, un poco sorprendido por esto que le está ocurriendo: transmite toda la ternura del muchachito guapo que renuncia a sí mismo por amor. Ella se coloca en el extremo menos ordinario de la gradación de ordinariez Juli-Merche-Capu. Casi diría que cuando más me gustó es cuando la Capu la maltrata. Las otras dos (Ana Cañas y Ana Escriu) están estupendas en esos dos escalones. Merche tiene algún atisbo de modales. La Capu es poligonera sin remisión. Las pondría a las tres de brujas de Macbeth, y seguro que darían miedo. Teval es el malo malísimo, quizá el personaje más plano. Tiene más matices Benvo, el musculitos que sabe sufrir por los amigos, trasunto de Benvolio hasta en el nombre, y muy bien encarnado por Pablo Béjar. Tiene el físico exacto para el papel, y borda esas caras de tipo básico capaz de seguir sus básicas convicciones hasta donde haga falta. Raúl Pulido acierta también con el estereotipo de Balta: adherido a un grupo sin el que no sería nada, un poco rastrero, mindundi de carácter endeble. Seguramente, el más frágil, como aquel perrillo de los dibujos animados que bailoteaba siempre alrededor de su adorado amigote, mandón y grande. El equivalente en el otro clan, Sam, es Jesús Lavi: más chulito, más repeinado, más violento. Estaba estupendo en El señor de las moscas y está bien aquí, en un papel más modesto. Alberto Novillo es el joven asentado en el sistema, culto, consciente de lo que está ocurriendo. Un papel incómodo -porque puede uno quedar como el único aburrido- del que sale airoso. Me dejo para el final a Enrique Cervantes. Ya me gustó mucho en La cena del rey Baltasar (un invento en las mismísimas antípodas) y me ha gustado mucho aquí. Pregunté a la salida a mi Detector Infalible (tiene once años) "¿Qué personaje te ha gustado más?" y respondió "Floro". Zas, infalible.


Lo dicho: lo más sorprendente de la función es el excelente nivel de conjunto de los actores y actrices. Sin olvidar el papel mudo de la ayudante de cámara, que creo que es Estibaliz Racionero, y a la que no le hace falta hablar para clavarlo.



Uno de los cajones de la escenografía
Tienen unos vídeos muy resultones, que simulan ser los de promoción del programa de televisión y presentan a los personajes, en este enlace.

Última mención -breve, que si no, no publicaré esto nunca- para el vestuario (me encantó el atuendo de fiesta de Merche) y la escenografía (con unos cajones móviles lejanamente emparentados con los de Medida por medida de Donnellan) de Silvia de Marta.
P.J.L. Domínguez
          

jueves, 12 de febrero de 2015

LA OLA

Sala: Teatro Valle-Inclán Autor: Ignacio García May Director: Marc Montserrat Drukker Intérpretes: Javier Ballesteros, David Carrillo, Jimmy Castro, Carolina Herrera, Ignacio Jiménez, Helena Lanza, Xavi Mira y Alba Rivas Duración: 2.30' (20' de entreacto)
información práctica (el enlace no operativo puede significar que ya no está en cartel)

Imposible encontrar una foto que dé idea de la estupenda escenografía. Ballesteros, Jiménez, Rivas, Lanza, Castro, Herrera y Carrillo.


Drukker montó L'onada en catalán con notable éxito. Es una pieza militante. Intenta reproducir en escena el experimento que, allá por los sesenta, puso en marcha un profesor de instituto norteamericano. Es archisabido que este hombre, para explicar a sus alumnos lo que había sido el nazismo, se inventó un movimiento perfectamente vacío de contenido y con todos los ingredientes del fascismo: normas de vestimenta y gesticulación, eslóganes simples, conducta homogeneizada, jerarquización, sumisión... El sometimiento entusiasta de sus alumnos a tal organización esperpéntica superó con creces todas sus expectativas, y se cita a menudo desde entonces. He leído por ahí que ha dado lugar a varias películas, aunque solo he visto una, alemana y de 2008.



El texto de García May se pretende pegado a la realidad de lo ocurrido en aquel instituto. Y creo que ése es su error de partida. Antes de seguir, les advierto que las críticas oscilan entre la aprobación y el entusiasmo, pero que a mí me pareció un ladrillo de cuidado. Lo siento, pero para gustos se hicieron los colores. Paso a explicarme.

Como todo el mundo sabe, la realidad es mortalmente aburrida. Por eso inventó la humanidad a los novelistas, los dramaturgos y los guionistas. El ejemplo tópico es, desde hace un tiempo, Gran Hermano (el de la tele, no el de Orwell). La visión de lo que captan las cámaras en tiempo real dentro de esas jaulas para hámsters es perfectamente insoportable. La de los resúmenes guionizados y editados también, dirán ustedes, pero por motivos muy distintos: motivos de contenidos, no formales. Diré más: una de las causas del indiscutible éxito es la gran habilidad con que se realizan esas guionizaciones, esa conversión de la realidad en narración. Lo de García May ha funcionado exactamente al contrario. Sin duda, los resultados del experimento de Ron Jones son estremecedores. No estoy hablando de eso, sino de sus posibilidades dramatúrgicas. Resulta que, si los hechos fueron los que García May expone, no tienen interés dramatúrgico suficiente. Sin ir más lejos, en la película que les decía que he visto (Die Welle), pasan, desde luego, más cosas que en el escenario del Valle-Inclán. Probablemente, muchas de ellas añadidas por los guionistas, pero indispensables para producir interés. Sólo un dato: la trama supuestamente cada vez más tensa se estira en escena durante dos horas y media sin que aboque a un solo acto de violencia física. En mi modesta opinión, la historia está pidiendo a gritos, a partir de un determinado momento, que le rompan las piernas a alguien. O al menos la cara. Repito: no estoy hablando del experimento real ni restando un ápice de importancia a lo que allí ocurrió. Pero lo que ocurre en el escenario parece una cosilla de muchachos de instituto que ni va ni viene. Entre otras cosas, porque hoy en día pasan cosas bastante más horrorosas. Por ejemplo, que dos adolescentes maten a otro de una paliza (Tafalla, ayer).


Siendo el fundamental, no es ése el único error del texto. Además, las cosas se repiten un número innecesario de veces. El retrato de los caracteres de los muchachos es redundante, los pasos en el progreso hacia el comportamiento fascista van mucho más lentos que la comprensión del espectador (de un espectador que, para más Inri, sabe perfectamente hacia dónde va la historia, porque si no ha visto la peli se lo han contado en el programa de mano), los detalles se alargan sin motivo (un solo ejemplo: ¿para qué tiene que mencionar tantos títulos la chica encargada de seleccionar las lecturas de sus correligionarios? ¿no bastaba con decir tres o cuatro?). Tengo una hipótesis. Creo que García May y Drukker están tan subyugados por esta historia -no es para menos-, tan obsesionados por contarnos sus detalles, que no han tenido valor para esgrimir con contundencia las tijeras de podar. Ojo: para contarlo todo en detalle, se escribe un ensayo o un libro de historia, no se monta un espectáculo. ¿Quieren un ejemplo óptimo de unas eficaces tijeras de podar en un ejercicio aún más literal que La ola? Ruz-Bárcenas. Pero, claro: duraba cincuenta y cinco minutos.


Yo creo que el texto no tenía mucha remisión, pero el director ni siquiera ha intentado redimirlo. Todos corren y gritan desde el primer momento. "Es una clase de instituto, los jóvenes corren y gritan", respondería el acusado. Sí, pero resulta que luego tienen que seguir gritando, no sólo porque son jóvenes, sino porque son ya jóvenes y fascistas, y dos hora y media de un elenco que grita terminan anestesiando las facultades perceptivas de cualquiera. También el profesor (Xavi Mira) grita desde el principio. Primero, porque se tiene que imponer a la clase. Después, ya por motivos que cada vez nos importan menos. Siempre les digo lo mismo, pero no deja de sorprenderme que éste sea, con diferencia, el error más frecuente en escena. El famoso Aurorita hija, que todavía no ha pasado nada. Hay en cartelera ahora mismo una función, Hey boy hey girl, en la que también tiene que haber bastante bronca desde el principio, por el carácter de la historia. Pero su director ha comprendido que, para permitir la digestión de los gritos, era imprescindible establecer pausas, respiros, cesuras que interrumpieran el flujo de intensidad.  



Esto no ocurre en La ola. El efecto de anestesia es tal que, en el clímax (?) final, el director se ve obligado a hacer repetir un número grotesco de veces lo que la Falange llamaba gritos de ordenanza (convertidos aquí en Comunidad, Disciplina, Acción), supongo que para intentar hacer mella en unos espectadores que ya han sufrido una ración estomagante de gritos. Ya a nadie le importa que lo griten mil veces. Un momento antes, la que parece escena cumbre desaparece con los actores (y los dos televisores mudos que se convierten en protagonistas) a ras de suelo y pegados a la primera fila de espectadores: escondidos, en una palabra. El final no existe.

Una reflexión paralela. Escriban y monten una función contra la pederastia, la explotación sexual, la violencia de género, el fascismo o la homofobia. Háganla mal adrede. Apuesto a que les costará lo suyo obtener una crítica negativa. ¿Por qué? Verán, cuando Gombrich habla del arte primitivo y comenta la estrecha relacion entre la imagen y lo real (creo que era él, hace mil años que leí esto), desafía el complejo de superioridad de nuestra época planteando una cuestión. ¿Seríamos capaces de perforar con un alfiler los ojos de la fotografía de un ser querido? Al fin y al cabo no es más que un papel. Nos sigue costando distinguir la realidad de su representación. Y aquí ocurre lo mismo. Encontramos una dificultad enorme en separar la realidad (la repugnancia que el fascismo nos inspira) de su representación (una función mediocre).


En medio de todo esto, no me atrevería a decir que ninguno de los intérpretes sea malo. Pero brillar, lo que se dice brillar, no es que puedan hacerlo en este contexto. Quizá lo mejor sean Carolina Herrera, que recuerda a veces (y esto es un gran elogio que ya le ha hecho Vallejo) a Gracita Morales, e Ignacio Jiménez (a quien vi muy resultón en La cortesía de España de la Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico). Aconsejaría muy en serio a ambos que, en la era de Google, recuperaran los hábitos de la era Cifesa y se cambiaran el nombre, ahora que están a tiempo. En el mundo global es imposible llamarse Carolina Herrera. Es sólo una opinión, están en su perfecto derecho de seguir llamándose así. [Nota del 13 de marzo: Resulta que acabo de darme cuenta de que a Carolina Herrera -tiene narices olvidar ese nombre- ya la vi estupendísima en Nápoles millonaria. Y ya le recomendé entonces el cambio de nombre, mira que puedo llegar a ser pesado. En fin, lo que cuenta es que esta chica es buena]


Mención final para la escenografía de Jon Berrondo. Era muy difícil reflejar con tanta habilidad y talento todos los lugares en los que la acción debía o podía transcurrir. Es, con gran diferencia, lo mejor de la función. No encuentro fotos que la reflejen adecuadamente.
P.J.L. Domínguez
          

lunes, 9 de febrero de 2015

RECORTES

Sala: Teatro Lara Autores: Clara Brennan y David Greig (versión de Juan Cavestany) Director: Mariano Barroso Intérpretes: Nuria Gallardo y Daniel Guzmán Duración: 50'
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que ya no está en cartel)


Nuria Gallardo. La foto ya es un pequeño spoiler, pero es que no hay manera de
encontrar otras en red.

Son dos monólogos, de dos autores distintos, con una conexión: retratan las consecuencias de los recortes. Sin reivindicación, puro retrato, lo que acaba siendo más efectivo. Muy bien adaptados por Cavestany. El de Clara Brennan (Reflectante), más desarrollado, daría pie a un abanico interpretativo bastante extenso, pero está dirigido a piñón fijo, se me quedó un poco plano. También me pareció que quizá el personaje ganaría enfocándolo desde un ángulo menos naif y con una interpretación menos escasa de energía. Seguro que Gallardo es capaz de insuflarle más, como se aprecia en el breve parlamento con el que presenta el segundo monólogo.


Éste segundo (Frágil), de David Greig, es poco más que una pincelada, aunque incluye una idea ingeniosa. Parece mentira que queden por descubrir cosas tan simples y efectivas, aunque es indudable que habrá aún infinidad de ellas en el limbo de las no nacidas. El monólogo no es tal, son dos personajes. Las líneas de ella se proyectan al fondo, y es el público el que las interpreta, en diálogo con el actor. Simple y efectivo. Guzmán desprende más energía, pero el texto es muy breve, ya les decía que poco más que un boceto. A ninguno de los dos les hace mucho favor el escenario grande, probablemente ganarían en la distancia corta.

En fin, no está mal, pero no es para echar cohetes. 
P.J.L. Domínguez
          

sábado, 7 de febrero de 2015

LADY, BE GOOD! / LUNA DE MIEL EN EL CAIRO

Sala: La Pensión de las Pulgas 
Lady, be goodAutores: Guy Bolton y Fred Thompson / George e Ira Gershwin Intérpretes: Nicholas Garrett, Jeni Bern, Gurutze Beitia, Troy Cook, Sebastià Peris, Letitia Singleton, Carl Danielsen, Paris Martín, Talía del Val, Manel Estève y Sergio Herrero 
Luna de miel en el Cairo Autores: José Muñoz Román / Francisco Alonso Intérpretes: David Menéndez, Enrique VIana, Manel Estève, Eduardo Carranza, Mariola Cantarero, Ruth Iniesta, María José Suarez, Celsa Tamayo, Isabel González, Paloma Curros, Carmen Gaviria y Remedios Domingo.
Director de escena: Emilio Sagi Director musical: Kevin Farrell Duración: 3.25' (1.30' + 30' de entreacto + 1.25') 
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que ya no está en cartel)




Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

  Dejo de lado, que es mucho dejar, la deliciosa música de Gershwin y la estrepitosa novedad de poder ver en Madrid una de sus comedias musicales. Necesito espacio para destacar la aún más estrepitosa iniciativa de programarlo junto a una zarzuela arrevistada de Francisco Alonso. Idea brillante que contribuye a ubicar nuestro patrimonio lírico en el contexto internacional y, de paso, reivindica a Alonso y las formas últimas de zarzuela híbrida.

    Sagi ha despiezado y vuelto a coser el libreto de Muñoz Román y le ha salido redondo un invento casi de vanguardia: el espectador entiende una trama con princesas de Limburgo y dragomanes de la que sólo ve el final. Alarde de saber dramatúrgico arropado por una escenografía de Daniel Blanco que salta de sorpresa en sorpresa y un chisporroteante vestuario de Jesús Ruiz con apoteosis plumífera final.


    El elenco de la segunda pieza pica bastante más alto que el de Gershwin, con Mariola Cantarero espléndida en su faceta bufa. Príncipe de los bufos, a Enrique Viana le basta una frase para llevarse al público de calle: “Y yo con este traje tan sencillo”. Espléndidos también la Orquesta de la Comunidad y el coro del Teatro de la Zarzuela, nunca bien ponderado y, a veces, –ésta es una- bien coreografiado.

P.J.L. Domínguez
          

jueves, 5 de febrero de 2015

HÉROES

Sala: La Pensión de las Pulgas Autor y director: Antonio Hernández Centeno Intérpretes: Miguel Diosdado, Diana Palazón y Raúl Tejón Duración: 1.15' 
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que ya no está en cartel)

Tejón, Palazón y Diosdado
Héroes es, ante todo, un experimento. Mejor dicho, dos experimentos: uno de escritura y otro de dirección. Como el autor y el director son una sola persona -Antonio Hernández Centeno- podemos suponer que la plasmación escénica estaba ya en su intención cuando escribía. Este señor lo hace -escribir, digo- de miedo. La pieza me pareció tan hábil que me fui corriendo a ver mis archivos (o sea, la memoria de JM) y... ¡eureka! No había caído, pero resulta que le vi en 2011 El día que nació Isaac. Les voy a copiar lo que dije entonces (todavía no he volcado mis críticas antiguas, me da una pereza horrorosa):
"Antonio Hernández Centeno es guionista, pero no le conocía creación teatral. Esta función me ha supuesto una sorpresa mayúscula. Empieza modesta, entre comedia de costumbres y drama psicológico, con un conflicto inicial: pareja joven y conservadora que desea un hijo que no llega. Sin estridencias, sin más desviación respecto al teatro de texto tradicional que algunas escenas paralelas y simultáneas de carácter cinematográfico resueltas airosamente, se van amontonando los conflictos personales y compartidos hasta formar una madeja de la que uno se pregunta si el autor sabrá salir. Y vaya si sabe. Realismo del mejor, personajes creíbles, rabiosamente actuales, espejo de las contradicciones que todos arrastramos. Emoción palpable entre el público. En buenas manos, esta función dará dinero. Es perfectamente exportable a otros idiomas".
El día que nació Isaac
No sé si dio dinero, eso depende de muchos azares encadenados, pero sigo viendo con facilidad una producción americana con, pongamos, Tom Cruise.


Hernández Centeno
Héroes no es ese tipo de realismo cotidiano. Es un realismo un poco más forzado, en cuanto a su trama, y está muy alejado del realismo convencional, en cuanto a su estructura. Veamos si sé explicarlo. Una psicóloga tiene dos pacientes, cada uno con lo suyo (por eso son pacientes). También ella tiene lo suyo: concretamente, una relación de pareja al borde de la defunción. Las vidas, y los problemas, de los dos pacientes se cruzan, y ella es testigo privilegiado, porque cada uno se lo cuenta por su lado. Ni qué decir tiene que estaría obligada a renunciar de inmediato a tratar a uno de los dos, pero no lo hace (es, creo, la única pega del texto: el personaje debería hacer alguna mención a este escollo, del que sin ninguna duda sería consciente en la realidad, aunque fuera para saltárselo a la torera). La forma de contarnos la historia es brincar constantemente -de una frase a la siguiente- del diálogo entre los dos hombres a la narración de uno u otro de ellos a la psicóloga, y cambiar constantemente también el interlocutor gestual, por así decir (hablo con ella pero estoy abrazándolo a él, ahora giro la cabeza y hablo con él, etc.). Además, ella habla por teléfono con su pareja, un hombre cada vez más ausente. Espero que hayan entendido algo.

Es complicado de explicar incluso puestos a explicarlo, imaginen hacerlo masticable a base de diálogos. Lo realmente difícil no es que el espectador llegue a entender lo que ocurre, sino que no acabe harto de tanto artificio. Ahí está la pericia de la escritura: al poco rato de comenzar, el artificio pasa desapercibido, y la historia transcurre perfectamente engrasada. Como decíamos, quien lo escribió lo dirige, y me extrañaría que no tuviera en mente la orientación de la dirección (sobre todo eso que he denominado cambios de interlocutor gestual) mientras escribía. Si no, no sé si el experimento hubiera salido como ha salido. La combinación de texto y gesto resulta tan natural (ojo, he dicho resulta, de natural no tiene nada) que no se me ocurre opción mejor que la planteada.

* * *
Respecto a Palazón, me basta recurrir otra vez a lo que dije cuando El día que nació Isaac: "Diana Palazón me ha gustado siempre: lo expresa todo sin elevar la voz ni descomponerse". Es una de esas actrices naturales que merecerían ser argentinas, ya me entienden. Es aquí el centro de la pieza, tomando pieza tanto en sentido de "obra" como de "habitación", ya que hablamos de argentinos: no abandona el centro del reducido espacio de La Pensión ni por un solo segundo. Le toca ser el sostén de todo lo que ocurre, de todo lo que se dice: interlocutora constante, espectadora constante. Hacía falta alguien como ella, capaz de mantener un rostro neutro sin -aparentemente- el menor esfuerzo, para traspasar a veces con la mirada lo que se supone que no está viendo.

Muy bien también Miguel Diosdado. Si es que es él. Me explico: no consigo relacionar al chico que vi actuar con las fotos de Diosdado, pero no se sorprendan. Mi mecanismo de reconocimiento facial vino con una tara de fábrica, y me pasa con frecuencia. Pero me he puesto a ver fotos, fotos y fotos, y creo que este desconcierto mío es, al menos esta vez, mérito del actor. Lo encontrarán en casi todas las imágenes que hay por ahí con aspecto formalito, tirando a pijo. El de Héroes es otra cosa. En cualquier caso, el actor que hace Héroes está en un equilibrio acertado entre la economía de medios que los tres practican y el punto de ingenuidad propio del enamoramiento de un muchacho joven. Y resiste con personalidad el voltaje -vean más abajo- de Tejón.


DRaúl Tejón no sé qué decirles. No porque lo haga mal, sino todo lo contrario. Este hombre tiene carisma. Especial capacidad de algunas personas para atraer o fascinar (RAE). No lo conozco personalmente, así que no sé si esa capacidad está presente en su ser propio o es algo que logra cuando interpreta. ¿Les pongo un ejemplo? Creo que les he contado más de una vez el impacto que me produjo comprobar que Críspulo Cabezas es una persona normal, quince minutos después de haberlo visto transfigurado en superhombre en Los persas. El carisma era interpretativo, no propio. A Tejón sólo lo he visto dos veces, así que no puedo opinar con mucho conocimiento, pero me parece más bien uno de esos de actores que nunca dejan de ser lo que son. Como les digo siempre, eso no quiere decir nada: hay grandísimos actores camaleónicos y grandísimos actores que son cada vez el mismo tipo de siempre. Atrae, concentra la atención del espectador, desprende comunicación de alto voltaje. ¿Han entendido algo? Ni yo mismo me entiendo muy bien, pero sé que me gustaría verlo en algún papel radicalmente distinto para corroborar esta sensación de potencia interpretativa.

Mañana tendrán mi crítica del programa doble de la Zarzuela: Gershwin y el maestro Alonso. Una extraña pareja que casa admirablemente. 
P.J.L. Domínguez
          

domingo, 1 de febrero de 2015

SMILEY

Sala: Teatro Maravillas Autor y director: Guillem Clua Intérpretes: Aitor Merino y Ramón Pujol Duración: 1.25' 
La función ya no está en cartel


Me pongo a escribir sobre Smiley y me doy cuenta de que ya no está en cartel. Vaya plancha. En fin, a veces me despisto, y llevo un cierto desfase desde el desbarajuste navideño. Espero que no me pase lo mismo con las que tengo pendientes: La piedra oscura (que vi ayer y que es magnífica, lástima que no queden entradas), El eunuco (que veré mañana) y Héroes (que veré pasado). [Para saltarse mis divagaciones y llegar directos a la crítica, sáltense cuatro o cinco párrafos]

Creo que me pedía el cuerpo ponerme a hablar de una comedieta ligera, y conseguida, después de la tunda que me han dado un par de amables lectores por la crítica del Tenorio. Se han pillado un enfado monumental y, como es tristemente habitual, no oponen una opinión a otra. Esto es: tal cosa que le parece a usted inmunda es en realidad formidable. No. Aparece el antiguo recurso ad hominem y lo que es horrible soy yo. En fin, me acuerdo siempre de lo que el protagonista de El misántropo consigue decir para apaciguar el ego herido de un poeta (ojo: con esto no quiero decir, ni por asomo, que los comentarios anónimos provengan de los creadores del espectáculo, estoy seguro de que unos profesionales de esa categoría están perfectamente preparados para aceptar que las opiniones son libres y variopintas): 

"Señor, lamento ser tan difícil y por consideración hacia vos, querría de buena gana haber encontrado mejor vuestro soneto, hace un momento."



Creo que el colmo de los reproches aparece en el último comentario, porque es inconsciente y, por tanto, indudablemente sincero. La última comentadora parece creer que cuando digo "sale una muchacha embarazada" yo, que debo de ser algo mucho peor que idiota, tomo por embarazada a la persona y no al personaje (algo que, además, sería irrelevante, ya que lo cuenta es su aspecto, y no su ser). Cuando digo "Fernando Cayo está sobrehumano en la transformación en rinoceronte"... ¿ustedes creen que yo creo que se transforma en realidad? Porque sería preocupante. He oído decir varias veces a Juan José Millás que la gente cada vez entiende menos la ironía y siempre me ha parecido una exageración, pero va a ser que sí. En cualquier caso, la cuestión de fondo que subyace casi siempre en estos asuntos de libertad de opinión es nuestra enorme dificultad para aceptar que los demás opinen distinto. Si opina lo contrario, es imbécil. No hay más.



* * *

Todavía no llegamos a Smiley. Quiero hacer una excursión por el asunto del título, que me fascina. Juan Luis Moraza escribió hace tiempo una tesis doctoral sobre el marco y el pedestal. Supongo que las habrá también sobre los títulos. Leí una vez que Umberto Eco había dicho (reconstruyo, nunca he encontrado la cita directa) que un ensayo titulado Restos fósiles del cretácico en los Dolomitas está condenado al fracaso, mientras que si se titula Un caracol de piedra puede llegar a best-seller. Algo sabía él sobre la importancia del título: el que lo consagró como escritor de fama universal reunía reminiscencias de la filosofía medieval, de Shakespeare, de Gertrude Stein...



Los hay de todo tipo, un neurótico como yo adoraría contar con una clasificación lógica. Los que crepitan con un sólo cañonazo: Misericordia (Galdós), Expiación (McEwan), Seda (Baricco). Los que son, por sí solos, un estallido de poesía: Almas muertas (Gógol), Divinas palabras, Luces de bohemia (Valle-Inclán), Entre tinieblas (Almodóvar), El tormento y el éxtasis (Stone), Gata sobre un tejado de zinc caliente (Williams). Y los que sólo adquieren espesor en el diálogo con la obra a la que preceden: La tempestad (Shakespeare), Hoy es fiesta (Buero). Algunos son un claro adelanto atmosférico: Los diamantes de la corona (Camprodón), El fantasma de la ópera (Leroux), La Jerusalén liberada (Tasso), La loca de Chaillot (Giraudoux), Un enemigo del pueblo (Ibsen). Otros son casi un enigma: El rojo y el negro, La cartuja de Parma (Stendhal), Los sótanos del Vaticano (Gide), Chitty Chitty Bang Bang (Fleming), Farenheit 451 (Bradbury). Paradójicos: Los espárragos y la inmortalidad del alma (Campanile), El alma de Hegel y las vacas de Wisconsin (Baricco otra vez). Discursivos: De qué hablamos cuando hablamos de amor (Carver), El mundo es ancho y ajeno (Alegría), ¿Existe alguna posibilidad, por pequeña que sea, de salvar lo nuestro? (título desechado, dicen, para La flor de mi secreto de Almodóvar). Algunos, una promesa de complejidades en la trama: El abanico de lady Windermere (Wilde), Los siete contra Tebas (Esquilo). Otros, complejos en sí mismos: Cuatro corazones con freno y marcha atrás (Jardiel), Compré una pala en Ikea para cavar mi tumba (García). Tremendos: Bajo el volcan (Lowry), La reina muerta (Montherlant), Don Álvaro o la fuerza del sino (Rivas). Citas populares: El perro del hortelano (Lope), Diez negritos (Christie). O cultas: Plegarias escuchadas (Capote), Ciego en Gaza (Huxley). Están los de "me lo pillé", títulos de una simplicidad apabullante que funcionan de miedo y que ya están ocupados para lo que le quede de historia al planeta porque un listo llegó primero: Crimen y castigo (Dostoievski), Guerra y paz (Tolstoi), Dublineses (Joice), La madre (Gorki), Los novios (Manzoni), Los miserables (Hugo), La traviata (traduzcan "descarriada" o "perdida", Piave). Deben de ser miles los que se limitan a un nombre, y cientos los que han conseguido instalarlo en nuestro imaginario: Miguel Strogoff (Verne), Rebeca (du Maurier), Papá Goriot (Balzac), Juan José (Dicenta), Lucia de Lammermoor (Scott-Cammarano), Oliver Twist (Dickens), Ana Karenina (Tolstoi), Madame Bovary (Flaubert), Robinson Crusoe (Stevenson), Ernani (Hugo), Macbeth (Shakespeare), Marianela (Galdós), Guillermo Tell (Schiller), Gilda (cualquiera sabe)...   Y, por último, algunos de los que más me gustan: De repente el último verano (Williams); Tierna es la noche (Fitzgerald); Arte, amor y todo lo demas (golpe de genio del traductor al castellano de Those barres leaves de Huxley); Fervor de Buenos Aires (Borges), La hora de los niños (aunque aquí algún asesino la tradujo como La calumnia, Hellman), Los trabajos y los días (Hesíodo). El título es un arte en sí mismo.


* * *
Hay grandes obras con títulos ramplones y títulos maravillosos de obras prescindibles. Pero nadie que esté en el negocio (del libro, del cine, del teatro...) les negará la importancia de esta enseña que el producto exhibe en todo lo alto. Les contaré lo que dicen de El club de los poetas muertos. Terminada la exposición de quien presentaba el proyecto, alguna lengua pérfida de la productora aprovechó el silencio subsiguiente para soltar: "Bueno, ya puestos, podríamos llamarlo El club de los poetas muertos... en invierno". Se equivocó, pero tenía razón.


* * *
Lleguemos, por fin, a Smiley. Su título es, sin duda, -y aunque no el único- uno de sus mayores aciertos. En primer lugar, por sí mismo: conciso, simpático, fácil de recordar, en boga. ¿Algo de mayor actualidad universal que los emoticonos? Pero también, y sobre todo, por su relación con el contenido de la pieza, a varios niveles. Es una comedia sonriente, perfectamente representada por el icono. Si no fuera porque el título en palabras es casi absolutamente necesario, se podría haber prescindido de él y encabezar la función sólo con la carita amarilla. Además, y como no puede ser de otra forma a estas alturas, la presencia de la comunicación escrita a través de móvil es constante en la función. Todo muy smiley, también a un nivel más profundo. Ah, que todavía no les he dicho que es una historia gay. Si recordamos que gay quiso decir en origen alegre ya está todo dicho. Es obvio que la orientación sexual no hace que nadie sea más o menos divertido o más o menos huraño o más o menos lo que sea. Pero, entre otros muchos indicios, éste de la denominación indica que la percepción general de la subcultura homosexual es la de algo alegre y divertido, por contraposición a otro estereotipo: el de las aburridas obligaciones familiares del heterosexual. O sea, smiley. Y más. En la relación de la trama de la pieza con esta carita amarilla y naif subyace otro tópico: el mito de Peter Pan, la vejez postergada, esos cuerpos de gimnasio y esas vidas supuestamente oscilantes entre playas mediterráneas y fiestas en áticos que se prolongan hasta los treinta, los cuarenta, los cincuenta… Niños eternos. El tópico, para que entiendan por dónde voy, tiene otra concreción muy repetida en la famosa pregunta: ¿por qué los heteros tienen barriga y los gays no? Pues eso. Si ven Smiley después de leer esto -algo que puede pasar, porque dará vueltas todavía- fíjense: la actitud de los personajes no se corresponde con su edad, son más ingenuos, más niños de lo esperable en un heterosexual estándar (o yo me estoy haciendo viejo a toda velocidad, y ahora resulta que todo el mundo es así, pero no creo que tan así).

Enésima variación de lo que se conoció siempre por chico-encuentra-chica / chico-pierde-chica / chico-recupera-chica, argumento propio del noventa por cien de las comedias que en el mundo han sido. Ahora la cosa puede ser chico-encuentra-chico (y, con menor frecuencia, chica-encuentra-chica), y llevo tiempo preguntándome si esta novedad hace que nos resulten novedosas (esto no es una redundancia, es un homenaje al inefable José Blanco) tramas que, en versión heterosexual, nos parecerían trilladísimas. Y me sigo haciendo la pregunta, porque no conozco la respuesta. Aunque quizá la respuesta sea intrascendente: si nos parece novedoso, ¿qué más dará el motivo? Los críticos somos así, nos encanta establecer relaciones de causa-efecto para asignar las etiquetas correctas a todo lo que se mueve. Por supuesto, usar una trama trillada no es un demérito. Tendríamos que tirar a la basura la mitad de los clásicos, y me quedo corto. Clua demuestra que sabe jugar con las convenciones del género y tiene una escritura hábil, que divierte, provoca la risa y mantiene el interés. Ha sabido sacar partido de esta novedad de lo gay incidiendo en ella. La acción se detiene unas cuantas veces para que los personajes expliquen al público heterosexual presente algunas particularidades de su subcultura, necesarias para la correcta comprensión de la trama: aplicaciones de ligoteo, drogas relacionadas con el sexo… Grandísimo acierto. Hay determinado público que adora que le cuenten estas cosas: añaden una dosis, moderada e inocente, de morbillo y abonan el citado tópico de la divertidísima vida loca. Se revela -sigo hablando de Clua- como un autor muy versátil: poco tiene que ver este juguete de diversión intrascendente con, por ejemplo, Invasión, que La Joven Compañía montó el año pasado (estrenan esta semana espectáculo nuevo: Hey boy, hey girl, a ver si puedo organizarme para verla).

Los intérpretes parecen haber sido encargados a fábrica para el papel. Entiéndanme bien: esto es una boutade y debe ser leída como un elogio. O sea, algo así como: los intérpretes se amoldan como un guante a los personajes. Perdonen que me ponga así de explicito, no quiero minusvalorar a mis lectores, pero después de que una amable comentarista de la ya citada crítica del Tenorio pensara que cuando digo “chica embarazada” creo que está embarazada de verdad, tengo un punto de estrés postraumático. Ahora que lo pienso, igual la misma comentarista piensa ahora que yo estoy convencido de que los heteros tienen barriga y los gays no, etcétera. Por si acaso: tópicos, son tópicos.

Regresemos: encargados para el papel. El esquema es el de extraña pareja: uno monísimo, carne de gimnasio, frivolón, dicharachero; el otro de físico normalito, de carácter formalito e intelectual. A Ramón Pujol lo conocía por un breve papel en la gran Tierra de nadie de Albertí, y nada mejor para juzgar a un actor que verlo en dos cosas tan dispares. Este chico es muy bueno. Era allí un extraño macarra en un extraño contexto, y calca aquí un tipo humano de simpaticote realmente existente. Abusa quizá un pelín de una cadencia muy catalana, muy pijorrotona, muy mariquita, aunque es verdad que es también una cadencia realmente existente en el mencionado tipo humano. No es un tic del actor –ni rastro en Tierra de nadie-, es una decisión de interpretación. Puedo equivocarme yo, porque es cierto que se trata de un rasgo coherente y que, si me apuran, presta cierto encanto bobalicón al personaje, pero creo que quedaría mejor recortándolo un poco. A Aitor Merino sólo lo he visto esta vez, y da muy bien un personaje bastante más joven que su edad real, cosa en la que uno está siempre a centímetros del ridículo y de la que sale perfectamente airoso.

En pocas palabras, Smiley es un modo de pasar un rato excelente. Una comedieta divertida y tierna que cumple todo lo que su publicidad promete. Así le va de bien.
P.J.L. Domínguez